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Astrología

Casa 12

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

Casa 12

 

"Poner en suspenso la existencia y hacer caso omiso de la suerte del alma. Es una especie de detención y fijación en que el ser olvidándose de todo lo aprendido se pregunta directamente por las cosas."

María Zambrano

 

"De la separación y la ausencia del mundo nace la presencia y el sentimiento de Dios."

Saint-Cyran. Maximes

 

"El silencio eterno de estos espacios infinitos me causa horror."

Pascal

 

 

 

 

Las casas de agua apuntan siempre a establecer una relación directa (más allá de las palabras), vivencial y profunda con el destino.

 

En la 4 el destino aparece en forma de las influencias que un ambiente familiar ejercita sobre nuestra vida emocional. En la 8 el destino nos aparece disfrazado de síntomas y conflictos de relación. En la 12 la confrontación es con el destino de toda una vida, o de toda una fase vital que ésta concluyendo. La Astrología tradicional habla de ella como la casa de las pruebas, el cautiverio, los exilios, las enfermedades crónicas, el karma, etc. Sus lecciones son terribles.

 

Las casas de agua implican una confrontación con las honduras de sentimientos, deseos y temores que habitan en el alma, este ámbito en el que no existe el tiempo, ni el espacio, ni el olvido, hogar de las fuerzas que han movido nuestra vida desde la oscuridad de lo desconocido en nosotros y en los que han formado parte significativa de nuestro destino, o de nuestro mito. Casas de ensueño, magia, infierno y paraíso. En ellas conocemos lo más horrible y en ellas ha­llamos la fuente de la vida. La 12, cadente y última del ciclo, implica la disolución total de todo lo formado con anterioridad es decir, del ego.

 

Es una experiencia de acabamiento y de preparación a un nuevo ciclo. Implica la restauración del caos original. Toda nuestra vida se disuelve, se enferma o se enfrenta a una experiencia destruc­tiva y caótica que le lleva de algún modo a sentir o presentir no sólo lo limitado de la libertad del yo sino el papel traidor que secreta­mente juega en nuestra vida. Eso sólo se puede descubrir por las ex­periencias en las que el alma está implicada. No sirven las palabras. Se ha de vivir. Por eso es tan importante el pasado. Un pasado que aquí adquiere el frío rostro de un verdugo implacable, pues nos al­canza por medio de aquellas experiencias que ponen de relieve su aspecto de fatalidad inamovible. Un pasado que no se puede alterar y cuyas consecuencias ahora toca asumir.

 

Vivimos y actuamos generalmente inconscientes de las repercu­siones y las consecuencias de nuestro comportamiento. Vivimos casi siempre rehuyendo las confrontaciones con lo que no nos gusta, hu­yendo de nuestros miedos, ignorando nuestros vicios, virtudes y de­fectos. Una historia que mucho gustaba a Kafka dice así: "Es el rela­to de un hombre que pide ser admitido a la ley. El guardián de la primera puerta le dice que adentro hay muchas otras y que no hay sala que no esté custodiada por un guardián cada vez más fuerte que el anterior. El hombre se sienta a esperar. Pasan los días y los años y el hombre muere. En la agonía pregunta: ¿Será posible que en los años que espero, nadie haya querido entrar sino yo? El guardián le responde: «Nadie ha querido entrar porque sólo a ti estaba destina­da esta puerta. Ahora voy a cerrarla»."

 

Así es nuestra vida. La puer­ta es un símbolo de la invitación que se nos hace a vivir nuestro des­tino. A no huir de lo que nos toca vivir, por mucho que sea el dolor y el susto que cause. Mas la mayoría preferimos no entrar, y creemos que es posible el olvido, que es posible enterrar para siempre todo lo que dejamos de lado. Y esto es una gran ilusión. Tarde o temprano se ha de liquidar cuentas. Es como una ley inexorable. Llega el momento en que lo no confrontado, lo aparentemente olvidado, lo huido y lo negado vuelve. El problema es que vuelve disfrazado por eso casi nunca lo reconocemos: aparece como enfermedad como accidente, como tragedia inesperada, como pérdida de lo querido (sean personas, privilegios o libertades), como disminución de la capacidad de acción, como confinamiento involuntario, etc.) cuando lo hace es casi siempre de un modo crítico y doloroso.

 

Entonces uno no se reconoce en ello, no lo relaciona consigo mismo, le ve como mala suerte, maldición, o un karma de otras vidas, pero no como algo que refleja íntimamente su verdadero rostro. Las desgracias inevitables llevan en sí un sabor a retaliación, a castigo, pero en el sentido moralista de haber actuado mal, sino que inevitablemente los errores del vivir necesitan de su contrapunto cara a ayudarnos a darnos cuenta, aunque sea por la vía más desgarradora, de nuestra realidad, que nunca es la que creemos o imaginamos. Por eso, cada vez que se acaba un cielo vital, cada vez que viene, la hora de un cambio real se activa la casa 12. Es el momento dé afrontar lo que la vida trae, porque sólo aceptándolo se puede integrar lo ne­cesario para el nuevo inicio. La experiencia final de un ciclo. Cuán­tas veces la última página de un relato, da la adecuada dimensión a todo el proceso y ofrece además la clave de su redención.

 

Las experiencias de la casa 12 son para algunos, terribles, supo­nen la pérdida de la libertad, o situaciones en que desaparecen mu­chas cosas que hasta el momento parecían ser pilares de la existen­cia, aunque no vean que otras, apenas perceptibles, se convierten en su punto de apoyo. Implican situaciones dolorosas frente a las que –como afirma Eskenazi– nada se puede hacer, ni explicar, ni inten­tar. No queda más remedio que ponerse en manos del destino. Dice un refrán que no hay nada de malo en llegar a viejo siempre que uno no llegue a esa edad lamentando demasiadas cosas. La casa 12 ex­presa las consecuencias de nuestro temor ante la vida, de nuestra an­gustia ante su poderío y su amplitud. Allí conocemos el dolor que se siente por todo el dolor que se evitó, por las limitaciones y las amputaciones de un destino que ahora vemos como expresión de nuestro verdadero carácter.

 

La casa 12 nos habla de estados del alma que constituyen cárceles. Las cárceles institucionales, así como los lugares de interna­miento, no son más que el reflejo de unas experiencias de cautiverio que se pueden vivir de muchas otras maneras. Cuántas situaciones y episodios de la vida son, en el fondo, cárceles; constituyen experien­cias de encarcelamiento porque uno se siente privado de su libertad. Cuántas veces una persona se fabrica su propia cárcel que, aunque incómoda, siempre es más segura que la terrible sensación de en­frentarse a lo desconocido de la vida y de uno mismo. Se viven situa­ciones que no son más que un refugio frente al dolor, uno se pone fuera de circulación, se sumerge en una vivencia que convierte la vida en una auténtica prisión.

 

La vida adquiere formas confusas, contornos borrosos. Todo da igual, las cosas y las personas indiferentes parecen entonces niveles de desesperación de los cuales pocos se recuperan, unos se sienten abrumados por el deseo de seguir existiendo, otros optan por el delito, las drogas, la inmersión en la locura o la demencia senil, etc. De este proceso pocos salen bien parados, su desarrollo implica un avanzar lento hacia la desintegra­ción de la individualidad y de la vida. Pero para algunos, es el único camino que les queda para efectuar un descubrimiento esencial. Todas las ilusiones, incluso las de la salvación personal, fabricadas por el hombre o por el diablo, asisten a su derrota, dejando paso al desocultamiento del auténtico rostro del Todo: su vacío. Es la casa de la niebla que entra y cubre todo con su velo impalpable hasta que se logra contemplar, en vez del mundo y de las cosas lo único que contemplar, en vez del mundo y de  subsiste, ese vacío que siempre invita a un dejarse ir hastas ser capaces de comprender que no se trata de buscar nada sino de encontrar. Es un sentimiento de vacío y de ignorancia que coloca  al ser en disposición de fundirse con el Todo que le envuelve. Sentirse suspendi­do y flotante, a merced de un océano inmenso, de una totalidad des­conocida que nos mueve y nos mece. Eso es la memoria, esa maga que suprime el tiempo y la fragmentación y que, por ello, restablece la unidad del individuo. La pérdida de la consciencia separada que es la que nos hace vivir la vida como sumergidos en un sueño inasi­ble.

 

Para los antiguos la memoria no era una facultad humana sino una divinidad. La Memoria de los griegos, Mnemosine, madre de las musas, era el único poder capaz de originar un estado de abstrac­ción del mundo y también de ahondamiento, una especie de estado de videncia. La diosa tenía encomendada la función poética y el don profético (actividades ambas que para el griego requieren la inter­vención de lo sobrenatural). Era, a la vez, el contrapeso necesario que equilibraba el poder devastador del Tiempo, ese oscuro rostro que convierte a los personajes que poblaron y adornaron una vida en muñecos de sí mismos. Si el olvido viene con el tiempo, la inmortalidad con la memoria. A veces es necesario recordar, y para recor­dar uno ha de recluirse, convertirse en prisionero y así afrontar el horror del tiempo perdido, los años desperdiciados en la vanidad de la vida social y en unas ilusiones que cautivaron nuestro ser. Pero no es nada fácil renunciar a la falsa promesa de libertad del yo. Por eso muchos prefieren vivir en la cárcel que ellos mismos han elegido. La casa 12 es ese territorio de la existencia que, o bien conduce a la renuncia de todo interés personal (único modo de dialogar con el destino), o bien condena a una inmovilidad, una espera cautiva donde uno sólo puede preguntarse ¿por qué? o ¿hasta cuándo?

 

En la casa 12surgen un tipo de experiencias cuyo denominador común es que dejan en suspenso la vida. El alma queda como flotan­do entre las brumas y el dolor de un sentimiento: la soledad. Esa so­ledad que nos espera, quizá desde el nacimiento, y que al enfrentar, nos obliga a sumergirnos en su acompañante eterno: el silencio. Si­lencio frente al que no existen respuestas más que en un acto. Un acto de fe en una realidad inefable, un acto por el cual la modestia humana renunciando a penetrar el enigma, se resigna a vivir en un mundo sin pretender explicarlo, ni conquistarlo, ni falsearlo. Son experiencias que ofrecen una forma de suprema humildad, aquella que conserva viva la incertidumbre radical de la condición humana, que se asombra sin cesar de nuestro misterio, que da por supuesta la sumisión del individuo a un Destino incognoscible y que atribuye al hombre la misión de percibir todos los signos que ese destino nos re­vela de su existencia.

 

En esta casa nos encontramos con una vivencia de la enfermedad distinta a la de la casa opuesta. Aquí se trata de aquellas enfermeda­des y situaciones frente a las que uno nada puede hacer, a lo sumo, y si cabe, esperar un milagro o la llegada de una fe que dé sentido a lo inexplicable y aliento para seguir viviendo. ¿Cuántas enfermedades no son en definitiva más que heraldos de una muerte inevitable? ¿Cuántas otras no son sino consecuencia de muchas muertes eludidas en la vida? Las enfermedades crónicas y degenerativas, aquellas que paulatinamente van acercándonos a la Dama Innominada. Si se vivieran con consciencia, si una medicina, totalmente inconsciente de la secreta y última unidad entre la muerte y la vida, no se empe­ñara ciega y compulsivamente en negar, en rechazar. Una enferme­dad crónica o degenerativa puede muy bien ser la última oportuni­dad que se le presenta a una persona para que despierte. Muchos médicos no lo ven, consciente o inconscientemente, actúan en con­tra de ese posible darse cuenta redentor. Atiborran a la gente de pastillas, drogas, engaños y postergamientos de lo inevitable, impi­diendo así al paciente que viva con plenitud y consciencia su enfer­medad. Quizá sea mucho mayor el sufrimiento, pero quizás a través de éste se revele un posible sentido, se acceda a la necesitada reden­ción.

 

Si el médico en vez de contemplar la muerte como el peor enemi­go de profesión, la convirtiera en su aliada. Si se diera cuenta que el temor a la muerte y el temor a la vida son una y la misma cosa, como muy bien expresa la siguiente historia:

"Había una vez un hombre que tenía doce hijos, y cuando el decimotercero vino ya no supo a quién acudir para que fuera su padri­no. Así que decidió que a la primera persona que encontrara al salir a la calle le pediría que fuera el padrino.

 

"Salió y al primero que vio fue a Dios, pero no se decidió a pedírselo porque pensó que Dios sólo ayuda a los ricos y no a los po­bres. Después vio al Diablo, y tampoco le dijo nada, porque éste siempre hacía el mal. Finalmente, el padre aceptó al tercer persona­je que halló, la Muerte, porque ésta siempre se mostraba amable hacia todos.

 

"Cuando el niño creció, un día la Muerte apareció y se lo llevó al monte para darle un regalo. Le enseñó una planta y le dijo: «Haré de ti un famoso doctor. Cuando veas a una persona enferma, si ves que yo estoy en la cabecera de la cama le das esta planta y sanará. Pero si me ves que estoy a sus pies, ningún remedio o médico del mundo puede salvar al paciente.»

 

"El joven rápidamente se convirtió en un famoso doctor. Un día el rey enfermó y cuando el médico vio a la Muerte al pie de la cama, rápidamente cambió la dirección de ésta. El rey sanó debido a la trampa del médico, pero la Muerte le advirtió que no lo repitiera nunca más. Tiempo después, enfermó la hija del rey y éste prometió que el que la salvara sería su esposo y el futuro rey de la nación.

 

"Cuando el médico vio a la Muerte al pie de la cama, creyó que podría engañarle de nuevo y repitió la acción, sanando a la hija. Pero la Muerte se enfadó tanto, que cogió al médico y le llevó a una gruta muy profunda. Allí había unas velas encendidas que represen­taban las vidas de la gente en la Tierra. Entonces el médico vio que su propia vela estaba a punto de apagarse y le rogó a la Muerte que la sustituyera por otra más larga. La Muerte, simulando que accedía a sus deseos, se acercó a la vela, pero en vez de cambiarla, sopló sobre ella. El médico cayó sin vida al instante."

 

Esta historia simboliza algunas de las actividades prevalecientes entre los profesionales de la curación. El rey enfermo podría repre­sentar, al igual que en los sueños, los principios profesionales colec­tivos. Así, son unos principios que están enfermos. Por ejemplo, un principio podría ser que cualquier enfermo debe ser curado. Y de hecho es lo que hacen la mayoría de médicos, no observan de qué lado está la muerte. En la historia, la Muerte permite que el rey viva, pero mata al médico cuando hace lo mismo con la hija. La hija, lo femenino, alude a los sentimientos, y en este caso, a ciertos senti­mientos que están enfermos. Podríamos pensar en la auto-importancia del médico que cree que él o su técnica son los que curan. También podríamos pensar en un querer ayudar obsesivo o ciego, que generalmente consigue que lo que reciba la ayuda sean las actitudes enfermas de la persona, de las cuales la enfermedad es su expresión, y que son precisamente las que deberían morir. De hecho, en los sueños de gente enferma muchas veces surgen imáge­nes que corroboran el sentido de la historia. Sueños en los que apa­rece un médico que tanto puede ser un sanador mágico como un ri­dículo racionalista. A veces aparece como charlatán y como seduc­tor del paciente. Y también en otras ocasiones, aparece como profe­sionalmente impotente, pero de una gran calidad humana que sabe captar y escuchar al paciente. En otros sueños el mismo médico es el responsable de la propagación o de la intensificación de la enferme­dad.

 

Cada enfermedad es una alusión o un susurro de una muerte anunciada y, a veces, necesaria. Y no sólo en el caso de las enferme­dades, sino también en las otras situaciones de la casa 12: interna­miento forzoso en instituciones, marginación, etc.; el conflicto apa­rente que es el del individuo contra la sociedad, no es más que una expresión de otro más profundo, del individuo contra el destino o contra su propia y necesaria muerte.

 

Los planetas en esta casa tanto pueden actuar como aquellos dio­ses que se empeñan en destruir una vida si el yo se empeña en igno­rarlos, como las voces que constantemente recuerdan que todo se confabula y conspira al amparo de una eternidad incomprensible en su grandeza, inasible en su levedad. La desintegración de las certe­zas es la única tarea que proponen. En cambio, cada vez son menos los que se atreven a dudar. Aunque la duda no siempre desnuda al ser de sus adornos innecesarios. Se requiere, además, un profundo desamparo, un sentirse expuesto a lo horrible de la existencia, para así conocer la única vía de redención que la divinidad nos ha dejado: la rendición a lo que existe, el abandono, llegar al supremo deseo, que es la ausencia de deseos del yo. La felicidad aquí quiere decir que ya nada me importa de mí, el máximo de mi yo es mi no yo. Los planetas en esta casa nos exigen que seamos parte de una entidad mucho más compleja que nosotros: el Universo. Para ello, es nece­sario saber desconectarse de las corrientes de la vida y conectar con esas regiones del ser que habita más allá, en esa soledad que posibilita la tarea de descubrir un sentido incluso en el sufrimiento más inteso, incluso en la muerte, incluso en el derrumbe de todos los senti­dos que hasta entonces fueron soporte de la existencia. Soledad, que una vez aceptada, y los planetas son las voces que a ello nos ayudan, es comunión con la entera Creación. Si no son escuchadas, la sole­dad es la de una existencia gris que busca sin encontrar la oportuni­dad de acercarse a Aquello que nunca rehúye una presencia. Sole­dad de lo infinito que vive en la desnudez del hombre frente a sí mismo. Esa desnudez que no requiere grandes dotes ni afanes espe­ciales para olvidarse de lo mediocre, de la triste sustancia que alimenta los sueños de una vida que se desplaza plana y monótona, sin relieves ni encuentros sin vicios ni apetitos indecentes.

 

Un planeta en la 12 no es débil, es precisamente todo lo contra rio, el poder inmenso de lo débil que habita en el alma. Pero no en todas fructifica. Sólo el alma que aumenta hasta el tamaño del mundo, sólo el alma que incorpora las penas de los que no contem­plan el celeste imperio, puede entender sus mensajes. Los planetas son las puertas por las que nuestra pequeña alma encuentra tras su umbral al alma de las almas, el Anima Mundi, ese fondo en perma­nente zozobra de la vida, que siempre está agitado. Como un inmenso océano cuyo vaivén nos ha de mecer. Como si viviéramos a pique de un naufragio. Sólo así conseguimos la necesaria embriaguez. Una divina borrachera, una lujuria de los sentidos que despierte nuestro espíritu, que resucite los cuerpos, que dé alas a nuestra tímida imaginación.

 

A modo de epílogo (del que la casa 12 es símbolo) y punto final al recorrido rociado en la casa 1, transcribo una extensa cita de Simone Weil (34), que expresa, mucho mejor de lo que yo lo podría hacer, el núcleo central, el corazón del que parten los radios que han constituido todas las casas: "El héroe lleva una armadura, el santo está desnudo. La arma­dura que preserva de los golpes impide el contacto directo con lo real, y sobre todo el acceso a la tercera dimensión, la del amor so­brenatural. De allí la necesidad de estar desnudo: nada puede penetrar en nosotros si la armadura nos protege a la vez de las heridas y de las profundidades que liberan. Todo pecado atenta contra la tercera dimensión, es una tentativa de llevar al plano de lo irreal, de lo indoloro, un sentimiento que podría penetrar en las profundidades. Es una ley rigurosa: se disminuye el sufrimiento propio en la medida en que se agota la comunión íntima y directa con lo real. Al límite, la vida se desarrolla totalmente en la superficie: ya no se sufre porque se sueña, porque la vida reducida a dos dimensiones se vuelve plana como un sueño. Ocurre lo mismo con los consuelos, las ilusiones, las fanfarronadas y todas las reacciones compensadoras, con las cuales tratamos de llenar los vacíos que la mordedura de lo real cava en nosotros... Pero precisamente la Gracia tiene necesidad de ese vacío para entrar en nosotros."

 

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