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Astrología

Casa 6

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

Casa 6

 

"Sólo el médico herido puede curar."

Proverbio místico

 

 

El número seis es el hexágono constituido por dos triángulos im­bricados. El triángulo superior representa el orden celeste, el infe­rior alude a lo terrestre. En el seis ambos triángulos se encuentran simbolizando así la hierogamia cielo-tierra, tanto el descenso a la tierra del orden celeste, como la purificación y ascenso de lo natural hacia un orden sobrenatural. La primera imagen corresponde míti­camente a la encarnación de Dios, el Redentor hecho hombre y na­cido de una Virgen (Virgo Intacta). La segunda imagen hace pensar en la figura del alquimista, aquél cuyo esfuerzo y meta consiste en espiritualizar la materia.

 

El descenso del orden celeste que entra en contacto con la tierra tiene su expresión más originaria en la noción del trabajo. El trabajo. es una actividad humana, cuyo origen sagrado revelan los mitos y las religiones. Cultivar el agro, trabajar los metales eran, para el hom­bre de las sociedades arcaicas, modos de cambiar el ser de las sus­tancias. Las sustancias participaban del carácter sagrado de la Madre Tierra. El hombre con su intervención no sólo buscaba un beneficio personal, sino que "colaboraba" en la obra de la Naturale­za. Como afirma M. Elíade (11), "hay algo común entre el minero, el forjador y el alquimista: todos ellos reivindican una experiencia mágico-religiosa particular en sus relaciones con la sustancia; esta experiencia es su monopolio, y su secreto se transmite mediante los ritos de iniciación de los oficios; todos ellos trabajan con una mate­ria que tienen a la vez por viva y sagrada, y sus labores van encami­nadas a la transformación de la Materia, su «perfeccionamiento», su transmutación»."

En tal contexto el trabajo está unido al acto ritual. Trabajar im­plica una actividad mediadora entre el Cielo y la Tierra, por tanto el carácter sacro no sólo recae sobre la actividad, sino también sobre los útiles que utiliza. El arte de crear instrumentos y los instrumen­tos en sí son de esencia sobrehumana. Todo trabajo tiene una meta simbólica: unir arriba y abajo. Como aquel zapatero chino que al­canzó la iluminación realizando su labor porque era consciente que cada vez que cosía dos suelas unía el Cielo con la Tierra. Por eso, es preciso, no sólo trabajar, sino trabajar alcanzando la máxima per­fección. Aparecen, por tanto en esta casa la figura del Maestro y la del aprendiz. Es necesario un largo aprendizaje, pues el maestro co­noce la técnica: qué cosas utilizar y de qué manera, para que todo salga a la perfección. La experiencia adquirida del maestro tiene como resultado un proceso de refinamiento de los utensilios, su obrar ha alcanzado las virtudes que el alquimista recomendaba para la Gran Obra: máximo esfuerzo, máxima concentración y máximo amor.

 

Hay un saber hacer y hay una necesidad de adquirir la destreza necesaria. El aprendiz es aquel que se pone en manos del maestro y se deja guiar por él. No es tarea fácil como cuenta una bella historia:

 

"Érase una vez un joven aprendiz que había estado al servicio de su maestro, el cual utilizaba unas técnicas muy sencillas. Consistían en arrodillarse delante de una estatua con cuerpo de hombre y cara de mujer durante dos años, después de los cuales el aprendiz se separó del maestro creyendo que aquél ya no le podía enseñar nada. Así, convencido de ello decidió poner en práctica las enseñanzas re­cibidas. Al poco tiempo de instalarse ya tenía muchos discípulos que seguían sus nobles enseñanzas, cosa que contribuyó a aumentar aún más la soberbia del aprendiz, por lo que decidió escribir un libro que sería el relato en donde pondría de manifiesto la gran equivocación en la que está el hombre sobre su vida. Una noche cuando estaba ya acabando de escribir el libro, le vino a la cabeza cuán grande sería después de que todo el mundo conociera el libro. En el libro, entre otras cosas, explicaba cómo un hombre se podía deshacer de su ego y llegar a la verdad última de las cosas, mas cuando estaba totalmen­te enredado en la maraña de sus pensamientos, una voz le habló desde la oscuridad de su estancia. Sólo acertó a oír: «No hay sober­bia más grande que un ser sin soberbia.» El aprendiz quedó sobreco­gido y, en toda la noche no pudo dormir, pues en su cabeza sólo gi­raba una idea y una imagen, la de su antiguo maestro y el pensa­miento de volver a verlo. Al día siguiente despidió a todos sus discí­pulos, mandó quemar el manuscrito y se fue a ver a su maestro. Cuando llegó ante él se postró a sus pies, el maestro le mandó a orar y en una de sus oraciones se vio repitiendo sin cesar una frase bíbli­ca: «No deis de comer perlas a los cerdos.»

 

No resulta tan fácil como parece asumir el talante de aprendiz. Es un papel que pone a prueba nuestra humildad. Por eso se dice que sólo los niños (casa V) pueden aprender. El adulto no puede porque cree que ya sabe, y con esa creencia se cierra a la posibilidad de nuevos aprendizajes. Un hombre en disposición de aprender ha de conseguir una "entrega", una "predisposición" a dejar que lo nuevo entre en el, a reconocer que su saber es limitado, imperfecto e insuficiente.

 

En la casa VI aparecen, de nuevo, las experiencias que hacen "tocar tierra". Con ello, y después de la autoexpresión lograda en la casa anterior, se inaugura una nueva dimensión: la consciencia de los propios límites. El trabajo y la enfermedad son dos vías para ac­ceder a no sólo al conocimiento de nuestros límites sino al deseo de superarlos. El resultado de estas experiencias puede ser demoledor o altamente positivo para el propio crecimiento. La exigencia en la casa VI es la de lograr la suficiente visión crítica de uno mismo y del mundo en que vive para así acceder un criterio realista que permita dirigir los esfuerzos. Si la crítica es autocrítica uno descubre los pro­pios fallos, insuficiencias y limitaciones. Sólo a partir de ello es posi­ble saber dónde se ha de aplicar el trabajo para que sea efectivo. Si la crítica es hacia fuera surge la necesidad de organizar el mundo para incrementar de este modo la eficacia del esfuerzo conjunto. Surge la idea de trabajo como utilización de la materia. Una utiliza­ción con vistas a un fin. Una utilización que fácilmente puede deve­nir en usura si se pierde de vista cuál es la meta del esfuerzo. Si la meta no se cuestiona lo suficiente como para que quede probado su valor, cosa que, por desgracia, tan poco ocurre en una sociedad como la nuestra en la que el trabajo ha perdido su sentido. Se traba­ja porque sí, sin cuestionar cuál es su utilidad en la vida del indivi­duo o de la colectividad. Cuando al trabajo y a la sustancia se les despoja de su valor sagrado aparece un sentido del trabajo exclusivamente utilitarista. Trabajar se convierte en un ritual cotidiano, ru­tina totalmente carente de significación, que se vive como una obli­gación. Entonces el trabajo deviene en una actividad embrutecedo­ra. Vivimos en una sociedad cuyos valores respecto al trabajo no destacan precisamente por su humanidad. La noción del trabajo se ha reducido, embrutecido mejor, a una actividad hecha por máqui­nas pensantes con máquinas no pensantes.

 

Las máquinas que el hombre inventa para tales fines constituyen los medios por los que se opera una doble transformación. La del mundo en que vivimos y la del hombre que las utiliza. Surge de nuevo en esta casa la relación dialéctica que ya vimos en la anterior casa cadente. Una relación que si antes se daba entre dos polos in­terdependientes: un mundo que percibo y con el que me comunico, y yo, ahora la díada se establece entre un mundo sobre el que actúo, sobre el que imprimo la huella de mi obrar, y yo mismo. Con nues­tro obrar transformamos no sólo al mundo, sino a nosotros mismos también. Esto ya lo percibió uno de los pensadores que más pene­trantemente reflexionó sobre dicha actividad humana, "el trabajo –dice C. Marx en un pasaje de El Capital– es ante todo un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en el que el hombre, mediante su obrar, realiza, regula y controla sus intercambios con la naturaleza. Desempeña, respecto de ella, el papel de un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su naturaleza corporal: brazos y piernas, cabeza y manos, para apro­piarse de las sustancias naturales en una forma utilizable para su propia vida. Al actuar así, mediante sus movimientos sobre la naturaleza exterior, transformándola, transforma al propio tiempo su propia naturaleza".

 

Resulta imprescindible por ello, cuestionarle en qué sentido nuestro actual delirio tecnológico nos está transformando, Difícil cuestión, pero a la vista del desastre ecológico que nuestra industria produce, resulta fácil aventurar que el cambio que sufrimos en nues­tra propia carne y espíritu no es muy halagüeño. Ya lo advirtió hace mucho un filósofo chino. He aquí la historia:

"En sus viajes por las regiones al norte del río Han, Tzu-Gung vio a un anciano labrando su huerta. Había excavado un cazo de riego. El hombre bajaba al manantial, llenaba un recipiente con agua y lo vertía a brazo en el cazo. Los esfuerzos eran enormes, los resultados parecían muy mediocres.

 

"Tzu-Gung le dijo:

"–Hay un medio por el que podrías llenar cien cazos en un solo día y podrías hacer mucho más con poco esfuerzo, ¿quieres que te lo diga?

"Alzóse el hortelano, le miró y le dijo:

"–¿Qué medio puede ser ése?

"Tzu-Gung replico:

"–Toma una pértiga de madera, ligera de una punta, con un peso en la otra. De ese modo podrás sacar agua tan deprisa que se derra­mara.

"El enojo asomó al rostro del anciano, que dijo:

"–He oído decir a mi maestro que cualquiera que emplee una máquina hará todo su trabajo como una máquina. Al que hace su trabajo como una máquina, el corazón se le vuelve como una máqui­na, y el que lleva en el pecho un corazón como una máquina pierde su sencillez. El que ha perdido su sencillez se sentirá inseguro en las luchas de su alma. La inseguridad en las luchas del alma no se aviene con el sentido honesto. No es que no conozca tales cosas; es que me avergüenza usarlas."

 

Grande es la sabiduría de este cuento. El trabajo con máquinas puede transformar al hombre en una máquina. Las propias inven­ciones del hombre creadas con el fin de cambiar el mundo a medida de sus necesidades amenazan con convertir al hombre y a su mundo en un lugar sin vida, como en nuestra sociedad tan bien deberíamos saber. La inseguridad en las luchas del alma es quizás una de las des­cripciones más lúcidas de la situación del hombre actual en nuestra cultura. Al decir de O. Paz (22,b): "la técnica es una realidad tan poderosamente real –visible, palpable, audible, ubicua– que la verdadera realidad ha dejado de ser natural o sobrenatural: la industria es nuestro paisaje, nuestro cielo y nuestro infierno... La técnica se hipertrofia en un mundo que carece de imagen... Las construcciones de la técnica –fábricas, aeropuertos, plantas de energía y otros gran­diosos conjuntos– son absolutamente reales, pero no son presencias, no representan: son signos de la acción y no imágenes del mundo. Entre ellas y el paisaje natural que las contiene no hay diálogo ni co­rrespondencia".

 

El regente natural de la casa VI es Mercurio. Para la Alquimia, Mercurio es la prima materia. Jung, que se interesó mucho en el es­tudio de Mercurio, vio que éste representaba un símbolo del incons­ciente y del cuerpo. Cualquiera de nuestras enfermedades y de nues­tras insuficiencias puede constituir la prima materia o materia con­fusa, y convertirse en el oro transmutado. Eliminación de las impu­rezas de los metales que nos recuerda a la imagen de la pureza de la -Virgen asociada al signo que rige a la casa. El esfuerzo al que alude la casa VI no debe entenderse en su acepción típicamente masculina de esfuerzo voluntarioso que impone unas ideas o actitudes, sino más bien un deseo de ponerse fuerte, lo suficiente como para atre­vernos a amar nuestro cuerpo y tratarlo con ternura. Es el esfuerzo que hemos de hacer todos para contemplar nuestro cuerpo como un templo, o como dice el poeta: como  una hermosa virgen yerta. Nunca se opone ni clama por nuestra falta de consideración, o nues­tra ceguera a sus necesidades. Calla hasta el punto que se quiebra. Permite pasivamente que le tensionemos, le envenenemos. Responde, como la tierra, con un silencio absoluto. Constituye el aspecto más denso que tenemos y, a la vez, es el más imaginario. Todo cuer­po es una imagen, refleja el estado anímico, mental y espiritual del sujeto.

 

La enfermedad no sólo es un cuerpo alterado y/o una mente des­quiciada, constituye, ante todo, una experiencia humana, universal y eterna, que, tarde o temprano, cada uno ha de vivir en su vida. Cualquier enfermedad nos confronta con la difícil experiencia de darnos cuenta de los propios límites, de experimentar nuestra vulne­rabilidad. Cuando irrumpe es el momento en que más fácilmente se destrozan las ilusiones de potencia y libertad. Uno se siente débil, disminuido, sensible, con sentimientos de confusión, dependiente de los demás y privado, por una fuerza que no controla (la propia enfermedad), de ejercer su voluntad. La enfermedad esclaviza, aísla, interrumpe la vida cotidiana, somete al paciente a una intro­versión forzada, a una recapitulación no querida.

 

Uno de sus heraldos casi inevitables es el dolor. Abismo terrorí­fico para los más, fuente de conocimiento para los menos. Huimos del dolor como si fuera la peor de las maldiciones. Nuestro espíritu, acobardado y entumecido por las mil comodidades de una cultura que ensalza la triste huida frente a todo lo que altera su insaciable sed de placer y comodidad, no tolera su presencia. Nos recuerda de­masiado a la muerte, quizá. Al dolor, como al virus o al microbio, lo consideramos un agente inútil, creado por una Naturaleza ciega, idiota o mecánica, a la que hemos de corregir o eliminar cuando no cumple nuestras expectativas.

 

Sólo unos pocos pueden convertir la experiencia del dolor en algo valioso. Recibir el dolor no como un enemigo a destrozar, ni como un tormento a aguantar. Sólo unos pocos pueden aceptar el dolor, abrazarlo al igual que se abraza al más perfecto de los place­res. El dolor, como toda experiencia humana, encierra en su cora­zón un tesoro, algo de mucho valor que el que lo sufre podría incor­porar; un mensaje de la Eternidad que podría escuchar si tan solo estuviera lo suficientemente receptivo, sin resistencia, si tan sólo fuera lo suficientemente blando.

 

Cuando el dolor inunda las entrañas y se siente, intenso, vivo, la­cerante, es el momento de un derrumbe. El ángulo de visión, desde el que nuestra mirada se posa en el mundo, sufre una transforma­ción radical: gana en pureza. Todo se ve distinto. Surgen recuerdos e imágenes teñidas de una sustancia diferente. El dolor nos abre puertas de comprensión y humildad, diluye puntos ciegos, inflexibi­lidades y durezas que antes atenazaban nuestro corazón. El dolor del cuerpo le resucita, el dolor del alma ahonda el sentimiento, el dolor del espíritu le enternece y abre los cielos de nuestro interior. "La desgracia –dice Simone Weil (34)– obliga a reconocer como real lo que no se creía posible." Paradójicamente la impotencia y debili­dad de la enfermedad puede conseguir que broten nuevas y desco­nocidas fuerzas. De hecho, para muchos, sólo a través del dolor les es dado cono­cer su soledad. El dolor, en última instancia, hay que sufrirlo en so­ledad; a partir de esta posición solitaria puede darse un definitivo es­clarecimiento: el dolor de uno es el dolor del mundo, el dolor de uno es el vehículo que reintegra al yo con lo que le es radicalmente ajeno.

 

En cambio, el dolor de la enfermedad es, para casi todos, señal inequívoca de un desajuste pecaminoso. Sea que profesemos la doc­trina Kármica, psicoanalítica, cristiana, naturista o marxista, la en­fermedad delata la mala vida, las culpas a expiar, las retribuciones a pagar. Existe en muchos la equívoca idea, generalmente revestida de sutiles razones, teorías o creencias, de que lo correcto y lo justo es la salud. Estar sano equivale a estar en la Ley, no sólo humana, sino cósmica. Enfermar es confesar al mundo la propia maldad, ig­norancia, error o estupidez.

 

A gran parte de la medicina y la psicología le falta una dimensión esencial: una enfermedad no sólo es expresión de unas supuestas causas, sean físicas, psíquicas, energéticas o espirituales. Es, sobre todo, la irrupción de un misterio en la vida, único, irrepetible, inde­finible. Misterio que, más allá de nuestras teorías, valores y actitu­des, siempre cambiantes y parciales, constituye una puerta abierta a una redención posible, a una salvación necesitada. La enfermedad es una indicación en el sendero, una señal que correctamente inter­pretada puede dar una clave,  una pista que oriente en el enigma existencial que es nuestro destino.

 

El dolor es el punto de partida para el inicio de un viaje mítico. La experiencia de la enfermedad sitúa a la persona en la necesidad vital de hallar al curador. El curador es una imagen simbólica que permite integrar diversas actividades humanas y profesiones bajo un común denominador: el médico, el sacerdote, el psicoterapeuta, etc. La relación entre curador y enfermo es tan fundamental como la de hombre-mujer, padre-hijo, cte. Es arquetípica, en el sentido ex­puesto por Jung, es decir, expresa una forma innata y potencial de la conducta humana. Por tanto, en todos nosotros tanto habita el ar­quetipo del curador como el del enfermo. Cuando enfermamos es necesario un encuentro entre ambos. Sólo el auténtico médico lo po­sibilita, pues sabe que quien realmente cura es el poder de la Divini­dad actuando a través del arquetipo. El médico y su técnica lo encar­nan pero nunca poseen el control de la fuerza curativa. Los griegos lo sabían muy bien. Quirón es quien enseña la medicina a Asclepios (Esculapio). La causa de las curaciones y hasta de las resurreciones que opera procede de una sola fuente: la sangre de la Gorgona que le ha dado Atenea. Al fin, Zeus acaba fulminando a Asclepios y lo transforma en constelación, el serpentario (caduceo).

 

El símbolo del médico fulminado nos recuerda no sólo el carác­ter sagrado de la vida, que pertenece exclusivamente a Dios, sino también la hybris, la osadía suicida del que se atribuye la fuerza divi­na. Es la caricatura ridícula del médico todopoderoso que se olvida que su paciente es una parte de él mismo, que como lo trata a él también trata a su propia vida.

 

De ahí que el papel directivo asumido por algunos médicos y téc­nicas terapéuticas, resulte en sí peligroso, como afirma Von Franz(32): "implica una tentación a la soberbia del chamán acerca de la cual refieren mucho y malo los mitos y arrebatan a los pacien­tes aquello que más precisan: su responsabilidad".

 

El curador es la imagen que simboliza la fuerza curativa que anida en todo ser humano. El enfermo debe encontrarse con el sím­bolo fuera de sí mismo proyectado en el médico, pero también en su interior. Todo buen médico consciente o intuitivamente lo sabe: Por ello, uno de los más geniales médicos que han existido, Paracelso, ya afirmaba: "El médico es el medio por el cual la naturaleza es puesta en obra. La medicina crece sin ser rogada, brota desde la tie­rra aunque nosotros nada pidamos... este ejercicio del arte yace en el corazón; si tu corazón es falso, el médico que hay en ti también lo es." Según el mismo autor, las enfermedades se originan en el plano de lo natural, pero su curación procede del ámbito de lo sobrenatu­ral.

La recuperación de la salud está ligada a la comprensión del sentido de la enfermedad y, a la vez, acceder a dicha comprensión con­duce necesariamente a una transformación. En palabras de Von Franz (32): "El dios de los médicos, Esculapio, va acompañado en las antiguas obras de arte, por el cabirio fálico Telesforos –el que transforma hacia la meta– ya que no existe quizá curación de enfer­medad sin que vaya acompañada por una profunda transformación." Así puedo intentar curar un dolor de muelas con antibióticos u con dietas, pero si no relaciono la afección conmigo y no la integro en mi vida, si, en definitiva, me niego a plantearme qué sentido tiene el que aquí y ahora, en tal y tal circunstancias de mi vida, apa­rezca la enfermedad, podré eliminar los síntomas e incluso la apa­rente enfermedad, pero no se produce el efecto de comprensión y de cambio necesario. En cambio, si se establece un diálogo entre la en­fermedad y yo, un simple dolor de muelas puede ser una especie de catapulta que me lance a-parajes por descubrir de mí y de la vida. En este sentido, deja de tener importancia alguna la etiología de mi en­fermedad (física, psíquica, kármica, etc.) ni su gravedad. Deviene en una fuerza cargada de destino que exige de la vida del que la pa­dece unas tareas a realizar y una transformación. Y esto lo que de antemano requiere es que uno sea capaz de asumir la responsabili­dad de ella.

 

Los planetas en está casa aluden a los dioses de nuestro esfuerzo y de nuestra debilidad. Bajo su álgida hemos de descubrir los miste­rios de la enfermedad y el sentido del esfuerzo humano. Las expe­riencias típicas de esta casa serán la vía de acceso por la que lo divi­no (simbolizado por los planetas y su regente) encarne en nuestro obrar cotidiano. A través de ellos podemos contactar con nuestra capacidad-de ser aprendices, esto es, con la capacidad de reconocer nuestra pequeñez, vulnerabilidad y por tanto de conocer el poder de la humildad. Las experiencias mediatizadas por tales planetas per­miten o posibilitan que afloren nuestras debilidades que, tanto sean corporales como espirituales, siempre nos sitúan frente a una crisis transformadora. A través de ellas se integran en la propia vida y en el actuar cotidiano las virtudes de la humildad, la autocrítica y el sentido del esfuerzo superados.

 

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