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Astrología

Casa 10

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

Casa 10

 

"El que pretende vivir mucho tiempo tiene que ser­vir. Pero quién pretende mandar, no vive mucho."

"El hombre, por pequeño que sea, es tan grande, que si se hace servidor de alguien que no sea Dios comete un agravio contra su naturaleza"

Saint-Cyran, Maximes

 

"El más feliz de los hombres es el que puede hacer concordar estrictamente el fin de la vida con el co­mienzo."

Goethe

 

 

 

Inauguramos con esta casa el último cuadrante. En él se encierran las experiencias que conducen al acabamiento de una singular aven­tura: la del sujeto que se completa a sí mismo tras un ciclo en el que lo personal y lo impersonal, lo individual y lo universal se han de conjugar de una manera única. Hasta ahora, hemos asistido a una especie de proceso de completamiento del ser y a su modulación en función de un mundo de relaciones. En esta casa se ha de ver el re­sultado de dicho proceso y cómo dicho resultado conduce, en las casas siguientes, a una integración de esa individualidad en un Todo universal donde su destino ha de hallar sentido y plena confirma­ción.

 

Si en la casa 9 asistíamos al encuentro del hombre con lo divi­no, aquí se ha de comprender que tal encuentro no se produce para que el hombre se ocupe de Dios, sino para que lo divino halle su confirmación en el mundo. El descubrimiento de la casa 10 es el de realizar que hay un sentido divino en el mundo, por ello, aquí toda revelación adquiere la faz de un requerimiento y una misión. Surge la plenitud de la vivencia terrestre cuando el obrar va sustentado por lo divino. Es el caso del hombre que se consagra al servicio de su pueblo, de la humanidad, o de la vida entera, que se siente llamado a efectuar un sacrificio y una entrega: la de su propia vida personal entendida aquí como la absorción de las energías y su gasto en preocupaciones estrictamente personales, para incorporarse en una dimensión universal y a la vez impersonal, donde el individuo vale en tanto por su destino individual como por la cualidad de su contribución a lo Universal, sea ello la Sociedad, la Cultura, la Humanidad la Vida.

 

El número diez es el de la Tetraktys pitagórica. Tiene el sentido de la totalidad, del acabamiento, del retorno a la Unidad tras el desarrollo del ciclo de los nueve primeros números. Era para los pitagóricos el más sagrado de los números. Aquí se alcanza la plenitud del obrar terrestre. Plenitud que conlleva la plena expresión del propio poder. Un poder que en una casa de tierra siempre es un poder actuar, poder plasmar en el mundo, poder construir efectivamente una forma concreta que complementa y confiere peso a la individualidad. Se llega por este proceso a una especie de culminación. Uno alcanza el reconocimiento y la autoridad porque trabaja bien. Se es de los mejores en el campo en que uno se mueve. Toda una vida de esfuerzos y trabajos permiten detentar un lugar en el mundo que implica un reconocimiento y un prestigio entre los congéneres, cuya expresión es, la mayoría de las veces, poder disfrutar de un cargo revestido de honores, poder, autoridad y dignidad. El mal empieza cuando dicho poder o autoridad se hace un bien en sí misma. Esto lo tergiversa todo, cambia la actitud del que detenta el poder. De creador y servidor se convierte en conservador y déspota, del pionero surge el "policía".

 

Cuenta una leyenda china: "Chuang Tse:

–"Señor, Ud. fue tres veces primer ministro y no estaba orgullo­so de ello. Ud. fue cesado tres veces y no mostraba ningún abati­miento, ¿cómo lo hizo?

–"¿En qué aventajo yo a los demás hombres? Cuando el cargo me fue dado juzgaba que no debía rehusarlo. Cuando me fue quita­do, pensaba que no debía conservarlo. Consideraba que tener o no ese cargo en nada cambiaba lo que yo era y que no había ninguna razón para mostrarme abatido. Esto era todo. ¿En qué sobresalía yo de los demás? Además yo no sabía si el honor era para la dignidad del cargo o para mí mismo. Si el honor pertenecía al cargo no era para mí, y si me pertenecía, no tenía nada que ver con el cargo. Con esta incertidumbre y tomando todo en consideración, no tenía ocasión para averiguar si los hombres me estimaban importante o ínfi­mo."

 

¡Qué lejos están los políticos actuales y casi todos lo que deten­tan algún tipo de poder de la sabiduría que desprende este cuento! Resulta muy difícil para el que triunfa conservar la humildad necesa­ria, la modestia que no es más que pura lucidez y apertura. Lo fre­cuente es que cuando alguien alcanza notoriedad su semblante, y con él su vida, cierran las puertas y ventanas al exterior. Sus ojos sólo miran a los que están más arriba o a ellos mismos. Sus mentes sólo maquinan cómo aumentar el poder alcanzado. Se desarrolla una profunda hambre de poder que difícilmente halla límites huma­nos.

 

Con esta casa se alcanza una especie de cumbre. La cumbre de la existencia cuando uno logra un lugar en el mundo. La ambición rea­lizada, la fama conseguida, el reconocimiento de los demás asegura­do. La cumbre y la gloria desprenden poder y un gran peligro: la folie de grandeur. Un inmenso y terrible poder que la mayoría de las veces es más un pesado destino que una liberación. Un poder que es, casi siempre, un pseudo-poder, ficticio como una ilusión. Aun­que sea un poder que permite dominar a los demás. Es ese mismo poder el que esclaviza a su poseedor, le convierte en su víctima.

 

Aunque los cegados por una ambición sin límites no lo sepan ver, aunque no cesen, consumidos por su ambición, de perseguir el éxito, de escalar hasta lo imposible para así sentirse superiores al resto. ¿Qué es lo que persigue el que anhela el poder, el que necesi­ta dominar a los demás? ¿Quizá sentirse superior? No sería muy di­fícil rastrear detrás de la mayoría de las ambiciones personales una antigua voz, la voz de mamá o de papá que amenazaban con el desprecio o seducían con su afecto al hijo luego ambicioso. Toda una trama de presiones, chantajes y manipulaciones ejercidas hacia el hijo que ha de cumplir las ambiciones frustradas de los padres. Por ello no es de extrañar que un joven, diagnosticado como psicótico, hiciera volar una bomba de relojería en un avión lleno de pasajeros entre los que se encontraba su madre, que marchaba de vacaciones. Poco antes le había enviado a su madre una postal el Día de la Madre, que decía: "A quien ha sido sólo una madre para mí." Es posible que esa bomba de relojería esté bajo el asiento de muchos, pues casi todos hemos conocido al progenitor que ha deseado que su hijo/a sea su propia ambición,  que alcance cimas o que vuele hasta alturas a las que él nunca se atrevió. En la ambición personal asisti­mos a una especie de acto de auto-inmolación inconsciente. Aquel que persiguiendo el honor no hace más que cumplir el deseo de otro. Ya no es lo divino lo que rige su conducta, sino cualquier reali­dad que adquiere el papel de ídolo disfrazado: la nación, el partido, la empresa, etc. Detrás, una oscura voz le exige que suba más y más, una voz que, en forma de deseo vehemente de poder y prestigio, le obliga a que conquiste la cima que otros han logrado, o que conozca el éxtasis del triunfo sobre los demás, y que, en ello, deje el bien más preciado, su individualidad.

 

En la ambición personal siempre se encuentran resentimientos y ánimos de venganza que se dirigen hacia el mundo y hacia los demás. Para la Astrología tradicional la casa 10 es la casa del desti­no. Destino que aquí se ha de ligar con ese trasfondo oscuro (casa  4), ese lugar donde anidan todas aquellas experiencias (traumas, carencias y plenitudes) que condicionaron nuestra entrada en el mundo y los primeros pasos que nos atrevimos a dar. Dichos condi­cionantes se revelan ahora no tanto en su valor causal, las causas de los problemas de la vida, sino como las manifestaciones necesarias tras las que subyace todo un proyecto vital. Los síntomas adquieren valor de símbolos, como nos recuerda León Blay: "todo es símbolo, hasta el dolor más desgarrador. Somos durmientes que gritan en el sueño. No sabemos si tal cosa que nos aflige no es el principio secre­to de nuestra alegría ulterior". De una infancia llena de carencias y problemas puede surgir un espíritu libre, puesto que éste no depen­de tanto de lo que vive sino de lo que resuelve hacer con aquello que vive. Una niñez pletórica y fácil puede dar lugar a una persona débil que o renuncia a su poder y a su deber o los persigue como medios de gritar su odio al mundo.

 

"La neurosis puede ser entendida –afirma Jung – como el sufrimiento de un alma que no ha encontrado su significado... De­trás de la perversión neurótica, anida su vocación, su destino, el de­sarrollo de la personalidad, la completa realización de la voluntad que ha nacido con el individuo... El hombre sin amor fati es el neu­rótico." Nuestro sufrimiento como niños, por haber vivido unas re­laciones casi siempre distorsionadas, con la familia, pueden verse no sólo como mera mala suerte, un mal karma, o la justificación de nuestro incumplimiento, sino como aquel ingrediente necesario para que cada uno, en su presente y su futuro tenga la ocasión de desarrollar su más alto potencial vital.

 

La casa 10 es el símbolo de la fuente del poder mundano y terres­tre. Un poder que muchos renuncian a él (pues exige mucho del in­dividuo), proyectándolo o delegándolo en otros. Son los que renun­cian a su ambición, y al ejercicio del poder que les corresponde. Se conforman con vivir una vida limitada únicamente a sus asuntos per­sonales (casa 4). Para ellos, cumplir con el deber significa "ser bue­nos ciudadanos", seguir al pie de la letra las obligaciones y responsa­bilidades impuestas a toda persona civilizada: ser fiel al jefe, respe­tar la ley y pagar los impuestos. Con ello, sienten que cumplen con su obligación de contribuir a la construcción de la comunidad. Viven con la idea y la satisfacción de que cumplen con sus deberes, puesto que a otros toca decidir y legislar sobre la propia vida. Sobre otros recaen los deberes mayores y las cargas más pesadas. Los demás sólo hemos de procurar respetar la legalidad y buscar la vida fácil, la propia felicidad.

 

De ahí surge el cuerpo político y con él la eterna miseria que le rodea. "El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absoluta­mente", reza un conocido refrán sobre el mundo político. A la dele­gación de poder por parte de unos le corresponde necesariamente la acumulación de poder por parte de otros. Es decir, frente a la dele­gación de poder que los más efectúan (delegación que, como vemos, es en el fondo una evasión, un eludir las auténticas responsabilida­des), aparecen los que se nutren, los que buscan beneficiarse de tal delegación. Toda delegación de poder sólo crea avidez en los que quieren acapararlo. Se crean multitud de sistemas políticos que no son más que los diferentes disfraces que adopta una misma realidad: el poder concentrado en unos pocos por delegación siempre es arbi­trario y dictatorial, siempre tiene mucho de indecente. Toda acumu­lación de poder acaba en autoritarismo y violencia. La locura del poder sin freno está a la vista de todo el mundo. Nadie escapa a dicha locura, en cualquier época histórica y en cualquier rincón de la geografía universal se expresa del mismo modo.

 

El poder plantea una paradoja: la exigencia de no renunciar a él, a la penosa y pesada carga que supone asumirlo, pues siempre va acompañado de responsabilidades y, a la vez, requiere una renuncia a su disfrute, esto es, resulta imprescindible un sacrificio, una renun­cia al ego, bajo cuyo mandato todo poder deviene un instrumento de tortura.

 

El poder es algo de que se dispone en función de una necesidad del Todo, por ello es un instrumento impersonal, que requiere que el que lo usa adopte una actitud también impersonal. Su ejercicio sólo tiene sentido si se utiliza en el cumplimiento de la tarea relacio­nada con la demanda de ese Todo. Dicha demanda viene a cada uno en forma de una voz. Una voz que uno la oye dentro pero que no es de uno, por eso se dice que la profesión no se escoge libremente o por casualidad. Uno es escogido o cogido por ella. Existe una no­ción más antigua que la de profesión que cumple con mayor rigor la exigencia simbólica de la casa 10: la "llamada" o "vocación". Una vocación siempre ligada a un sentido de misión. Algo que uno tiene que hacer en el mundo en el que está y que sólo puede ser realizado si se logra una entrega del ser. En ella queda prefigurada la dimen­sión transpersonal del propio destino. Destino que aquí se revela in­separable de los destinos colectivos del mundo y de la época en que se vive.

 

Muchas veces existe un divorcio entre la profesión de la persona y su vocación. Muchas veces uno se siente obligado por esa voz a abandonar su profesión, el éxito y/o la seguridad para seguir a esa "llamada". Muchas veces esa llamada es una voz apenas audible, casi irreconocible, pero sigue siendo muy poderosa. Muchas veces la gente traiciona los dictados de esa voz y no sigue su mandato: "deja todo y sígueme". En nombre de la seguridad, del deber, o de la co­modidad, uno renuncia a ella, quedándose donde estaba o abrazan­do cualquier realidad que le convence de su obrar. El resultado, tarde o temprano, llega: su vida pierde sentido. Podrá haber acumu­lado poder, riqueza, prestigio, etc., pero una íntima amargura le co­rroe por el incumplimiento. Podrá sentir que ha cumplido con mu­chas obligaciones, pero ha fallado en la más importante. Y al contra­rio, en la medida que uno ha seguido su vocación, puede sentir que lo que menos importa es el grado de reconocimiento social alcanza­do. A veces, su cumplimiento puede llevar, más que el éxito, al ex­trañamiento social. Otras, más que honor se puede cosechar despre­cio ajeno. Más todo ello pierde importancia si uno siente la íntima convicción del deber cumplido. Del cumplimiento logrado en esta casa depende, en gran medida, la respuesta que se dará en las dos últimas casas. Casas que son cruciales pues en ellas esperan expe­riencias que tanto pueden significar la promesa de una redención como la inmersión en mundos de enajenación y desintegración de la individualidad.

 

Los planetas en esta casa son los dioses que determinan el campo de cumplimiento del deber. Un deber que casi siempre lleva adheri­do el espíritu del sacrificio y del servicio. Por ello muchas veces se vive como una carga, como un tener que hacer, que exige el sacrifi­cio de algo querido. Sus voces se dejan oír como la llamada a seguir un sendero o un destino que, en nuestra sociedad, adquiere casi siempre la forma de una profesión. Son los poderes de nuestra ambi­ción. Ambición que si es requisada por el yo deviene en ambición personal, y con ella los desastres arriba mencionados. Un planeta en esta casa es un factor que actúa como una fuerza que no sólo habla a través de la voz, sino que es fuente de intranquilidad e inquietud hasta que la persona no empieza a escuchar sus requerimientos. Ac­túan, en feliz expresión de Eskenazi, como un "tribunal interior" que juzga sin posibilidad de error, soborno o engaño el exacto cum­plimiento del deber, el grado de entrega y realización de la tarea a cumplir. Si sus voces no son escuchadas no sólo se condena uno a un permanente desasosiego, sino que esas, mismas voces regresan a nuestra vida encarnadas en personas y situaciones que van a dispo­ner de un terrible poder sobre la propia vida. Son aquellos que se convierten en usurpadores del auténtico poder. Aquel que nace de la aceptación del propio destino. Aceptación que, tarde o temprano, conduce a una entrega. Se entrega lo más preciado, la propia vida o la sensación de libertad que a todos nos posee. Dicho sacrificio no es vano, tiene recompensa, aunque muchas veces no sea la esperada. Es el ingreso a una nueva dimensión de la existencia a la que permi­te acceder. Una dimensión que, en las dos próximas casas, despliega su brillo y alcanza su significación: la realización de lo universal en el propio destino, la fusión de la vida y la individualidad en el Todo del cual surgió y al cual siempre se anhela regresar.

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