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Astrología

Casa 11

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

Casa 11

 

"Nosotros percibimos los hechos reales e imagina­mos los posibles (y los futuros); en el Señor no cabe esa distinción, que pertenece al desconocimiento y al tiempo. Su eternidad registra de una vez no sola­mente todos los instantes de este repleto mundo, sino los que tendrían su lugar si el más evanescente de ellos cambiara (y los imposibles también). Su eternidad, combinatoria y puntual, es mucho más copiosa que el Universo."

J.L. Borges

 

Es quimera pensar en una sociedad que reconcilie al poema y al acto, que sea palabra viva y palabra vivida, creación de la comunidad y comunidad crea­dora?"

Octavio Paz

 

 

 

Una visión del mundo representada por una filosofía y/o una re­ligión (9) se hace, con el obrar, realidad social e institucional con­creta con su correspondiente distribución del poder material y social (10). Esta estructuración siempre es parcial y de algún modo injusta. En la casa 11 nace la posibilidad de que la estructura social revele su inteligibilidad, esto es, de percibir una realidad que revela su cuali­dad de lenguaje. Con ello aparece la posibilidad de criticar el orden establecido porque se le compara con un orden aún no establecido: la utopía. Ante un estado de cosas injusto el hombre se rebela. Esta rebelión se vuelve crítica del orden existente y proyecto de un orden. En cambio, en el grupo creativo se establecen vínculos profun­dos, y lazos de solidaridad. Francesco Alberoni cita una afirma­ción de C.S. Lewis: "quizá pueda afirmarse, sin temor a exagerar, que incluso el comunismo, el tractarismo, el movimiento contra la esclavitud, la Reforma, el Renacimiento, tuvieron origen del mismo modo (como amigos que se encuentran)". A ello el autor añade: "pero no es el grupo de amigos que crea el movimiento. Es el movi­miento que crea la amistad. Quien pertenece a un movimiento se siente compañero, hermano, camarada de todos los demás. Los compañeros –o hermanos o camaradas– tienden a la fusión y se con­sagran por entero al servicio del grupo y a su misión".

 

La amistad que refleja esta casa no es la de aquellos con los que tengo lazos personales, sino más bien amigo es todo aquel que se sienta partícipe de tal proyecto. Su fundamento es, pues, la solidari­dad colectiva, no el interés personal. Dicha solidaridad no implica por ello, que la amistad no tenga grados. Por un lado, son mis amigos todos aquellos que están en mi bando, pero dicha amistad, si ex­clusivamente fuera esto, tendería a borrar las diferencias individua­les. En realidad, tampoco pueden llamarse amigos los que se rela­cionan en base a una solidaridad colectiva. La amistad necesita de ella, pero implica una realidad distinta, pues toda amistad no sólo reconoce las diferencias individuales, sino que se habría de consti­tuir un factor que las favoreciera. Sólo pueden ser auténticos amigos dos personas que se han individualizado en alto grado, pues de lo contrario, no pueden cumplir las exigencias que una amistad requie­re (podrán ser cómplices, compañeros de juerga, partidarios, pero no amigos).

 

La amistad se nutre de la vivencia de lo impersonal y/o de lo transpersonal, por ello implica:

- Una ausencia de dependencias afectivas. "Al ver al amigo –dice Alberoni (1) hay que olvidar la necesidad. La amistad se asemeja a la humildad, sólo puede existir olvidándose de sí." Es necesario un desapego para que la amistad pueda mante­nerse. Ello no quiere decir que entre amigos no sea posible la ayuda. Todo lo contrario, amigo es aquel que mejor puede ayudar, pero siempre por propia voluntad y sin dar explicaciones. Con el amigo contamos precisamente porque lo sentimos disponible no porque le esclavicemos con las propias exigen­cias.

 

Una reciprocidad y una libertad mutuas. La amistad surge a partir de la experiencia del encuentro. En un campo de solida­ridad entre personas que comparten un mismo ideal surgen aquéllos entre los que, tras una serie de encuentros revelado­res, aparece el fenómeno de la amistad como un lazo que rompe las dimensiones espacio-temporales habituales. Es común en el encuentro entre amigos que se han separado du­rante mucho tiempo la sensación casi instantánea de continui­dad. No es necesario, sostiene Alberoni, hacer preguntas sobre el lapso de tiempo entre los encuentros, "...incluso cuan­do después de mucho tiempo encontramos de nuevo al amigo es como si lo hubiéramos dejado un momento antes. Seguimos hablando sin preguntas... no existe el intervalo... la amistad participa de un sentimiento de eternidad".

 

La amistad se fundamenta en la solidaridad, pero no se agota en ella, pues necesita de la relación interpersonal e individualizada. Ya en la antigüedad se discutía si la amistad sólo podía ser entre dos personas o si podía también ser comunitaria. Evidentemente la amistad no es una relación exclusivista, siempre admite una multi­plicación de sus integrantes. De ahí surgen las instituciones que se fundan en base a su existencia. Los clubs sociales, colegios profesionales, los partidos políticos, etc., son, en la actualidad, una pobre y desvirtuada expresión de lo que deberían ser tales agrupaciones. Son instituciones que parten y fomentan, una solidaridad entre sus miembros, pero con fines egoístas. Es el caso de las escuelas espe­ciales y movimientos que sirven para crear élites (Opus Dei, por ejemplo). También funcionan así muchos grupos étnicos, partidos políticos, etc. Aparece en ellas una solidaridad, pues sus miembros se ayudan, se eligen para ocupar cargos, confían unos en los otros, etc., pero es una solidaridad que traiciona el espíritu de la humani­dad y coharta toda su creatividad. Si la casa 5 revela la creatividad del individuo, en la XI habría de aparecer la del grupo. Un grupo que no necesariamente tiene que estar reunido en un club o asocia­ción. Puede estar constituido por individuos que desde el silencio y la soledad de su trabajo individual están trabajando en pos del mismo ideal. Se descubre que la creatividad de uno y los proyectos que uno se hace, en realidad, constituyen siempre una empresa común.

 

En la casa XI se experimenta el poder de lo social. Un poder que poco tiene que ver con el que dispensan las agrupaciones corporati­vistas que, como ya hemos visto, defienden intereses particulares y contrapuestos y que, en gran medida están constituidas con el fin de luchar entre sí (sindicatos, partidos políticos, colegios profesionales, organizaciones gremiales, etc.) y que siempre se mueven dentro de un campo social estable, al cual, en última instancia, todas defien­den. Dichos grupos, en el fondo, constituyen reflejos distorsionados del poder del yo. Un yo supraindividual, colectivo, que nace y se de­sarrolla cumpliendo en el plano social idéntica función que el yo pe­queño cumple a escala individual. El grupo se convierte en el instrumento por excelencia para defender los intereses y los privilegios de aquellos que comparten un conjunto de aspiraciones e ideas y que se aglutinan en vistas a su defensa.

 

En realidad, el poder social siempre nace y acaba siendo un poder marginal, un poder de y para los marginados, que aquí consti­tuyen esa fuerza que unida en un grupo actúa como un dinamizador increíble (Mayo francés, movimiento hippie, etc.) y que actúa es­pontáneamente casi siempre en contra de las ortodoxias instituidas (por eso las ortodoxias son enemigas de la amistad, pues, "toda auténtica amistad –afirma Lewis (1)– es una especie de rebelión—. Los amigos son más refractarios a cualquier autoridad, no se dejan so­meter. En ese grupo no existen jerarquías, todos son potencialmen­te líderes, cualquiera puede tomar una iniciativa, cualquiera puede marcar la dirección de la acción colectiva. Es un proceso muy creati­vo el que se genera. Se toman decisiones imprevisibles, creativas, es la utopía la que rige los individuos y les inspira. Son los momentos en que la perspectiva utópica parece ser posible, parece nacer como realidad.

 

La fuerza creativa del grupo siempre rompe con lo establecido, pues persigue la instauración de un orden más abarcador, más acor­de con las necesidades de cambio de la sociedad. Un orden que se funda en un proyecto que es universal. El negro no reivindica su ne­grura, sino su humanidad, lucha porque su color de piel se reconoz­ca como parte constitutiva de la humanidad. Y ésta es una categoría universal. Por ello su acción se funde en un proyecto universal: la liberación de los hombres. Este proyecto se convierte en el lazo de unión ente el individuo y el mundo en que vive.

 

Ser uno mismo al estar con todos. La casa XI busca y posibilita la reaparición de la comunión, experiencia sagrada que no puede emerger sino del fondo de una experiencia colectiva, como Martín Buber (4) lúcidamente afirma: "La comunidad de amor debe nacer precisamente del hecho de que los hombres se agrupan por la efu­sión de un sentimiento libre y resuelven vivir juntos. Pero, a decir verdad, no es así. La verdadera comunidad no nace de que las gen­tes tengan sentimientos los unos hacia los otros (aunque no puede haberla sin ellos); nace de estas dos cosas; de que todos estén en re­lación mutua con un centro viviente y de que estén unidos los unos a los otros por los lazos de una viviente reciprocidad."

 

Los planetas en la casa XI aparecen en la imagen del grupo que cada uno, consciente o inconscientemente, busca. Depende del caso que se les haga pueden convertir a la persona en un rebelde o un re­volucionario. Rebelde es el que se enfrenta a los excesos de poder porque inconscientemente persigue su adquisición. Revolucionario es aquel que trabaja en pos de la implantación de un orden justo y universal. En el primer caso el grupo es un medio para conseguir los propósitos perseguidos, en el segundo, el grupo es un fin en sí mismo, puesto que no hay barreras entre el grupo y el resto de la hu­manidad. Los planetas pueden guiar en el camino hacia el descubri­miento de esa chispa de fraternidad que anida en todo corazón hu­mano. Redescubrir en la relación con los demás esta bella y antigua vivencia panteísta de que todo hombre encierra en sí a  la entera hu­manidad y de que todos los hombres son un solo hombre.

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