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Conciencia Azul
Astrología

Casa 9

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

Casa 9

 

"Puesto que no debemos separarnos del camino de.
la verdad ni siquiera por el espesor de un cabello."
Zohar, 11, 98b.

 

"Sólo conozco la verdad, cuando en mí se convierte en vida."

S. Kierkegaard

 

"Una filosofía no es más que la transmutación de un temperamento en interpretación del universo, la historia intelectual de una predisposición."

Fernando Pessoa

 

 

 

Esta afirmación de Pessoa resulta abrumadora. Si recordamos el viejo mandato: conócete a ti mismo... y conocerás el universo, ca­bría sospechar que detrás de la búsqueda de la Verdad que tanto han perseguido los filósofos, metafísicos y científicos, siempre se halla una búsqueda de sí mismo. El religioso, el filósofo y el científi­co intentan dar cuenta del mundo que vivimos, a través de crear una forma que sea reflejo de la Verdad y la Unidad del Universo.

 

En la casa IX se descubre que existir es ser verdadero. La vida se revela como la permanente búsqueda de una Verdad que legitime y dé sentido y sustancia al existir de un destino. El número nueve es, según Pierre Grison, símbolo de la búsqueda fructuosa y alude al co­ronamiento de los esfuerzos. Es el símbolo de la multiplicidad que retorna a la unidad y por tanto un número de redención. "Todo nú­mero, sea cual fuera –dice Avicena (9)– no es sino el número nueve casa ofrecieran la oportunidad de hallar algo que supone una libera­ción de las tinieblas que se han experimentado. Esta liberación aquí es alcanzada por la comprensión. Una comprensión que advierte que tras el caos puede surgir un orden. Orden que dé coherencia y significado al Universo que habitamos.

 

Sólo los resucitados, los nacidos dos veces (casa VIII) empiezan a preguntarse realmente por el sentido de la existencia. Y digo real­mente porque comprenden que dar respuesta a esta pregunta no pasa por abrazar una religión, una filosofía o una ciencia que ofrezca cobijo seguro a las incertidumbres del vivir. Sólo ellos pueden acce­der a tal coronamiento, a que les sea concedida la gracia de una vi­sión redentora. El significado de la vida es el tema eterno de la me­ditación humana. Todos los sistemas filosóficos, las doctrinas reli­giosas y las ciencias tratan de encontrar y dar respuesta a ese proble­ma. Muchos han sido y son los intentos y muchos los fracasos. Cuan­do se pretende hallar una respuesta válida para todos es preciso re­currir a respuestas formales, vacías de contenido: para unos, el sen­tido de la vida está en el servicio, en la renuncia a uno mismo o al mundo, en la redención, en el sacrificio de sí, etc.; para otros, hay que buscarlo en el deleite de la vida, en la perfección de la cultura, en la creación de un futuro mejor (más allá de ahora, o de la tumba), etc., y, por último, hay quienes niegan la posibilidad siquie­ra de tratar de saber el significado, pues o no existe o está fuera del alcance humano.

 

Quizá si en lugar de tanto especular miráramos más de cerca nuestra propia experiencia, veríamos que el significado de la vida no es tan oscuro como parece, está en el conocimiento. Pero no es el conocimiento intelectual. No se trata del conocimiento que implica. el acceso a una información. No se adquiere sino, que se descubre o se "recuerda" como afirmaba Platón. En la casa IX se viven unas ex­periencias que apuntan a la consciencia de que la vida entera, en todos sus hechos, sucesos y circunstancias, felices o no, nos conduce al conocimiento de algo. Toda la experiencia de la vida es conoci­miento, por eso Fechner podía a decir que "cuando un hombre muere, se cierra uno de los ojos del universo". Darse cuenta de ello equivale a una importante expansión y profundización de la relación del hombre consigo mismo y con el mundo.

 

En esta casa se da un proceso opuesto al de la casa 3. Si en ésta la Unidad se multiplicaba en infinidad de lenguajes, aquí la multipli­cidad revela su Unidad. Y la Unidad tiene un valor redentor, da sen­tido dirección a una vida. Aparece como una verdad, mi verdad fruto de una peculiar visión. Mi mirada se transforma en visión de una Verdad que hago mía y que defiendo y patentizo en mi modo de vivir.

 

A despecho de Freud que veía en lo religioso una expresión del instinto reprimido, desviado o sublimado, la necesidad de la verdad constituye el móvil esencial. Junto a ella está el anhelo místico: ex­perimentar la unidad. Toda visión de la realidad, sea filosófica, me­tafísica, religiosa o científica reproduce la misma necesidad: crear un vehículo que refleje la unidad esencial. Intento condenado desde un inicio a un relativo fracaso, pero seguir su ley asegura algo muy esencial en cada uno: el cumplimiento del propio destino.

 

La necesidad de Verdad, la búsqueda de la Palabra que, a modo de semilla celeste, fecunde nuestra estancia en la tierra. Es la pala­bra interior, que según María Zambrano (37,a) "rara vez es pronun­ciada, la Palabra que un ser humano guarda como de su misma sus­tancia:.. que no puede convertirse en pasado y para la que no cuenta el futuro, la que se ha unido con el ser... la Palabra que no se petrifi­ca en el espanto, y a partir de la cual el hablar se deshiela". Es la Palabra a la que todos los discursos aluden pero ninguno contiene en sí. Esta Palabra no está contenida en ningún lenguaje porque tiene que ver con la dimensión del sentido. Con ella tocamos una cuestión de gran trascendencia: cualquier discurso si es un "discurso vivo" es portador de un sentido. Un sentido que pretende aludir a la verdad, por tanto sí la verdad es única, el sentido ha de vincularse a la Uni­dad de la que nace. En la casa 3 asistíamos a la proliferación de lenguajes a los que les movía una idéntica pretensión: ser instrumen­tos o vehículos para la comunicación de lo real. Aquí vemos que lo que importa es el significado, y éste no está contenido en el lengua­je, como lo demuestra que frente a un mismo discurso gente distinta encuentre significados distintos. Entonces surge la pregunta: ¿dónde podemos hallar el significado si no está asegurado en el len­guaje? Muchas son las respuestas que se han aventurado, no voy pues a ofrecer una nueva, voy más bien a situar la cuestión en una dimensión que saliendo de la erudición filosófica, teológica y cientí­fica ofrezca algunos vislumbres de claridad. En la casa III nos preo­cupa captar el mundo, describirlo y ofrecer explicaciones de lo que percibimos. Aquí el cometido es comprender lo que vemos. Com­prensión versus explicación, o sabiduría versus conocimiento adqui­rido, o información versus significado. Si para comprender necesita­mos acceder al significado de la cuestión y éste no se halla en la cues­tión en sí ni en el discurso que la explica, ¿cuál es la tarea?, ¿cómo acceder al sentido? Para S. Agustín, toda la filosofía comienza por una intuición del mundo, esto es, de la verdad, que se revela directa­mente al espíritu, independientemente de los sentidos. Es como si la verdad no se hubiera hallado nunca en el exterior sino en la propia intimidad y a través de una intuición.

 

La civilización occidental no admite ningún saber más que el que reposa en la reflexión y la especulación, pero por grande que sea la altura que este saber alcance, nunca llega al conocimiento del ser. La tradición mística y esotérica presenta la Imaginación como el principio de la fuente del Ser. Hay un Logos que no es ya el "decir", no viene del lugar de las "ideas" surge de la propia experiencia como una visión. Es esencialmente una revelación. Lo divino se revela a la persona a través de un proceso totalmente imprevisible, más allá de la captación intelectual. A veces se reciben señales, avisos frente a los que no queda más que presentir una presencia todopoderosa. A cada individuo estas señales le salen al paso de un modo diferente, pero todas tienen el mismo efecto: amplían la captación del Univer­so y con ello su propio ser sufre una transformación. Se establece un contacto con lo sobrehumano que preludia una futura comprensión, pero que de momento no es más que el agente de un estremecimien­to.

 

Para unos las señales vienen a través de experiencias directamen­te vividas, para otros las mismas señales vienen mediadas por otros seres. Son individuos que cumplen el papel de "consejeros espiritua­les". Todos en nuestra vida entramos en contacto con ellos. La cosa no está en encontrarnos con ellos, sino en reconocerlos. Hay quien cree que sólo aquellos que lo han tomado por profesión (gurús, maestros, profesores, psicoanalistas, astrólogos, etc.), pueden serlo, pero ello constituye una ilusión. Al respecto, reza un cuento orien­tal:

 

"Nahab Mohamed Khan estaba caminando un día por Delhi, cuando llegó a donde cierto número de personas estaban empeñadas en lo que parecía ser un altercado. Se aproximó y preguntó a uno de los presentes:

"—¿Qué es lo que pasa aquí?

"El hombre dijo:

"Alteza sublime, uno de sus discípulos está objetando el com­portamiento de la gente de esta localidad.

"El discípulo añadió:

"—Estas personas han sido hostiles conmigo.

"Al oir esto la gente se opuso:

"—No es verdad; nosotros, por el contrario, estábamos honrán­dolo por su causa.

"—¿Qué es lo que dijeron? —preguntó el Nahab.

"Dijeron:

"—Alabado seas, gran erudito.

"Y yo les estaba explicando que la ignorancia de los eruditos es responsable de la confusión y desesperación del hombre.

"Mohamed Khan dijo:

"—Es su presunción la que es responsable, a menudo, de la mise­ria humana. Y es tu presunción, al decir que no eres un erudito, la causa de este tumulto. El no serlo supone el desarraigo de las peque­ñeces, y eso es un logro. Pocos eruditos tienen sabiduría, siendo so­lamente hombres inalterables, repletos de pensamientos y de libros. Lo que no ves es que esta gente está tratando de halagarte. Si algu­nas personas creen que el lodo es oro, si es su lodo, respétalo. Tú no eres su maestro, ¿No te das cuenta de que actuando de esa forma tan sensible y autosuficiente te comportas como un erudito y, por tanto, te haces merecedor del nombre, aunque sólo, sea como epíteto? Ponte en guardia, hijo mío. Demasiados resbalones en el camino del logro supremo pueden hacer que te conviertas en un erudito."

Muchos se creen que por poseer mucha información poseen la verdad y, por tanto, pueden ya enseñarla. No existen los maestros tal y como la mayoría creemos. Es cierto que las revelaciones pode­rosas se han dado en seres cuyo destino ha consistido en ser el punto de partida de grandes religiones o de períodos históricos y culturales diferentes. Pero en su fondo, dichas revelaciones, son iguales que la revelación muda que se opera en todo lugar y en todo tiempo. Por tanto, el maestro puede aparecer encarnado en quien uno menos es­pera y, sobre todo, el auténtico maestro, a sabiendas o intuitivamen­te, lo único que hace es remitir a la persona a su "maestro interior" en el decir de S. Agustín (*). Sólo éste es el que puede revelar el sentido, el que tiene en sí el poder de la comprensión. Por eso es ne­cesario estar al acecho, se puede manifestar en cualquier momento, y en cualquier lugar se puede establecer el contacto.

 

Estos contactos siempre tienen efectos esclarecedores, no en el sentido usual de esclarecimiento racional, sino más bien en ese ám­bito más difuminado, pero sumamente real, de la intuición. Las se­ñales siempre son signos que aluden a la Unidad y a la Universalidad de la experiencia humana. Detrás de todos los intentos científicos, filosóficos, éticos, estéticos y religiosos anida un mismo anhelo: dar cuenta de una visión unitaria que confiere sentido a todo lo manifes­tado. Dicha visión es una  imagen que surgiendo del ámbito de lo eterno, se funde con la sustancia del individuo y le revela que existe en el mundo un papel, un algo por lo que luchar, un anhelo que guíe al ser y que sea distinto a los móviles que esclavizan a la mayoría –el miedo, la codicia, la ambición, el poder, la vanidad, etc–. Es un sen­tido que no quiere ser interpretado sino actualizado en la propia vida. Se revela una imagen del mundo a la que nos une un acto de fe, pues no puede ser probada, pero sí que convence de un modo ab soluto a quien es poseído por ella. "Incluso la visión atea es un acto de fe", solía decir un gran poeta francés conocido por sus conviccio­nes antirreligiosas.

 

Detrás de estas intuiciones o revelaciones se da un proceso que a veces es sutil y paulatino, y otras es inmediato y manifiesto: la con­versión. La conversión no significa solamente adherirse a una nueva religión o filosofía. Es un fenómeno que trastoca a todo el ser y, en consecuencia, toda la vida y el destino de la persona. Uno se siente tocado por una verdad, uno es cogido por una visión de lo eterno que nunca deja indiferente. Esta visión produce un cambio radical en el pensamiento, los sentimientos, las palabras y las obras. Da a la vida una nueva orientación. La adhesión a esta verdad o visión de la vida es un hecho vital y ofrece un nuevo alimento a la existencia. La conversión reúne en sí la asombrosa paradoja de que no se puede probar a nadie la verdad que uno ve pero en cambio dicha verdad va rodeada para el que la contempla por un firme sistema de certidum­bres.

 

Al decir que no se puede probar puede hacer pensar que la con­versión es un fenómeno exclusivamente religioso y no es cierto. La sospecha es que, sea la conversión a una visión religiosa, filosófica, política, etc., el punto de partida y el de llegada siempre es el mismo. El religioso mediante la predicación, el filósofo mediante la razón, y el científico mediante la experimentación, pretenden de­mostrar, cada uno a su manera, la verdad de su visión. Quizá todos ellos tengan razón dentro de los límites de su propia visión o revela­ción. Son visiones de lo eterno lo que está detrás de sus sistemas, así, originariamente aparecen a través de una intuición válida. Qui­zás en lo que muchos se equivocan es en pretender que su visión es la válida para todos. Se quiere así acceder a una universalidad por una vía equivocada, pues cada visión reúne la siguiente paradoja: por un lado es universal, pero, por otro, sólo es válida para aquél que la ve. Lo universal necesita de lo particular para manifestarse, por tanto es el individuo el que da su sustancia a la visión. Y, con ello, se llega a una realidad espantosa para muchos, pero indudable­mente más consistente que la ingenua pretensión de creer que se puede percibir un universo, objetivamente real, fijo y único para todos. Toda visión lleva en sí necesariamente un coeficiente de sub­jetividad que permite decir que nunca habrá un saber único porque nunca habrá un individuo único, una mirada literalmente idéntica a otra. La realidad es y seguirá siendo algo inquietante y problemáti­co, fiel reflejo de la esquiva y evanescente sustancia individual que la quiere comprender.

 

Los viajes largos de la Astrología tradicional se han de entender en su sentido metafórico. Los viajes de la casa IX no son largos por la distancia recorrida ni por el tiempo empleado, sino por sus reper­cusiones existenciales. Es la imagen del peregrino, de aquel que abandona todo excepto su peregrinación, pues ésta le llevará a su patria original, donde la espera su Verdad. Su austeridad y pobreza son los elementos que le preparan para la iluminación y la revela­ción divinas, que son la recompensa al término del viaje. La necesi­dad de emprender un viaje aparece en un momento de la vida en que es imprescindible un cambio, una reorientación de la cosmovi­sión. El mundo en que se habita ya no es válido, no se encuentra sentido a lo que se hacía y se produce una muerte (casa VIII), que si es plenamente vivida desemboca, tarde o temprano, en un renaci­miento, una "puesta en marcha", un viajar a otros países para am­pliar los horizontes y descubrir nuevos mundos. El viaje puede tra­ducirse en un desplazamiento físico o no. Unas veces resulta necesa­rio, otras no. Lo que sí implica es una crisis de la conciencia. El viaje es la vivencia arquetípica de la renovación de la vida y la adquisición de nuevas y más amplias perspectivas de uno mismo. Se amplía el mundo y con él, uno mismo. O viceversa, con la aparición de una vi­sión más abarcadora de uno mismo se ensancha el mundo en que se habita.

 

En la fantasía y en los sueños aparecen viajes exóticos, situados en las antípodas, tierras de promisión. Cuando esto sucede es señal de que la casa IX se ha activado. Se impone un viaje que implica una transformación de la conciencia. Ello conlleva generalmente a un cambio de actitudes, del enfoque básico. de la propia vida, del mundo y del papel de uno en éste. Es la filosofía personal que sufre un proceso de mutación y con ella la totalidad del ser. ¿Qué significa sino la necesidad de conocer países extranjeros? No hay viaje exterior real si no va acompañado de un viaje interior. Por ello, muchas veces, los grandes viajes que se emprenden son infructuosos, consti­tuyen en el fondo una huida frente al viaje interior requerido. Mu­chos creen que porque han viajado mucho, han tenido grandes ex­periencias, y conocido lugares exóticos, saben más; son gente de mundo, se dice. Cuántas veces detrás de todo ello uno sólo encuentra vanidad y un puro ocultamiento del ser que en la embriaguez del viaje se ignora a sí mismo. Para tal persona cualquier país es el mismo país. Un país hecho de la repetición incansable de lo mismo, aunque varíen los paisajes y el color de la piel de sus habitantes. En caso contrario, cuando el viaje responde a una llamada que surge de lo más profundo del ser, el viaje puede ser el punto de partida de un proceso de cambio que implica al cosmos entero, al universo en que aquella persona ha habitado.

 

El país extranjero simboliza lo nuevo por descubrir, el abandono de lo viejo, de la estrechez de miras y de horizontes, la necesidad de ampliarse con lo nuevo, extraño y desconocido, de hallar lo univer­sal y de que se refleje en el propio destino. Los viajes míticos de Eneas, de Ulises, de Dante, son testimonio del viaje que todos hemos de emprender más de una vez. Es el viaje en pos de una vi­sión que ha de ser guía en los senderos de la vida.

 

Los planetas en esta casa son los proveedores de la cosmovisión que guiará al individuo. Cuando se activan lo hacen en forma de una intuición que libera el sentido de toda o gran parte de la vida, y que, en su momento, solicitará el cumplimiento de una tarea. Constitu­yen los poderes que otorgan el visado de los viajes a los países por descubrir. Presiden todas las transformaciones de la consciencia, además de su capacidad de comprensión. Por ello, tiñen toda la vi­sión que el individuo tiene de sí mismo y del universo que le rodea. Dichos planetas son las voces que han de ser oídas antes de poder acceder a las exigencias de la casa X. Estas voces no sólo hablan a través de argumentos filosóficos y científicos o intuiciones religiosas, sino también conforman en mucho el sentido de la propia individua­lidad. Como uno se ve a sí mismo. El planeta actúa como la puerta de entrada al sentido de lo divino de la existencia. Es a través de él o ellos que lo divino accede e irrumpe en la vida. Aunque a veces el disfraz que adopte no sea el de una religión. Es muchas veces una intuición de correspondencia con el cosmos, de sentirse religado a un Todo mayor. Se revela, otras, como aquella visión germinal que permitirá, en su desarrollo, a la persona dar cuenta del mundo a sí mismo y a los demás. Para muchos, estos planetas hablan en forma de voces que invitan al viaje. Un viaje que, literal o no, ofrece siem­pre como promesa la ampliación de las perspectivas vitales, la trans­formación del mundo y de la vida porque se ha renovado y ensan­chado la visión quedes sustenta. Los planetas o el planeta que rige el signo en la cúspide actúan simbólicamente como los proveedores de las visiones y la verdad que servirán de apoyo y guía al continuo des­plegarse de una individualidad que a la larga se confunde. gradualmente con la forma de su propio destino.

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