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Conciencia Azul
Astrología

Casa 8

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

Casa 8

 

..Quien desea pero no actúa, engendra peste." "Sin el animal en nosotros somos ángeles castrados.

William Blake

 

 

Al igual que un individuo, una relación interpersonal tiene un alma de la que sus integrantes participan y a la que da sustancia su propia alma individual. Dicha alma tiene caracteres divinos y demo­níacos, se relaciona tanto con las experiencias místicas de unión se­xual como con las pasiones más destructivas. Es el alma del grupo que anima los sentimientos (de unión y distancia, atracción y recha­zo, amor y odio) que fluyen entre los individuos y es responsable de su destino emocional. Gran parte de la inexorabilidad y de la fatali­dad de nuestras vidas se halla en los encuentros con la oscuridad de sus poderes. Poderes que destruyen y regeneran, que duelen y rom­pen. Entre las líneas de cualquier biografía no es difícil reconocer sus huellas: neurosis, suicidio, la ansiedad, las obsesiones sexuales, crueldades de todo tipo, delirios secretos, soledades no queridas, etc.

 

Toda relación, al igual que cada participante, presenta una doble faz: un aspecto consciente y un aspecto inconsciente. Si la casa VII representa al primero, la VIII es heraldo del otro. A veces el aspec­to oscuro de la relación se manifiesta desde un principio, son las re­laciones que nacen ya problemáticas. Pero en la mayoría de veces eso ocurre tras un tiempo de aparente concordia. Aparece el conflicto y el atasco; los dragones y los monstruos poco a poco van desper­tando. Sus manifestaciones al principio pueden ser muy sutiles: el deseo sexual desaparece, la intensidad y pasión se esfuman, el inte­rés hacia el otro decae, uno ya le conoce, lo cotidiano y repetitivo se vuelve prominente. A ello le sucede una cierta inquietud que se puede disfrazar de muchas maneras y se puede negar de muchas otras. Posterior e inevitablemente se produce lo temido: la irrupción de lo diabólico, de lo negado, de lo temido.

 

En realidad, todo conflicto con el otro es un pretexto para escon­derse de uno mayor. Uno se esconde de sus propios diablos, como muy bien explica el siguiente cuento: "Un monje tibetano, entrega­do a un largo y solitario, meditativo retiro, comenzó a tener alucina­ciones de una araña. Cada día la araña aparecía más grande, hasta que por último su tamaño fue como el del hombre y su apariencia amenazadora. En este punto el monje pidió consejo a su gurú y reci­bió esta respuesta: «La próxima vez que se aparezca la araña, dibuja una cruz en su vientre y luego, tras reflexionar, coge un cuchillo y clávalo en medio de esa cruz.» Al día siguiente, el monje vio la araña, dibujó la cruz y luego meditó. En el preciso instante en que se disponía a clavar el cuchillo, miró hacia abajo y, con asombro, vio la marca dibujada con tiza sobre su propio ombligo."

 

Las situaciones y experiencias de la casa VIII siempre revisten el aspecto amenazador que desprende este cuento. Aquí la confronta­ción es con lo abismal de la naturaleza humana. Esa oscuridad que escondida tras las civilizadas relaciones interpersonales, amenaza a la menor oportunidad con irrumpir y con ella lo que de ordinario uno no quiere enfrentar: todo lo irresuelto de la propia vida senti­mental y emocional, todo aquello que nos pertenece, no tanto como seres culturales sino como partícipes de una naturaleza que lo es todo menos civilizada. Es una oscuridad donde perviven caóticame­ne desde arcaicos impulsos instintivos hasta la auténtica fuente del poder vital: la energía serpentina de Kundalini. En términos místi­cos en esa casa se producen las experiencias que suponen un "des­censo a los infiernos". En realidad, nunca se sale intacto de tal des­censo. Lo primero que se abandona es la ingenuidad e idealismo que normalmente rodea a la concepción de la relación humana como una promesa de seguridad y de felicidad.

 

La casa VIII nos revela que cada relación con los otros guarda en su seno una prueba, un tipo de experiencias que tanto pueden des­truir a sus miembros como ofrecerles la oportunidad de desarrollar su poder emocional e instintivo. Desde tal perspectiva cada relación es un "campo de batalla", en feliz frase de Liz Greene, es decir, cuando se vive una relación auténticamente comprometida en la casa VII, tarde o temprano surge el conflicto, y con él lo que de imaginario tiene el otro. Nuestros problemas de relación, vengan por la vía del sexo, la soledad, el bloqueo afectivo, la inseguridad, la necesidad compulsiva de control y de manipulación del otro, etc., constituyen aquí la materia prima, la "masa confusa", el ingrediente necesario para que en su momento estalle la tormenta. Cuando lo hace aparece entonces el enfrentamiento con el otro, la crisis que, acompañada con la aparición de síntomas neuróticos, depresivos, etc., inaugura el momento para iniciar un proceso. Un descenso a las propias profundidades, sin el cual lo que se vive en esta casa es un perpetuo infierno, o una permanente huida de las relaciones con­flictivas con la consiguiente condena a su repetición. Generalmente éste es el mecanismo utilizado: huir de la real implicación; uno no se expone al mordisco de la vida, una escapada del conflicto que asume tanto la forma de negación al revestir la relación con una inmensa capa de mentira, hipocresía y ficciones, o un convertir al otro en el demonio, el causante de todas las desgracias y sinsabores de la rela­ción. Uno es el que tiene la razón y el otro es el que se equivoca o tergiversa las cosas. Nos convertimos en lobos con piel de cordero.

 

En los conflictos de relación son las fuerzas del inconsciente las que se desatan. Aparece nuestra naturaleza instintiva, lo queramos o no, con toda su terrible y ambigua carga de lo oscuro en nosotros. Oscuridad portadora de lo más equívoco de nuestros problemas irresueltos y también de lo más poderoso en nosotros: el deseo ins­tintivo. El deseo aquí se revela como la fuerza del destino por anto­nomasia. Es el poder que nos obliga, con o sin nuestra voluntad, a acercarnos a aquellos que luego se revelan como los que van a com­pletar la propia individualidad. El miedo al deseo es harto compren­sible. Dos mil años de una cultura y una religión divorciadas de esta dimensión de la vida hacen que, o bien le huyamos, o bien le convir­tamos en un pasatiempo más, en otra de las trivialidades en la que queremos emborrachar nuestra memoria. El deseo, en cambio, e! una fuerza sobrehumana, mágica, que habita en nosotros y de la que no nos podemos desprender ni responsabilizar como si fuéramos nosotros los que lo creáramos. Algo desea en nosotros y cabe la sospecha, como afirma Eskenazi, que el deseo no sea esa fuerza ciega mecánica y compulsiva sino que tenga un fin, un propósito, .que aun que desconocido por nosotros siempre apunte a la posible integración de lo radicalmente ajeno a mí, pero que también soy yo: el otro oscuro, el ánima y el ánimus junguiano.

 

El destino siempre entraña peligros insospechados y si la gente rehuye la auténtica dimensión del deseo (que es siempre transgresora) es para evitar el peligro del vivir. Resulta paradójico, pues e deseo quiere la vida y para ello conduce a la muerte. Renunciar a deseo es condenarse a morir. Vivir en el aquí y ahora del deseo es vivir cara a la muerte. Sólo ante la muerte nuestra vida es realmente vida. El ahora del deseo nos reconcilia con nuestra realidad: somos mortales. Seguir el deseo es problemático, porque casi siempre im­plica la muerte de los propios montajes. El yo se inquieta y se siente amenazado por el poder del deseo que es el poder de la muerte. Muerte de un yo imaginario, muerte de una situación vital que ya no sirve, muerte de una relación que ya cumplió su propósito. Muerte en definitiva de lo que estorba para proseguir el caminó. Pero como a todos nos aterra morir, nadie deja de buena gana el montaje cons­truido, se necesita una crisis. Crisis que es muerte y renacimiento; pero que se quiere evitar renunciando al deseo. Claro que la renun­cia no sirve, como tampoco las justificaciones. Quien renuncia' al deseo, renuncia a la vida, o sea, comete una especie de suicidio. Por eso son tan comunes los sueños y fantasías de suicidio que acompa­ñan a la renuncia del deseo. La condena es evidente, vivir una vida en que la intensidad deja paso a una monotonía en la que nada ocu­rre, y luego, más tarde o más temprano, a la irrupción de ese mismo deseo pero disfrazado. Disfrazado de síntoma neurótico o psicótico, de una moralidad rígida y compulsiva, o de una necesidad de poder, dominio, y control de los demás y de uno mismo. La huida del deseo es la condena a una permanente paranoia, esa desconfianza a los demás o a la vida que esconde una única desconfianza: a uno mismo o al propio deseo que ve proyectado en los demás. Entonces son los demás los que me persiguen, o me desean, o me rechazan. Los otro; se convierten en portadores de la oscuridad que niego en mí, por eso les temo y por eso he de controlar. A mayor control, mayor rigidez a mayor rigidez, mayor alejamiento de la vida, que siempre es blanda. Por ello, en todo mecanismo defensivo anida la muerte. Una muerte a la que nos condenamos, nos convertimos en muertos vivientes y otra muerte a la que invocamos: la que habrá de suceder­nos para así renacer a la vida.

 

La turbulencia del deseo es la turbulencia de lo caótico de la vid¿ que atenta a todo orden y que quiere ser vivido. Todo deseo es caó­tico porque siempre aparece en una extraña mezcla de atracción rechazo, de amor y odio, de-ansia de placer y de necesidad de des­trucción. Y eso es lo que menos soporta una conciencia esclavizada por un sentido de orden que excluye la ambigüedad terrible de la na­turaleza. Una conciencia a la  cual le resulta casi imposible admitir que odia al que ama y que ama al que odia, que desea lo que rechaza (eso que uno dice –"jamás haría tal cosa"), y que rechaza aquello que precisamente desea. La casa VIII nos vincula con el deseo en su manifiestación más natural y por ello siempre linda con el sistema de tabúes, esas zonas de lo prohibido por una moral y una cultura dada y que, precisamente por ello, se convierten en la tentación. Tenta­ción que secretamente fascina o que aterroriza tanto que uno renie­ga. Se dice que el filósofo Kierkegaard contaba a su secretario "su gran deseo de cometer un robo y vivir luego con la conciencia culpa­ble, temiendo ser descubierto". Este gusto imaginario del fruto prohibido, ese deseo de sentirse portador de un pecado secreto, ¿no es acaso una de las formas que puede tomar el deseo de morir?

 

El número ocho es un número de resurrección y de transfigura­ción. Es un número bautismal, de ingreso en los misterios, afirma Eskenazi, por tanto, se relaciona con un proceso de ingreso en una nueva realidad que implica un renacimiento. Pero entonces es nece­sario morir. La casa VIII es un símbolo de los procesos de iniciación en la vida, de aquellas experiencias que conducen a la muerte, al sarcófago y a la tumba. La muerte como un estado intermedio, al que ha de seguir una nueva vida. Son experiencias que representan todo el proceso: la putrefacción o descomposición de una estructura anteriormente vivida. Significa un proceso vivencial en el que se ha de confrontar lo más radicalmente extraño a uno mismo. Su apari­ción provoca una desorientación tal que para muchos lleva a la de­sintegración irrecuperable de su ser. Para otros es aquella inmersión en las tinieblas del Hades que configura un preludio: la muerte del hombre natural y el nacimiento del "niño divino" o -expresado en el lenguaje de los místicos- del "hombre interior"

 

"Los instintos del hombre –dice Jung (17,a)– no están armónica­mente acordados, sino que luchan violentamente entre sí... Esta lucha no tiene carácter caótico, sino que tiende a establecer un orden superior." Las neurosis, los conflictos emocionales, las pasio­nes amorosas que acaban destrozando a sus víctimas, las luchas de poder y todas las tretas de manipulación en las relaciones, son las manifestaciones del poder de unas fuerzas que nos poseen. Como relata un cuento judío muy conocido: Era la historia de un joven enamorado de una hermosa princesa que vivía en una ciudad próxi­ma. Él quería casarse con ella, pero la princesa le puso una condi­ción, que le arrancara el corazón a su madre y se lo llevara a ella. El joven volvió a su casa y arrancó el corazón de su madre mientras ésta dormía. Alegremente (aunque, en el fondo, sólo contento) atravesó los campos en busca de la princesa, pero como iba corrien­do, tropezó y cayó. El corazón saltó de su bolsillo, y mientras estaba caído en el suelo, le preguntó: "¿Te has hecho daño, hijo querido?" Por ser demasiado obediente a la madre interna, proyectada en la figura de la princesa, quedó totalmente esclavizado por aquélla, de CUYO omnipresente amor inmortal no podría escapar nunca.

 

Los enfrentamientos con los otros reflejan simbólicamente en­frentamientos de los seres que nos habitan. Unos los llaman comple­jos, otros arquetipos, algunos dicen que son dioses, otros instintos. Quizás el único acuerdo es que su sustancia trasciende lo meramente humano. Son seres colectivos, impersonales, habitantes del alma del grupo, cuyos dramas se expresan fatalmente en la vida de las perso­nas. Aquellos que viven la vida trivialmente no se dan cuenta de su existencia, a lo sumo experimentan dificultades en las relaciones que siempre atribuyen a errores o maldades ajenas, mas aquellos otros que no pueden permitirse tales escapatorias les toca, quieran o no, enfrentar su existencia. Y nadie quiere hacerlo, a nadie le gusta tener que reconocer que no es el dueño de su casa, que encierra en síy existen en su vida unas fuerzas que le trascienden y que le empujan hacia direcciones nunca imaginadas ni, por supuesto, queridas. Los conflictos personales son conflictos de la humanidad, o de la divini­dad quizás. "Tú no eres débil, naciste con fantasmas en tus ojos os y tuviste el valor de escudriñar tus propias tinieblas... y te asustaste." Eugenio O'Neill.

 

Para casi todos, el matrimonio es la muerte. La cotidianeidad mata una relación basada en el control mutuo y la hipocresía. Una hipocresía que viene de querer controlar el deseo, pretender que funcione una institución que se apoya en la represión del instinto. Por ello la mayoría de las parejas asisten con temor, resignación o inconsciencia a la pérdida del deseo. La pasión, al poco tiempo de la institucionalización desaparece. Se instaura entonces el aburrimien­to o la falsedad. Nacen entonces las angustias y los reproches. La pa­reja acaba indefectiblemente en el extrañamiento mutuo en forma de separación, muerte en vida, fingimiento (la doble vida de las rela­ciones clandestinas), o permanente conflicto.

 

 La casa VIII tiene que ver con el renacimiento. Como si cada uno de nosotros pudiéramos generar un nuevo ser, dar a luz a una criatura que, sin embargo, somos nosotros mismos. Es la criatura que renace de las cenizas de la antigua. Cada uno tiene la capacidad de matar y/o de morir, y eso no es controlable por la razón y la vo­luntad. Es más bien resultado de un proceso emocional. Un proceso que autónomamente tiene lugar en nosotros cada vez que algo nuevo ha de nacer en nosotros y en nuestra vida. El proceso que se desencadena puede vivirse de varios modos. En términos místicos es la muerte y el descenso al infierno. Para los psicólogos es un proceso terapéutico, un psicoanálisis. El renacer equivale a una regenera­ción. Sólo el morir garantiza seguir vivo. Sólo el contacto con lo te­nebroso garantiza la posibilidad de darse cuenta del infierno incons­ciente en el que muchos viven.

 

Las experiencias de esta casa conforman el primer acto de una obra que se desarrolla y culmina en las casas XI y XII. Son las casas cuyos regentes naturales son los planetas transpersonales. Ello indi­ca que a partir de la VIII se abre un abismo. Un abismo que pocos se atreven a traspasar. Por un lado, los que se sitúan más acá de ese abismo son los que ni sospechan su existencia. Viven las experiencias de estas tres casas en la completa ignorancia de su posible signi­ficado y repercusiones en la propia vida. Para ellos, que son los nor­males, la casa VIII es la de los marginados sociales: delincuentes, te­rroristas, pervertidos, etc. La casa XI es la de los rebeldes, excéntri­cos y los exiliados que por su visión utópica no encajan en su país. Y en la casa XII están los desterrados. Aquellos que la vida ha dejado no ya fuera de un país o de un orden social, sino que su destierro es de la realidad entera. Habitan otro mundo. Un mundo reducido a lo ínfimo de un sistema carcelario o un mundo expandido o integrado en lo infinito por su vastedad. Los dos extremos son posibles. En cada extremo sobra algo en común: el yo.

 

En realidad, tanto el deseo como la muerte son dos aspectos de una misma derrota del yo. Por eso es en el fondo tan temido el deseo. Siempre se presenta como lo que amenaza la existencia de un orden establecido. Si es individual este orden es el reflejado por las relaciones ya instituidas,  si es social se trata del orden que impera a través de una moral y de unas instituciones que la concretan. La casa VIII refleja las experiencias que llevan al individuo a cuestionar y contestar a dicho orden. Dichas experiencias son atraídas por el deseo, aunque el sujeto sea inconsciente de él. Por eso es necesario, como afirma Eskenazi, seguir al propio deseo, aunque con ello tiem­blen nuestros montajes. Sólo así se podrá revelar una esfera de la existencia, negada pero vitalmente necesaria, pues es aquella que permitirá cuestionar aquello que nos sustenta e inutilizarlo tanto como apoyó. Allí en lo más profundo y en lo más hondo yace lo-po­drido, lo olvidado, lo que debe expulsarle pues está contaminando toda la vida, aunque no se sepa. Allí nos esperan las tinieblas más opacas que rodean todo lo negado a la luz del día, pero también allí se hallan los tesoros ocultos. Sólo aquél que no reniega de su deseo puede hallar la redención, la transformación de los fantasmas que nos habitan y que, desde el olvido y las profundidades, nos llaman. Cuando tal llamada no se responde los mismos fantasmas se yerguen y en su venganza roban a la vida toda plenitud, y al ser la posibilidad de un renacer. Es necesario que cada uno viva sus momentos trans­gresores sin los cuales no es posible el auténtico cambio que siempre pide una muerte que acabe con el miedo paralizador. Miedo que condena a un eterno huir. Miedo que alimenta al yo usurpador, que al no morir le condena a un vivir fragmentado, a unas relaciones en las que nunca se asumen compromisos reales. Son vidas mentirosas y furtivas en las que la institucionalización de las relaciones sólo oculta la hipocresía y la muerte que secretamente las subyace. Hemos separado el vivir del morir, con lo que vivir es una tortura diaria, dolor, confusión y desvarío permanente. No sabemos morir y, por tanto, no sabemos vivir. Quien no tiene miedo a la muerte no tiene miedo a la vida, y entonces, la vida y la muerte son iguales. La muerte resulta un proceso de regeneración, aunque doloroso, pero rejuvenecedor. De la muerte nace el deseo libre de ataduras y temo­res. Sólo entonces puede el deseo conducir a una unión sexual plena.

 

El sexo no sólo tiene una función procreativa ni, como algunos piensan hoy, de mero placer, Existe una dimensión esotérica en la que el sexo descubre su función alquímica: la unión de los contra­rios. ¿Por qué resulta tan problemática la relación sexual? Creemos que se trata de una cuestión de aprendizaje, de autocontrol, de ta­maños y medidas, de técnicas amatorias, de multiplicidad de expe­riencias estimulantes y nuevas, y es un inmenso error. El encuentro sexual es la experiencia que nos presenta la máxima exigencia de en­trega y la total ausencia de control. Lo único que importa es la capa­cidad de no hacer, de dejarse hacer, de abandonarse, y ello está en manos de lo que en nosotros es más vulnerable y menos controlable: los sentimientos que habitan el alma. Claro, pocas veces sale bien, y muchos nunca lo consiguen, pero cuando ocurre,  los que en ello participan viven una alteración radical del ser y de la conciencia. Es mucho más que un orgasmo físico, es la muerte del yo cotidiano y la aparición .de un ser nuevo, extraño, que permite experimentar el poder místico de lo emocional: dos personas se viven como una en instantes que rozan la eternidad, dos personas descubren la sabidu­ría de sus cuerpos y de la vida y los misterios de la unión. Sólo a tra­vés de estas experiencias se puede llegar a comprender la importan­cia de la relación humana. En qué medida es el otro el que puede proporcionar el gozo y el placer de la existencia, en qué medida una persona que no se entrega no puede ni podrá nunca experimentar la satisfacción y el júbilo de sentirse vivo. Y ello no se consigue con muchas relaciones ni con experiencias insólitas y rebuscadas: está en uno mismo, se ha de descender a los propios abismos para encontrar­lo. Abismos siempre presentes en toda relación, por eso allí donde hay o se espera una unión feliz aparece la infelicidad, allí donde bri­lla la luminosidad de los ideales, aparece esa región de la oscuridad.

 

Los planetas en la casa VIII son los dioses que la habitan. Presi­den desde ella las sucesivas muertes y renacimientos que uno ha de experimentar en su vida. Actúan como factores que los psicólogos de hoy fácilmente llamarían complejos o síntomas neuróticos, pues siempre aparecen en condiciones críticas. Representan aquellas fuerzas tan poderosas e influyentes en la vida emocional, y en los avatares del deseo que fácilmente se cae en la trampa de la negación y/o la proyección en los demás. Si están disociadas de la conciencia actúan como fuerzas antagónicas y compulsivas que socavan las rela­ciones e impiden cualquier abandono emocional. Es el caso de la persona siempre tensa, para el que la relación siempre es un mundo de control y manipulación. Para aquellos que han muerto o están en trance de morir, dichos planetas representan las voces que les guia­rán en el submundo, el patrimonio o las cualidades divinas que em­piezan a relucir después del descenso a las propias tinieblas. El naci­miento del "hombre interior" que aspira a un contacto con lo divino depende, en primer lugar, del contacto  del hombre con el reino subterráneo, con la mansión de los muertos y, en segundo lugar, de haber salido de allí con la memoria intacta, es decir, sin la fragmen­tación del ser propiciada por la ingenuidad. Este descenso siempre implica la muerte de las perspectivas ingenuas sobre uno mismo, la vida y los demás. En la casa VIII se ha de descubrir e integrar un mundo de motivaciones, deseos y actitudes que usualmente están ocultos a la mirada superficial. Los planetas tanto pueden constituir los poderes de ocultación, es decir, las fuerzas y mecanismos que utilizamos para el control, el engaño y la represión, como erigirse en las voces críticas que desenmascaran la oscuridad abismal, y muchas veces animal, que surgen con la relación humana y que pide ser re­conocida, aceptada y asimilada. En esta casa VIII se puede apren­der algo esencial: la verdadera vida sobreviene cuando se ha muerto a las apariencias externas de la vida, surge entonces la auténtica di­mensión de la relación humana: mi alma y la tuya son una sola alma, estamos íntima e indisolublemente unidos a un alma colectiva que nos da la vida y nos conduce a la muerte. Los planetas en esta casa son los vehículos que colaboran en la tarea de darnos cuenta de su existencia, de establecer una relación crítica y consciente con ella. Dicha relación determinará no sólo la calidad de nuestra vida sino también la de la propia muerte, pues como ya descubrió Freud al final de su existencia: todos morimos asesinados. Uno muere de su propia muerte que no es tanto, como ilusamente pensamos, un suce­so ajeno a nosotros que nos acontece azarosamente, sino que la muerte es la culminación de la propia vida. Los poetas ya lo sabían y Yeats lo cantó hermosamente: "Asentado en su orgullo, el hombre grande frente a los asesinos escarnece las amenazas de cortar su vida; él conoce la muerte, la conoce hasta el tuétano. Es el hombre mismo quien la ha creado y la mantiene".

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