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Conciencia Azul
Astrología

Casa 2

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

 

Casa 2

 

"Mientras yo sea esto o aquello, o tenga esto o aquello, no lo seré todo ni lo tendré todo.

Desprén­dete de ti mismo, de suerte que ya no seas ni tengas esto ni aquello."

Meister Eckhart

 

 

El principio simbólico de la Casa II se desparrama en todas aque­llas cosas, fenómenos y seres que constituyen las vestiduras de la Fuerza de la Vida. Fuerza elemental, divina, que nos alimenta y que aspira a la creación de riqueza, bienes y valores, y que se complace en ello. Sin más nieta que la multiplicación de la materialidad en la que ésta se fija y condensa efímeramente. Afrodita nos ofrece sus manjares para colmarnos o para perdernos. Ser es comer (II) y ser comido (VIII). Nada hay que no sea alimento. El mundo nos entra por la boca.

 

En la casa 11 se vive una primera y esencial dualidad: la que se da entre el niño y su madre. Psicoanalíticamente hablando, en este es­tadio, la madre es el único constituyente del universo vital del niño, ocupa todo el espacio. El contacto con el mundo viene mediado por ella. Ahora bien, la madre, en esta fase de la vida no es una persona, sino un me algo objeto: un pecho. Un objeto que no es vivido como algo raramente físico, pues la totalidad de los deseos y sentimientos infun­den en éste cualidades que van mucho más allá del alimento real que proporciona. Melanie Klein (18) ha tratado en profundidad la relación prima­ria que se establece entre madre-hijo y cuya base es la alimentación. "Bajo el dominio de los impulsos orales –afirma la autora– el pecho es instintivamente percibido como la fuente de alimento y por lo tanto, en un sentido más profundo, como el origen de la vida misma." El niño escinde en su fantasía el pecho materno bajo una división primaria: un pecho bueno y uno malo. Un pecho que ali­menta, gratifica y da seguridad y otro que priva, persigue y destroza. De la experiencia del primer pecho se crea en el niño el sentimiento de gratitud que está muy ligado a la posterior generosidad y a la fu­tura capacidad de amar. Nace, a la vez, una sensación de confianza en que hay algo más allá de él que le alimentará cuando lo necesite y le dará todo lo que desea. El pecho bueno que alimenta la relación amorosa con la madre, es el representante de la Fuerza de la Vida. El establecer una relación adecuada con el pecho que da la vida pro­vee de un sentimiento de riqueza interna. Riqueza que está estre­chamente ligada a la gratitud y a la generosidad y que capacita a la persona a compartir sus bienes y valores con otros. Así se hace posi­ble generar un universo personal de enriquecimiento mutuo genera embargo, en aquellos que no lograron acceder a este senti­miento de riqueza y recursos internos, o bien la gratitud brilla por su ausencia, o a los arranques de generosidad les sigue tal necesidad de ser apreciados y valorados que resulta fácil ver que detrás se ocultan otras realidades. La vivencia del pecho malo generala voracidad y la envidia. Surge la voracidad como compensación a la horrible sensa­ción de privación. Con frecuencia las madres sienten que sus bebés quieren tragar su pecho entero. La voracidad es el deseo vehemente e insaciable de chupar, vaciar y devorar, mientras que la envidia es el sentimiento destructivo dirigido hacia aquél o aquello que posee o goza de algo deseable, siendo el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo. Del pecho que no alimenta deviene la base -de toda reac­ción paranoica y toda necesidad de control del mundo posteriores La propiedad privada es una forma de control paranoide del mundo (sea propiedad de objetos, bienes, personas, ideas, etc.).

 

En realidad, la voracidad no siempre emana de privación alguna, real o imaginaria, sino que a veces, un exceso de cuidados, o de ali­mentación, tiene las mismas consecuencias. La sobreabundancia es tan miserable como la escasez. La gente que padece esta clase de vo­racidad es como los niños pequeños que enferman por efecto del atracón de las fiestas de cumpleaños. Es una voracidad oral, insacia­ble que luego se expresa en necesidades compulsivas de consumir en exceso, de poseer al otro, que siempre constituye una forma encu­bierta de canibalismo. La voracidad se puede dirigir hacia partes del cuerpo humano o hacia personas enteras, o a grupos de personas e incluso a pueblos enteros.

 

Desde el punto de vista esotérico todo lo que nos rodea nos ali­menta y forma parte de la fuerza y los recursos puestos a nuestra dis­posición o alcance para alimentar nuestro ser y, en última instancia, favorecer a la vida. Éste es el principal reto de comprensión que esta casa nos plantea: vivir el mundo particular que nos rodea como un universo de recursos puestos a nuestro alcance para su utilización. El número dos aquí expresa una dualidad esencial: yo y el mundo, el mundo como un apéndice, instrumento o recurso del que obtengo mi alimento y lo ofrezco a los demás. En este sentido tan válida es la vivencia de que todo lo que me rodea me pertenece, todo es utiliza­ble como recurso, como la contraria: nada es mío, soy yo el que per­tenezco a un mundo que exige de mí que lo utilice para sus propios fines.

 

El dinero constituye, en nuestra cultura, el medio par excellence con el que vivimos y malvivimos esta dimensión y reto de la vida. En nuestro mundo todo se mide por el dinero. Se dice que el dinero es la sangre, el fluido vital de la sociedad. Los bancos son su emblema. La usura bancaria es el caso del delito más legal, cotidiano y social­mente valorizado de todos. Vivimos en un mundo económico. "El dinero es la epistemología de nuestro tiempo." (Sardello) (28). Cada cultura y cada época ha expresado de algún modo cuáles eran sus valores más preciados. En la Grecia clásica, en Egipto y en la Europa Medieval, los edificios más altos y los tesoros más excelsos se hallaban en los templos. Hoy construimos bancos y cámaras aco­razadas. Para Norman Brown, el dinero es el alma del mundo. Las ciencias económicas y políticas son las neurosis del dinero. Los freu­dianos fueron los primeros en redescubrir que el dinero no es una cuestión exclusivamente racional, lógica y social. Vieron en el dine­ro la expresión simbólica de una dialéctica corporal: los excremen­tos.

 

Los primeros objetos que constituyen lo que más tarde será la economía del gasto y del ahorro son los propios excrementos. La educación de los esfínteres se relaciona íntimamente con la ulterior capacidad de desprendimiento, generosidad o apego y avaricia, que constituyen las actitudes básicas, no sólo ante el dinero, sino ante todo lo que queda revestido por un valor reconocido o alucinado como propio. Un aprendizaje prematuro del control de los esfínte­res da un énfasis en la retención. Estamos en una cultura de consti­pados crónicos, de retención de los excrementos y de depósitos ban­carios que simbolizan la retención de la riqueza social y material. La locura del dinero es acumularlo. Acumulación como signo de bie­nestar y abundancia. Hemos de aprender que el bienestar y la abundancia son un aspecto cualitativo de un modo de vivir, nunca una magnitud cuantitativa, nunca un objeto del que podamos hacer aco­pio El dinero es el medio por el cual liberamos el deseo, lo concretizamos, damos existencia a lo que antes era pura imaginación. Es un vehículo, un puro instrumento por el que discurre un poder inmen­so: el flujo del deseo, de la vida. Hay quien cree que atesorar bienes equivale a poseer la vida, y ésta es inasible. Nuestra civilización a falta de otras realidades, hace aparecer al dinero como lo sólido y auténticamente real, el único ídolo que adora.

 

El dinero como símbolo es extremadamente ambivalente. Cuan­do actúa como fluido circulante y fructificador es como el oro, de origen divino. Como dictamina Sardello (28): "Hemos de ser capa­ces de imaginar el dinero como el excremento divino", es decir, un fertilizador sublime; pero si con ello, olvidamos que el dinero es el soporte material de un valor que trasciende lo social y lo humano, caemos en la miseria, lo convertimos en el dispensador y garante de nuestras propias y limitadas capacidades humanas. Por muy ricos o pobres que seamos su poder nos esclaviza. La fascinación que ejerce cree en nosotros trastoca en lo más esencial nuestra actitud ante la di­mensión divina de su poder. Entonces el dinero deja de ser alimen­to. Es signo de status social, puerta abierta a privilegios inmereci­dos, instrumento de corrupción, dominio y control sobre los demás. Peleamos por dinero como los lobos hambrientos y atemorizados pelean por la presa de la que depende su subsistencia.

 

En la casa 11, o se alimenta y fructifica la vida o se alimenta e hi­pertrofia el ego: yo soy lo que es mío. La necesidad de poseer, de apropiarse, es síntoma de la pérdida de los límites entre el ego y el mundo. Cuando creo que algo me pertenece incurro en una ilusión fundamental: separar ese algo del resto de algos que constituyen este gran Todo Universal. Sea una cuenta bancaria, un yate, una persona o un título, la identificación ilusoria entre yo y lo que me rodea como algo que me pertenece es el principal medio de susten­tación del ego imaginario eg uno quiere poseer a los demás, convertirlos en un bien más, en un objeto que se puede utilizar a placer, elimina de ellos el único valor: su presencia y su libertad. Comete con ello un acto de canibalismo muy arcaico. Incorpora al otro dentro de sí para poseer­lo, pero para ello lo ha de matar. El homicidio puede ser simbólico, pero no por ello menos real y trágico. Los demás se convierten en seres privados de libertad y por ello privados de su único valor como sujetos. Poseer a los demás es equipararlos a la teta de la mamá. Los demás me alimentan, por tanto, he de asegurar su disponibilidad a mis necesidades alimenticias. Si el otro es libre corro un riesgo mor­tal: verme privado. Eso despierta antiguas y terribles fantasías in­conscientes destructivas y autodestructivas, por tanto, casi siempre surge el control y la manipulación del otro, el intento de poseerlo, como un medio ilusorio de impedir la ansiedad y el miedo que nacen junto unto con tales fantasías.

 

La obsesión por la seguridad material siempre es un derivado de una inseguridad que esconde una desconfianza radical hacia la Natu­raleza, la Diosa Madre, la proveedora de la vida. Es ella la única que tiene el poder de alimentarme a todos los niveles. Creer que puedo salvaguardar mi seguridad controlándome o controlando a otros, forma parte del desatino humano más antiguo y enraizado en los usos y costumbres de la consciencia patriarcal, masculina, que a todos nos domina y esclaviza. Lo que es mío me pertenece como un regalo o préstamo de la Fuerza de la Vida. Mi riqueza o mi pobreza no es lo que importa. Es el uso que hago de ellas lo que cuenta. El poder material y mundano que se expresa a través del dinero ha de circular a través mío como circula la sangre en el cuerpo y la savia en el tronco del árbol: sin ningún control o resistencia por mi parte.

Confiar en que la Diosa Madre nos alimentará en la medida de nuestras necesidades está relacionada con el sentimiento de la pro­pia identidad alcanzado en la casa I. Si ésta se confunde con el con­glomerado de máscaras, personajes y autodefiniciones, extraído todo ello de las fuerzas colectivas de un entorno social, dicho senti­miento sufrirá de una especie de hambre crónica, un apetito voraz que todas las riquezas o recursos del mundo no saciarán. El senti­miento de identidad nacido y fortalecido en un proceso de búsqueda de la verdadera humanidad en uno mismo, asegura la tranquilidad y confianza necesaria para diluir la obsesión de acaparar poder y ali­mento, transformándola en un sentido interno, en un instinto que guía en el correcto uso de los propios recursos y que enseña, por amor a la misma Diosa, que sólo se posee lo que no se posee.

 

Acumular dinero, la posesión de bienes materiales, siempre dis­pensa sensación de poder. La riqueza material abre casi todas las puertas del poder social. Lo que fácilmente olvidamos es lo que exis­te detrás o más allá de dicho poder. Es una ilusión creer que dispo­nemos de poder. Al mínimo descuido es éste el que nos posee. La embriaguez de sentir como el mundo material y los objetos se doble­gan ante nuestra voluntad, acuden a nuestros deseos, el poder de convertir a los demás en objetos que dependen de nuestra voluntad resulta tan tentador que pocos son los que se le resisten. El poder material se malgasta, se disipa o se enquista y deja de cumplir su función fertilizadora.

 

También es frecuente la actitud despreciativa frente al aspecto mundano, material, de tal poder. Las personas con inclinación espi­ritualista o idealista siempre topan con ello. Con actitud puritana re­chazan al vil metal, y con ello, al pecho materno que en su fantasía les mal alimentó, y abrazan una pobreza o austeridad que en el fondo les esclaviza tanto o más que a los ricos. Viven en perpetua dependencia económica de los demás, muchas veces escondida o di­simulada, o abrazan un estilo de vida basado en la renuncia sistemá­tica al goce o placer del mundo material. El rico y el pobre se en­cuentran al final del camino y contemplan con asombro su parecido.

 

Es necesario disponer de recursos, es necesario tratar de poten­ciarlos. A veces tales recursos pasan necesariamente por lo econó­mico, otras veces no. Si no hay apegos ni rechazos a priorísticos, no es difícil llegar a comprender y experimentar en la propia vida que algo o alguien pone a nuestra disposición, en cada momento, los re­cursos requeridos para nuestro obrar. Si tal obrar es el adecuado en relación a la situación vital en la que una persona se encuentra, nunca le han de faltar los recursos necesarios. Hay una cuestión má­gica detrás. Sólo la confianza permite captarla.

 

En tal sentido, los recursos puestos a nuestra disposición tanto pueden venir por lo económico, lo material, lo afectivo (una sonrisa, el apoyo de una mano amiga), lo moral, etc. Siempre es la Diosa la que dispone de ellos, siempre es un préstamo transitorio el que nos hace, siempre es de agradecerle la fuerza que pone en nuestras manos. En realidad, tanto podemos sentir que nuestra condición es la de ricos porque nos rodea permanentemente la riqueza infinita de la Diosa, como comprender que no hay tesoros materiales en el mundo que puedan paliar nuestra radical pobreza.

 

Si insisto en perseguir algo que concibo como mío, como pose­sión personal ("mi" inteligencia, "mi" belleza, "mi" sabiduría, etc.) uno está en el fondo, aunque no lo sepa, limitado, porque tiene ob­jetivos limitados, porque se define por lo limitado, porque vive ¡ve por y para lo limitado. Esto crea una inseguridad y una inquietud que no solucionan todas las posesiones de la tierra. Cuando se comprende y se siente que uno está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian ra­dicalmente las actitudes hacia nuestros deseos. No es que uno deje de desear, ni tampoco sirve la renuncia, pues ésta implica una entre­ga, un aferrarse a la imagen del que renuncia. Lo que se puede lo­grar es simplemente un aquietamiento del deseo, o una calma y con­fianza, pues no hay deseo que pueda con el ser, porque se anula la distancia entre el ser y el desear. Entonces ya no se cae tan fácilmen­te en la desesperación de ese desear que sólo desea objetos, sino que se accede a la fuente del desear mismo: La Fuerza de la Vida.

 

A veces, son necesarios momentos de apuro, de real apuro para conocer la verdad sobre nuestras posesiones: no sirven para nada. Lo único que sirve es la capacidad de poder seguir viviendo. La su­pervivencia lo es todo. La fuerza vital es la única cosa que uno no puede permitirse perder. Y cabe la sospecha de que las posesiones y la falsa seguridad que con ellas se adquiere, lo único que logran, aparte de hacernos vivir en la ilusión, es la de robarnos la fuerza vital. Una fuerza que depositamos en los objetos y que al hacerlo así la perdemos. El poder entonces lo tiene el dinero. un título, una persona, un status, etc. Surge el acumular y conservar objetos y re­cursos como un sustitutivo del usar, porque se quiere vivir sin ries­gos. Rodeados de seguridades materiales. Nos aferramos a ellas. No nos damos cuenta que el riesgo es ése: echar a perder la vida. La vida no quiere ser conservada, quiere la capacidad de arriesgarse. Si uno no se arriesga, arriesga aún más, pues cambia todo aquello que acumula por vida no vivida.

 

Los planetas en esta casa constituyen los dioses de nuestro deseo. Sus imágenes forman la sustancia de nuestra vinculación bá­sica con el mundo. Bajo ellos y a través de ellos conocemos la codi­cia, la avaricia, el desapego y la generosidad. Son los responsables, tanto de nuestro mayor desatino, pues nos encarcelan en un mundo material y físico que alucinamos como la fuente que nos alimenta, como del descubrimiento más preciado: confiar en los propios recur­sos que siempre coinciden con los de la vida en su totalidad, pues todo recurso mana de una única fuente: la Madre Naturaleza que nos cuida y nos cobija. Sólo con dicha confianza y con el desapego frente a las inseguridades del yo se pueden conocer los extraños ve­ricuetos por los que la Fuerza de la Vida pretende llegar a nosotros. Generalmente lo hace por los canales más insospechados. Canales que han de pasar por el dominio sagrado de los planetas que la casa contiene. Las experiencias de riqueza y de pobreza económica no son la finalidad, ni se pueden considerar a priori como positivas o negativas. Cuántas veces de una experiencia de pérdida de los bienes, de la ruina económica puede surgir la comprensión de los au­ténticos recursos que uno dispone. Y viceversa, cuántas veces el en­riquecimiento de una persona, la abundancia de bienes materiales la coloca en una situación de extrema debilidad y alienación. En la casa 11 uno puede llenar su vida de objetos y posesiones: sus bienes más preciados. Pero cuando una vida se llena ya no cabe más, se produce un estancamiento, pues uno viaja con exceso de equipaje. En tales condiciones no es de extrañar que se invoquen experiencias de despojo, de un vaciar la vida para que en el lugar desocupado pueda ser llenado de nuevas realidades, de bienes aún por conocer, de recursos aún por descubrir, sobre todo del recurso principal: la capacidad de gozar ligada al sentimiento de gratitud por los bienes recibidos, por los dones ya atesorados.

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