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Conciencia Azul
Astrología

Casa 1 - Asc

 

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

 

Capítulo 6

Las casas una a una

 

El Ascendente

 

"Somos de la sustancia con que se hacen los sue­ños."

William Shakespeare, La Tempestad

"Existir es resistir, ser «frente a», enfrentarse." M. Zambrano, El hombre y lo divino

 

 

 

A pesar de lo que muchos manuales nos explican el Asc. no es un retrato de la personalidad ni del temperamento, ni siquiera del ca­rácter de la persona. Intentar ver en el Ascendente un retrato de la identidad así entendida, constituye una tarea inútil. Es confundir la existencia de un yo imaginario con la realidad de uno. Cualquier de­finición que nos hacemos de nosotros mismos es, en última instan­cia, imaginaria. El yo es una ilusión, una institución social, un tejido de palabras e imágenes sin la menor realidad sustancial.

 

La personalidad no es innata sino adquirida. Como una máscara, es una cosa, un objeto, un fetiche. Toda personalidad es rígida y compulsiva. El carácter es un mecanismo defensivo. Coraza caracte­riológica es el nombre que le dan los reichianos. Los muros están fortificados con "mecanismos de defensa" y la armadura del carác­ter. "Ser —dice Simone Weil (34)— es ser vulnerable. Los mecanis­mos de defensa, están para proteger de la vida. Sólo la fragilidad es humana; un corazón roto, triturado (contrito)."

 

La persona desde que nace se ve permanentemente inmersa en un mundo de relaciones en el que paulatinamente, a través de un proceso socializador, va adquiriendo un sentido de su identidad que hunde sus raíces, no tanto la sustancia de su individualidad, como en las expectativas, instrucciones y actitudes que con más fuerza se le han presentado. Por tanto, toda identidad que se pueda definir es falsa. "La materia onírica de la que está hecha la personalidad no es privada sino social; un sueño colectivo", Brown (3). El efecto de creer que existe un yo separado es devastador el aislamiento y la se­paratividad. El yo deviene una especie de burbuja que cortocircuita todas las conexiones naturales que el individuo tiene con el mundo. El aislamiento es un medio corrosivo que actúa sobre uno lentamen­te, pero sin tregua y en un sentido puramente destructivo. Cuando desaparece la falsa identidad ocurre algo paradójico, uno cada vez es más uno mismo. Se aparta de los convencionalismos, por lo que está más solo. Pero precisamente por eso, su soledad ahuyenta el aislamiento. Está más solo pero más cerca del mundo y de la vida. La burbuja se rompe y por los resquicios irrumpe la comunión con la soledad de los demás.

 

Lévy-Bruhl (19) estudió la representación que de su propia indi­vidualidad tiene el "primitivo" y halló que "posee un vivo sentimien­to interno de su existencia personal. Las sensaciones, los placeres y los dolores que experimenta, así como los actos de los que se reco­noce como autor voluntario, los relaciona consigo mismo". Pero no se sigue de ello que se aprehenda a sí mismo como un "sujeto" ni, sobre todo, que tenga consciencia de esta aprehensión como opo­niéndose a la representación de los "objetos" que no son él mismo. Igualmente en los estudios que investigan la génesis de la represen­tación de sí mismo como sujeto en los niños, nos muestran que ésta aparece bastante tarde. Sin embargo el niño, mucho antes, es ya capaz de autoafirmarse y clamar enérgicamente satisfacciones. El sentimiento que tiene de sí mismo se revela por reacciones vivas, por exigencias imperiosas, pero él no se vive a sí mismo como algo distinto de, y opuesto a, los otros. Hay un "sentir originario" que vive la propia identidad íntimamente vinculada al Universo que le rodea. No es un tú y un yo separados. Es una comunión permanente en la que el binomio yo-tú o yo-ellos constituye las partes inseparables de una invisible y mística Unidad. Freud nos dice: "inicialmente el yo todo lo abarca, luego separa de sí al mundo exterior. El senti­miento del yo que percibimos en la actualidad es, así, sólo un vestigio encogido de un sentimiento mucho más amplio; un sentimiento que abarcaba el Universo y expresaba un vínculo indisoluble del yo con el mundo externo".

El psicoanálisis demostró toda la patología en virtud del cual el sentido normal de ser un yo separado del mundo exterior se constru­ye. Por unos mecanismos que técnicamente se denominan introyec­ción y proyección, todo lo que me gusta es absorbido por mí, es mío, por otra parte, el yo lanza al mundo exterior todo cuanto en su inte­rior provoca displacer. Como afirma Brown (3) "la auténtica contri­bución del psicoanálisis es la revelación de que el yo es un pedacito del mundo exterior que ha sido tragado, introyectado; o mejor, un pedacito del mundo exterior que insistimos en pretender que hemos tragado. El núcleo del propio yo de uno es el otro incorporado... El yo se alimenta del «principio de realidad», el cual es un falso límite trazado entre lo interior y lo exterior; sujeto y objeto; real e imagi­nario; físico y mental. Nos da el mundo dividido o esquizoide en que está atascado el psicoanálisis."

 

Ya lo han demostrado los antipsiquiatras, no es la esquizofrenia, sino la normalidad, quien tiene la mente dividida; en la esquizofre­nia los falsos límites se están desintegrando,. A toda una corriente psicológica, los psicólogos del yo, que en la época de crisis que vivi­mos pretenden salvar al yo, habría que responderles como lo hizo Brown (3), la solución para el problema de la identidad es: piérdete. Y ésta es una de las vivencias básicas de la casa XII. Sin una cons­tante presencia del sentimiento de estar integrado en un proceso im­personal y participando en una totalidad cósmica, la vivencia de la identidad es siempre ilusoria. Esta totalidad sólo se deja conocer si se alcanza un fondo de misterio total y absoluto que permea toda la realidad de nuestra vida. Lo único que nos podría definir es el miste­rio que somos. Nuestra identidad, personalidad o individualidad sólo puede vivir sumergida en él.

 

Quizá la única autoafirmación posible es la de negar cualquier definición limitadora. Lo que el hombre en lo más hondo y más ínti­mo de sí mismo quiere, es no ser cosa. Autoafirmarse es vivirse como un permanente devenir y, por tanto, estar abierto a lo desco­nocido, a lo posible. Afirma Savater (29,a): "ninguna identidad le basta al yo, porque ama más su posibilidad que sus productos: toda, obra es insuficiente (y también todo status público, todo nombre propio, todo título académico o profesional, toda construcción cara a los otros o frente a uno mismo de una personalidad dada de una vez por todas)". La identidad de uno es algo inasible, soplo, respiro, una presencia pura que palpita.

 

Otra imagen que simbólicamente alude al Asc nace del fenóme­no astronómico del alba. María Zambrano (37) habla maravillosa­mente sobre ella: "Los instantes que preceden a la salida del Sol de­claran más la luz, con su tenue claridad, que la aparición del astro rey que encuentra ya la atmósfera preparada, la oscuridad deshe­cha... La claridad de la luz que brilla en el firmamento, que se insi­núa desde el Oriente, es más un pacto con las tinieblas que una vic­toria humillante; parece haber salido no para vencerlas, sino para alumbrarlas." El alba revela la luz que está naciendo. Como símbolo por excelencia del nacimiento del individuo, el asc. alude al primer contacto de la persona con el mundo: la revelación. Este primer contacto queda "grabado celularmente", es decir, deviene el refe­rente primario, el mediador básico entre el mundo y él (es bien sabi­do, que cuando un planeta se halla cercano al Ascendente el mismo parto se ve supeditado a su naturaleza. Se nota su presencia. Que recuerde ahora, están los casos de Saturno que preside los nacimien­tos lentos y dificultosos, con síntomas depresivos pre o post-partum; Plutón que muchas veces envuelve el cordón umbilical alrededor del cuello del niño provocando síntomas de asfixia; un caso de Mercurio que acompañó el nacimiento de interrupciones en el suministro de la luz y avería del teléfono, etc.).

 

Lo que refleja el Ase. es, ante todo, al hombre como ser activo. Según Spinoza, el hombre es lo que hace y se hace en su actividad. Es un proceso permanente, un devenir que se ahoga con las defini­ciones. Escribe Ortega y Gasset: "El hombre no es una cosa, sino un drama, un acto... La vida es un gerundio, no un participio, es un faciendum, no un factum. El hombre no tiene naturaleza, tiene historia." O más exactamente aún, el hombre quiere vivir una historia, quiere dramatizarla, como afirma Bachelard, para hacer de ella un destino. La identidad es, pues, un plan siempre en vías de ejecución.  No hay producto acabado, ni meta alguna a la que llegar la identidad no se construye, sino que se defiende afirmándola en contra de los que la quieren eliminar.

 

El Asc. está relacionado, en última instancia, con todas las situa­ciones que vive el individuo, porque en todas le confrontan, de un modo u otro, con su querer. Es el voto ergo sum, agustiniano, como raíz esencial de todo ser. "Quiero antes de ser –enseña Savater (29,a)–, porque el primer propósito, el primer anhelo del querer es ser. Querer, es querer ser plenamente." La vinculación simbólica entre el Asc. y el signo de Aries puede entenderse entonces como que es necesario enfrentarse, es necesario batallar. La identidad propia, el ¿quién soy yo?, constituye una conquista a realizar. En dicha batalla se ha de lograr una disolución de las estructuras de un falso yo, que toda nuestra crianza nos impuso como molde de la pro­pia experiencia. La disolución de la autoimagen formada por la pre­sión constante que los otros han ejercido sobre nuestra vida. El signo de Asc. puede ser el medio par excellence a través del cual ejercitemos una voluntad autoafirmadora. Cómo queremos ser no­sotros mismos. Entrar en posesión de una identidad, no en el conge­lado sentido esencialista, sino en el libremente cambiante, incierto, pero altamente activo sentido de ser uno quien es. Para ello, no hace falta saber quién es uno, sino ante todo saber que uno es una volun­tad de ser. Lo otro, construirse un saber acerca de al mismo, en el fondo, acaba en esa enfermedad que se llama "doble personalidad" o, en términos morales, inautenticidad. Es necesaria una crítica ri­gurosa de sí mismo y de la verdadera índole de sus relaciones con los demás (VII) para darse cuenta de la propia "máscara". Máscara cuya función consiste en defendernos de la mirada ajena, y por un proceso circular que ha sido descrito muchas veces, de la mirada propia. Al ocultarnos de los demás, la máscara también nos oculta de nosotros mismos.

 

El Ase. puede llegar a ser el símbolo que nutre el sentido de una autoafirmación de la plena autonomía personal que es, siempre, un acto decisivo de sana violencia, una contraviolencia frente a los que, conscientes o no, pretenden disminuirla o aniquilarla. Se trata de aceptar el combate por una forma de vivir. Uno puede combatir a través de la afirmación de sus aspiraciones o sus intuiciones (Ase. en fuego), o de sus ideas y opiniones (Ase. en aire), de sus sentimientos y deseos (Ase. en agua) y de sus percepciones, sensaciones y realiza­ciones prácticas (Ase. en tierra).

 

El cuerpo también queda reflejado por el Ascendente. No tanto en su dimensión de objeto físico, denso, sino como vehículo que ex­presa y por el que se expresa la individualidad. El cuerpo expresa, mucho más de lo que nos imaginamos. En el cuerpo están inscritas las huellas de nuestra vida. El cuerpo guarda en sí todos los secretos de nuestra identidad o falta de ella. El cuerpo no es un objeto sóli­do, por mucho que los sentidos quieran convencernos de ello. Es más bien volátil, moldeable y sutilmente expresivo. Crece, se expan­de, se acorta y empequeñece sin cesar. El cuerpo envejece y rejuve­nece de acuerdo al estado de nuestra individualidad. En la pura forma del cuerpo se expresa nuestra verdadera identidad. Sólo aquel que sabe leer su lenguaje se da cuenta de hasta qué punto el cuerpo habla. Unas identidades rígidas que se apoyan en rostros en­varados. Falsas identidades que se expresan en cuerpos abandona­dos, enjaulados y olvidados por cabezas incesantemente inquietas. Las piernas indolentes, el pecho hundido, las espaldas rígidas como espadas y unas arrugas avergonzadas que se esconden en los mil re­fugios de las convencionalidades, los modos y las modas.

 

El olvido del cuerpo corresponde al olvido de sí mismo. Todo aquel que funciona con una identidad prestada, se olvida de su cor­poralidad. Uno es otra cosa, su cuerpo es un objeto que le acompa­ña, casi siempre a su pesar. Hay quien sueña con el día en que poda­mos desprendernos del cuerpo. Ser pura inmaterialidad, ser simple inexpresividad. Y no se trata tampoco de esculpir en el cuerpo la propia ambición. No todos los cuerpos aparentemente elásticos co­rresponden a una individualidad flexible. Cuántos de los que se afa­nan por tener un cuerpo "saludable" y "fuerte" lo único que hacen es convertirlo en el lugar de una mentira, de un autoengaño. Claro está que ello sólo se oculta al propio interesado. El cuerpo revela la identidad, pero no precisamente aquella que se adopta consciente­mente. Es el contrapunto, a través del cuerpo surge la verdadera identidad, la que es inconsciente para la persona, pero a la vez la que expresa mejor su verdad.

 

El cuerpo se metamorfosea. En nosotros está el convertirlo en el recipiente de nuestra indolencia y falsedad o el transformarlo en un arma para el combate más necesario: aquel que nos permitirá recu­perar nuestra verdadera  identidad. Un cuerpo aceptado, querido, incluso vagamente deseado –por una especie de narcisismo– puede devenir no sólo en el instrumento expresivo par excellence sino como un medio inigualable para insertarnos mejor en la trama del mundo, el mejor guía y compañero, fiel y fuerte. El cuerpo puede así recuperar su gracia natural, una plenitud y delicadeza que no ne­cesariamente significa un cuerpo moldeado según las pretensiones de lo social.

 

Durante siglos se ha creído, supuesto o postulado, que el hom­bre está constituido por unas características fundamentales distintas de su cuerpo. Existen unos principios, según esta creencia, que han recibido varios nombres: "mente", "psique", "razón", "espíritu", etc., que forman un algo separado de la materialidad manifiesta del cuerpo. El dualismo cuerpo/mente, espíritu/materia, surge, y con él la esquizofrenia que ha destrozado tantas y tantas vidas en Occiden­te. Filósofos, metafísicos, religiosos y científicos se han esforzado en buscar un algo, más allá o más acá del cuerpo humano, y han derro­chado toneladas de tinta tratando de proporcionar explicaciones de­talladas de sus diferencias. El dualismo siempre ha implicado que se valora más un polo en detrimento del otro. El cuerpo pasa a ser una propiedad, algo que uno tiene. Bajo el materialismo dominante de­viene un conjunto de elementos y propiedades físico-químicas cuya expresión aún hoy es patente en el enfoque de la medicina oficial; el cuerpo es una máquina que enferma a pedazos y se repara a peda­zos, aún se habla de enfermedades psicológicas como distintas de las orgánicas, etc.

 

No se puede encontrar en el hombre nada que trascienda absolu­tamente su cuerpo. El ser humano no es una realidad, o conjunto de realidades, unificadas por cierto elemento o principio distinto de él mismo. El ser humano no tiene un cuerpo, porque él es un cuerpo –su propio cuerpo-. Dicho con la fórmula filosófica de J. Ferrater (13): "el hombre es un modo de ser un cuerpo". Alma y cuerpo, es­píritu y materia son dos manifestaciones de la misma Unidad. Es hora de cerrar la fisura, de reintegrar al cuerpo en su propio lugar, lo que significa reintegrar la propia individualidad. Descubrir el pro­pio cuerpo y descubrir la verdadera individualidad es un proceso único, y lo único que nos permitirá acceder a la capacidad de orien­tarnos en la vida. Oriente, la salida del Sol, simboliza primariamen­te la posibilidad de iluminar nuestro camino: adónde vamos, con quién y para qué. No son respuestas últimas las que aquí se dan, sino aquellas que favorecen la propia autoafirmación, aquellas que per­miten saber qué quiero hacer, por qué quiero ser precisa y exacta­mente el que soy.

 

Los planetas en esta casa y el signo de su cúspide denotan los po­deres nacientes en la vida de una persona. Como un sentido que se vive en un perpetuo status nascendi. Sus voces, que van adquiriendo paulatinamente en el despliegue de la existencia una preeminencia, ayudan a responder a la pregunta ¿Quién soy yo?, esto es, constitu­yen una guía en el descubrimiento de la auténtica identidad. En tér­minos míticos, el signo del ascendente, alude al genio o daimon más relevante en el destino de la persona. En su despliegue, las relacio­nes que establezca con el mundo y los demás guardarán estrecha analogía con los personajes míticos, asociados al signo. El Ase. tiene que ver con el carácter, pero no en su acepción moderna y vulgar como un conjunto de definiciones del yo, sino que el carácter de un hombre es su demonio, su espíritu tutelar, en el sentido griego, reci­bido en un sueño. Aquella fuerza que es una presencia permanente en su vida y que impele y determina su destino. La Astrología tradi­cional nos decía que el regente del Ase., es el Gobernador del Terna y del destino del nativo. Tanto el regente del Ase., como los plane­tas situados en la casa I, representan los dioses a cuyo servicio se en­trega toda la vida del individuo. En tal sentido, forman parte princi­pal del mito de la persona. Una persona con Asc. en Cáncer, nos hará pensar por un lado, en el mito de la Gran Madre como un com­ponente esencial del desarrollo de la consciencia de sí. Tener que conformar la relación que uno establece consciente e inconscientemente con esa imagen es una de las tareas básicas de la vida de esa persona. De entrada, con la madre carnal, luego con las sucesivas madres simbólicas o sustitutivas que aparecen en el camino. Camino que si le conduce hacia su verdadera identidad le permitirá ir descubriendo paulatinamente que él, como ya una vez dijo Hegel, no es lo que es y es lo que no es.

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