Astrologia, carta natal, cursos, clases, planeta, zodiaco, signos CONCIENCIA AZUL ARTE VIDA - ASTROLOGIA - CORDOBA - ARGENTINA
Conciencia Azul
Astrología

Las casa astrológicas

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

Capítulo 5

Las casas astrológicas

 

 

"He apartado mis pies de la tierra; mis manos; de todas las manos, mis sentidos de todo objeto exte­rior; y de mis sentidos mi alma... Ya no soy un hom­bre, no hay más que un movimiento. No hay más que un origen. Sufro un nacimiento. He caducado. Cerrando los ojos nada me es externo; soy yo lo ex­terno."

Claudel, Arte Poética

 

 

 

 

5.1 Introducción

 

La Astrología afirma que, simbólicamente, así como es el primer instante, el nacimiento, es nuestra vida. El primer suceso, queda grabado como marca indeleble, huella, cuño, o sello, para el resto de la vida. Si entendemos nuestra vida como un conjunto de expe­riencias que se despliegan a partir de la primera y primordial expe­riencia del nacimiento, el Ascendente, su símbolo, constituirá el punto de partida de todo el edificio simbólico, de ahí su importan­cia.

 

Las casas astrológicas son el despliegue de la cruz básica, forma­da por la proyección de la perspectiva terrestre. Por tanto, siempre se refieren a las condiciones presentes y tangibles de nuestra existen­cia. Las casas constituyen un sistema simbólico, que alude a la expe­riencia humana en el plano en que ésta se manifiesta como aconte­cer, como suceso. Como división simbólica del espacio terrestre desde el punto de vista de la percepción de una persona, las casas se refieren a "ámbitos" o espacios, donde se vive un determinado tipo de experiencias. Constituyen los lugares en que se han de producir los encuentros significativos de un destino. Un lugar no es un espa­cio físico ahí fuera solamente. Es, más bien, una cualidad de la expe­riencia, un modo de sentir, experimentar y reaccionar frente a lo que la vida nos depara.

 

Podemos imaginarnos cada casa como una apertura a la vida. Una apertura por la que entra el fluido vital de nuestro destino. Fluido cuya sustancia lo constituyen el mundo, los otros, y las cir­cunstancias que vivimos con ellos y por ellos. Por estas aperturas se cuela lo exterior solamente para fundirse o amalgamarse con el flujo incesante de imágenes que constituyen el mundo interior. De tal fu­sión surge nuestro destino como la concretización de un proceso en el que resulta indivisible nuestra vida exterior de nuestro mundo in­terior. Así como es uno es el otro. Hay quien vive de cara a la acción y al mundo aparentemente objetivo de afuera. Son los extraverti­dos, diría Jung. En cambio, la persona introvertida rehuyendo el mundo de la acción y de las luces exteriores se repliega sobre sí misma, y en íntima introspección vive atenta a sus vivencias interio­res, al Universo de ideas, fantasías, imágenes e intuiciones que pue­blan su geografía interior. Son dos caminos, o dos modos de vivir, igualmente válidos o igualmente equívocos. Todo depende de la me­dida en que uno se da cuenta de las ilusiones que fácilmente se ocul­tan en sus recovecos. Tan objetivo es el mundo interior como el ex­terior e, inversamente, tan irreal es uno como otro. El grado de cre­dibilidad que le damos se relaciona con la consciencia. Ser conscien­tes significa, aquí, ver la cualidad onírica de la vida que, aparecien­do, en su devenir temporal, ahora como suceso exterior, ahora como vivencia interior, sólo deviene real si uno es capaz de relacio­nar lo exterior con lo interior y remitir ambos a aquello que está más allá de los dos: lo eterno.

 

Esotéricamente cada casa astrológica es la imagen de una bús­queda, un reto y una necesidad. Búsqueda de la propia individuali­dad. El único  tesoro que podemos hallar, la mayoría de las veces oculto, tras las diferentes circunstancias y avatares de nuestra exis­tencia. Reto, el que nos plantea la vida en cada situación: ser res­ponsables de ella y ante ella. El simbolismo de las casas nos ayuda para cumplir el sentido de las situaciones determinadas que vivimos.

 

La propia vida no es nuestra como propiedad, no nos pertenece. Lo que sí depende de nosotros es la decisión de plantearnos la vida como algo que exige una respuesta. Ser responsables es ser capaces de dar respuestas. Respuestas nuestras, propias, acertadas o equivo­cadas (eso, en realidad, no importa); lo esencial es que sean produ­cidas por uno mismo. Que sean la expresión de un proyecto de vida, de una apuesta que hemos de hacer, de un riesgo que hemos de co­rrer.

 

Las experiencias exteriores son reflejo de necesidades interiores. Partimos de la convicción esotérica de que sólo vivimos las experien­cias necesarias para nuestro crecimiento. Sean del tipo que sean. Por tanto atraemos los acontecimientos como el imán a las limaduras. Cualquier situación que vivo, por ajena o íntima que la considere, será siempre la expresión de una necesidad que me habita, es decir, que la reconozco conscientemente como tal, o que me es ajena o in­consciente, y por tanto, se me impone con la fatalidad de lo vivido como extraño.

 

La distinción neta y tajante entre las circunstancias y nosotros debe desaparecer. La antigua idea griega "carácter es destino"  lleva a presuponer una íntima conexión entre lo que le sucede a uno y su carácter. Este concepto, en su sentido original, no tenía nada que ver con las modernas descripciones de rasgos caracteriales, tenden­cias temperamentales y perfiles psicológicos al uso. Se refería, como dice Eskenazi, a nuestra especial manera de "habitar" el mundo. La "huella" que dejamos al actuar. Es nuestro modo de comportarnos el que se vincula a un destino. Las casas son un símbolo de la explici­tación, la concreción de ese destino, tal y como se vuelve, real, tan­gible en nuestra existencia. Un destino que, de pura potencialidad, deviene paulatinamente vida vivida, camino recorrido, acto eterni­zado a través del Tiempo. Por ello, y siguiendo una concepción de Eskenazi (12,b), las casas constituyen el "fijador" de la experiencia. Son la trama fija, en la que se plasma de un mundo de infinitas posi­bilidades, aquéllas que van a constituir la sustancia o el tejido de nuestro destino.

 

De hecho, el flujo de experiencias que inauguramos con el naci­miento constituye un devenir en el que las situaciones, los fenóme­nos y los acontecimientos, nunca son iguales. Cada uno de ellos es único en su aparecer y desaparecer. Ello nos dejaría en el caos más absoluto si no fueramos capaces de presentir o vislumbrar que, de­trás del acontecimiento, se adivina una dimensión que permite con­ferir a la experiencia un orden y un significado. Atendiendo a dicho significado, todas las experiencias que puede vivir el hombre pueden agruparse en un sistema de doce conjuntos simbólicos que dan lugar a las casas.

 

 

5.2 Las asignaciones tradicionales

 

Las asignaciones tradicionales de las casas se deben entender y trabajar en su sentido simbólico. Con ello quiero decir, que contra­riamente a lo que hacen muchos astrólogos de clasificar las expe­riencias de una persona en función de unas reglas sociales, culturales o externas, hemos de interrogarnos sobre qué significa una experien­cia dada, para una persona. De nada sirve anteponer un sentido con­vencional, social y estático que traiciona la vivencia individual e ínti­ma que ha de presidir la comprensión del símbolo astrológico. Así, se oyen absurdos como: si una persona convive con otra pero no o se  casa es una relación de casa V, pero en el momento de casarse pasa a ser de casa VII. Si una persona nos pregunta cuestiones sobre su participación en un grupo de trabajo, enseguida se mira su casa XI o X. Y la Astrología no ha de funcionar así. Para un individuo, el par­ticipar en un grupo puede significar una cuestión de casa IV (bús­queda de seguridad afectiva). Para otro, puede tener un sentido de casa V (una oportunidad de expresarse y dramatizarse creativamen­te, donde los demás adquieren el significado de mero público) y, por último, para otro, puede significar un asunto de casa XI (participa­ción y cooperación en un grupo que comparte una misma visión). Lo mismo ocurre con las estériles polémicas de casa X y casa IV como representantes del padre o de la madre. Dichas casas son portadoras de un sentido que a veces encarna el padre y otras la madre. Por mí­nimo que profundicemos en Va relación humana hemos de ver que el vínculo que une a un padre con su hijo puede revestir una enormi­dad de significados distintos. Una madre, por ejemplo, y en función de su particular carácter y destino, puede representar un rol simbóli­co materno o paterno a su casa X o a la IV. En las parejas nos en­contramos con idéntica situación. Si se nos presenta una pareja legalizada, necesariamente, buscamos su descripción en la casa VII. Cuántas veces el psicoanálisis nos ha demostrado que la pareja no es más que la reproducción inconsciente del vínculo que la persona es­tableció con sus progenitores. Para el marido, su mujer puede en­carnar perfectamente la imagen de su madre, y relacionarse con su pareja exactamente igual que lo hizo con la madre. Y viceversa res­pecto a la mujer. Y aun más, la cuestión se complica cuando descu­brimos que, a veces, el marido, por ejemplo, no representa tanto al padre de la mujer, como a su propia madre. J3 ajo o un juego de identi­ficaciones inconscientes la relación entre las personas adquiere unos significados muy distantes de los sociales.

 

¿Cómo podemos encajar los descubrimientos de la psicología profunda si seguimos encarando el símbolo astrológico como una serie de definiciones exteriores, convencionales y estáticas? Se trata, más bien, y siguiendo el espíritu que anima a la Astrología, de consi­derar cada persona como un individuo único, que ha establecido, consciente o inconscientemente, significados a su experiencia de -acuerdo a su particular modo de vivir y a su destino peculiar.

 

La mayoría de estas atribuciones pecan de un error fundamental: no tienen en cuenta la naturaleza simbólica de la Astrología. Utili­zándola desde  una perspectiva racional y analítica, descomponen el tema natal en partes separadas, opuestas, sin considerar la naturale­za paradójica, integradora y dual del símbolo. A la hora de interpretar, esto tiene muchas consecuencias. Así, si una persona tiene muy cargada la casa VII, el astrólogo le aconsejará que se relacione mucho, que viva en pareja, que se asocie, etc. En cambio, si la pre­ponderante es la I, la persona ha de descubrirse a ella misma y ser independiente. Puede prescindir de la pareja y debería vivir sola. De la misma manera con el resto de las casas, con una casa VI fuerte el sujeto debe trabajar mucho, ser ordenado, y esforzarse en supe­rarse a sí mismo sirviendo a la comunidad a través de su trabajo. Pero si el énfasis recae en la casa XII, mejor que la persona no tra­baje, sino que se entregue a una causa espiritual, en la que su actua­ción no reciba recompensa económica alguna y, así, abrace una vida espiritual. Si una persona tiene los planetas benéficos en la casa V y en la VII los maléficos, oí decir una vez a un astrólogo que lo conveniente para la persona es que con la pareja no se case ni conviva en un mismo piso, sino que mantengan la relación a nivel de romance perpetuo. Sobran los comentarios.

 

Una casa astrológica se ha de interpretar siempre como parte de un eje, de una cuadruplicidad y de una triplicidad. Se la ha de rela­cionar con la casa que le antecede y la que le sigue, pues una casa no es más que un momento en el que se viven unas experiencias que sólo adquieren sentido en su integración en un proceso y en un con­texto. Por ello, una casa es la manifestación de un principio simbóli­co que se expresa bajo dos perspectivas (hemisferio Norte y hemis­ferio Sur), como perteneciente a una dimensión de la vida (elemen­to al que pertenece) y a un momento de su manifestación. Por ejem­plo, la casa I no se puede comprender sin la VII, y si no se la relacio­na con la V y la IX, con la XII y con la II. Y así sucesivamente.

 

 

5.3 Los Hemisferios

 

La línea del horizonte divide el círculo del horóscopo en dos mitades. La mitad superior es el hemisferio Sur, símbolo de un mundo objetivo. Corresponde a la perspectiva celeste, la mitad diurna. Todo lo que resultaba visible en el firmamento, en el instante del na­cimiento. La otra mitad es el hemisferio Norte, reflejo de la oscuri­dad de lo subjetivo. Corresponde a la perspectiva oculta, terrestre, lo que se relaciona con procesos invisibles a la luz del día. Es el reino de la noche. Lo invisible en uno es la propia subjetividad, ese mundo de piel adentro tan vasto y real como el exterior y que consti­tuye la réplica exacta de la dimensión tan aparentemente objetiva de mi vida afuera.

 

El meridiano vuelve a dividir al círculo en dos hemisferios. El hemisferio Este que simboliza todos los procesos directamente rela­cionables con uno mismo. Es el movimiento ascendente de la vida y de la experiencia humana, por tanto, alude a todas aquellas expe­riencias del yo, que se descubre a sí mismo en su actuar. El hemisfe­rio Oeste simboliza el ocaso del yo que da lugar al nacimiento del tú. El descubrimiento del otro como parte constituyente y esencial del propio destino constituye la matriz de las experiencias que aquí se presentan.

 

Hemisferio Norte

 

El hemisferio Norte tiene como punto de partida el Ascendente y como punto central el Fondo del Cielo. Ambos puntos permiten comprender la dinámica esencial de dicho hemisferio. En él se da un proceso que, partiendo de la vivencia originaria del nacimiento, se despliega en una serie de experiencias que atañen de un modo direc­to a la construcción de una subjetividad. Un ámbito de vivencias que nutren y sustentan al ser en la específica y peculiar tarea de construir un mundo personal, vivido como interior, que constituye la materia prima con la que enfrentar el mundo exterior. La protagonista de este hemisferio es la Luna, la cual refleja una cualidad de intimidad y cercanía de lo subjetivo. Su culminación, en la VI, se relaciona con la aceptación de los límites de dicha subjetividad:

 

Hemisferio Sur

 

Nace en el Descendente y alcanza su clímax en el Medio Cielo. Es la mitad celeste del Tema Natal. Alude al ser inmerso en un pro­ceso colectivo y cósmico en el que acaba resultando abrumadora la propia pequeñez. Es el mundo exterior como contraparte que equi­libra la propia subjetividad. En dicho hemisferio, tienen lugar todas las experiencias que ayudan al hombre a. adquirir consciencia de su papel en relación a un Todo mayor. Representa la construcción de lo Universal en uno. Universalidad que se opone, complementa y da sentido a la individualidad creada desde la propia subjetividad. Su regente es Saturno, el planeta más lejano de los tradicionales, el úl­timo que se puede observar a simple vista, simboliza el Umbral, el punto de contacto con el vasto Universo. Su culminación en la casa XII se relaciona con la aceptación final de lo incognoscible.

 

Hemisferio Este

 

Parte del Medio Cielo y su centro es el Ascendente. En este he­misferio, regido por Marte, tienen lugar los procesos y experiencias que se centran alrededor de mí y mi actuación. Los resultados del propio actuar como fruto directo de la inmersión del yo en un mundo que se presta, y demanda un compromiso que sólo se revela en el acto. Son las consecuencias de dicho actuar las que posibilitan un autodescubrimiento efectivo. Autodescubrimiento que se desa­rrolla en un in crescendo propio de este hemisferio.

 

Hemisferio Oeste

 

Aquí tienen lugar las experiencias, cuyo común denominador es que nos implican en una dimensión de relación íntima (Fondo del Cielo) con los demás, y que suponen una exigencia de trato igualita­rio o cooperación, sin el cual tales experiencias no dejan huella. En este hemisferio se da una vivencia de lo inevitable, pues lo que nos ocurre estando con los otros nunca depende exclusivamente de uno. El otro aparece más bien en nuestra vida siendo portador de un poder o de una fatalidad que nace o proviene de la oscuridad de nuestros orígenes (Fondo del Cielo), y que exige, bajo el álgida de Venus, un compromiso en la relación, una relación comprometida sin la cual resulta imposible asumir la responsabilidad respecto al Otro de nuestras vidas.

 

5.4 Los Cuadrantes

 

La agrupación por cuadrantes establece unas categorías que han dado nombre y naturaleza a las casas, y que constituyen la expresión en el simbolismo astrológico del movimiento dialéctico implícito en todo proceso de manifestación: tesis, antítesis y síntesis. Cada cua­drante implica la agrupación de una casa Angular, una casa Fija y una casa Cadente que posteriormente constituirán una agrupación similar en la formación de los triángulos.

 

Primer Cuadrante (1-2-3)

 

Se inicia con la aparición de la chispa inicial de la individualidad(I) que adquiere terrenalidad y corporeidad en su relacionarse con un Universo que le rodea(II) y que deviene consciente de sí a través del descubrimiento del otro (el hermano), y de un entorno que lo constituye como sujeto humano(3).

 

Segundo Cuadrante (IV-V-VI)

 

El proceso de construcción de la interioridad del ser continúa en una nueva dimensión: hallar la fuente de sustento, aquélla en la que poder hundir las propias raíces (IV). Proceso que se desarrolla en la medida que uno actúa y se expresa creativamente (V), a la vez que transforma sus propias creaciones en algo que siente útil a los demás (VI).

 

Tercer Cuadrante (7-8-9)

 

Aparece aquí una nueva dimensión. Una vez construido el mundo interior y personal es hora de enfrentar lo otro, un mundo que demanda de mí cumplir con una tarea que en principio ignoro y que empiezo a descubrir con la aparición del otro como par (VII). Aquel que me exige una relación comprometida y responsable. En­frentar al otro como un igual conduce a una muerte. Muerte cuya puerta de entrada queda abierta por la aparición de la oscuridad que subyace tanto al individuo como a las relaciones que establece (VIII). El yo ha de desaparecer para dejar paso a un ser nuevo. Una individualidad que ahora renace más completa porque ha entrado en contacto con lo desconocido de su ser, con el propio deseo. Deseo que, una vez confrontado, se transmuta en comprensión de uno mismo y del Universo que le rodea, que le constituye y da signi­ficado a su existencia (IX).

 

Cuarto Cuadrante (X-XI-XII)

 

La comprensión de uno mismo es también la posibilidad de oír el propio llamado interno: la vocación (X). Una llamada que requiere un actuar en el mundo de tal modo que lo que satisface es cumplir con una tarea. Tarea que se sitúa por encima de todos los pequeños asuntos personales. Desde esta perspectiva, surge la posibilidad de relacionarse con los otros con el fin de aunar esfuerzos, de colaborar en la prosecución de un proyecto colectivo bajo un marco universal

(XI).  Este proceso tiene una culminación cuando el individuo en­frenta unas experiencias que le revelan su auténtica dimensión

(XII).   Con ello, surge la posibilidad de una inserción real en un Todo, cuya vastedad y misterio ya no pueden dejarse de lado. Se convierten más bien en la más radical y única posibilidad de reden­ción.

(XIII).  

 

5.5 Los Ejes

 

I-VII. Eje cardinal masculino, de acción, impulso e inicios. Yo y tú son los dos polos complementarios y opuestos de una relación. Bajo la ilusión de la separatividad, existe un yo separado de un tú. Yo soy así y tú eres asá, yo no soy el responsable eres tú, etc. Bajo la mirada simbólica, el tú es un espejo, un reflejo del yo. Cuando uno vive, como suele ocurrir en dicha ilusión, el tú aparece siempre como portador de aquello que complementa a yo y que éste necesita asimilar. El tú forma parte entonces de la "sombra" (en el sentido junguiano) de la persona. La sombra es una especie de Otro que ha­bita en mí, un fantasma que se alimenta de todo lo que rechazo y de­testo en los demás. La sombra es lo que se proyecta en el otro y se manifiesta siempre que uno combate o se opone a un tú, y viceversa siempre que uno desea e idealiza al otro. Sean cualidades positivas o negativas, su común denominador es que son las propias cualidades inconscientes que aparecen reflejadas en los demás.

 

No se puede experimentar un "yo" sin experimentar a la vez un "tú". Son dos polos opuestos de una relación. Se generan mutua­mente. El yo tal y como usualmente se entiende, como un órgano psicológico separado, no existe. Es una convención social, como lo son las fronteras entre países. La percepción de la reciprocidad y la interdependencia entre el yo y el tú desplaza el énfasis hacia la rela­ción. El eje Ase.-Desc. es el símbolo básico de ella.

 

Planetas en estas casas siempre indicarán la urgencia de llevar a cabo unas tareas y de realizar unos descubrimientos a través de la relación. La confrontación con los diversos tus siempre estará me­diada por estos dioses. La inconsciencia, como antes apuntamos, dará siempre lugar a un juego de proyecciones en las que el tú es el portador de sus rasgos sobrehumanos, sean divinos o diabólicos.

 

La tensión del eje yo-tú se resuelve en un punto central desde el que se vislumbra que ambos factores pueden constituir fuerzas de alejamiento o acercamiento a la realidad de uno mismo, de la propia individualidad. La necesidad de afirmar una identidad y la de esta­blecer una relación con un tú son inseparables. El olvido de una de las dos siempre lleva al estancamiento. El cultivo o satisfacción de una en detrimento de la otra coarta la posibilidad del equilibrio in­tegrador.

 

II-VIII. Eje femenino de las casas fijas. Todo aquello que se contrapone y concretiza al eje masculino cardinal. Como casas fe­meninas la experiencia es de receptividad. Son situaciones que se presentan siempre con un cariz de fatalidad. La fortuna y la pobreza (II), la neurosis y las crisis (VIII) siempre nos suceden inevitable­mente.

 

En este eje tiene lugar la función asimiladora y eliminadora, la cual contribuye al afianzamiento y enriquecimiento de la individua­lidad. Esta asimilación puede vivirse, bajo la ilusión de un yo sepa­rado, como toda la sustancia que me apropio pasa a formar parte de mi propiedad; sea una cuenta bancaria, un título, una relación, etc. Toda realidad material, psicológica y espiritual, puede vivirse como una posesión o un patrimonio del ego. De otro modo la II constituye un símbolo de los recursos que la vida pone al alcance del individuo para que, por medio de ellos, se generen ciertas realidades. El que sea uno mismo o los demás los que los utilicen y disfruten es lo que menos debe importar.

 

En la VIII la vivencia de lo que elimino deviene la expresión de rechazo. Toda realidad, material o no, que mi ego vive como ame­nazadora para su afianzamiento y enriquecimiento, pasa a ser recha­zada. Se convierte entonces esta casa en la de los complejos o neuro­sis, que constituyen los residuos vivientes de realidades que, equívo­camente, uno quiso eliminar de su vida. Esta amputación o elimina­ción forzada de aspectos de uno o de la vida vuelven posteriormente exigiendo su derecho a vivir. El modo que tienen de aparecer es por medio de las crisis, pues es el único camino que les queda libre.

 

El eje II-VIII nos confronta con la dialéctica del deseo, tanto en su forma anabólica, asimilación, como en la catabólica, eliminación. Por tanto, nos pone en contacto con todo aquello que puede contri­buir a integrar al individuo en el flujo vital y a hacerle partícipe de su poder. Siempre que este flujo no se intente cosificar (materialismo) o retener (avaricia, apegos). Si esto ocurre, aparece la paranoia de la propiedad privada, con la consiguiente reducción a objetos de todas las relaciones que el individuo mantiene con su mundo. El deseo, que en su forma primaria es apetito, deviene en voracidad. Una voracidad oral, fruto de un apetito insaciable, que quiere po­seer todo (11) y una voracidad de evacuación o de retención (VIII) que necesita compulsivamente rechazar todo lo que no resulta grato. La evacuación se refiere al imperioso impulso de cargar sobre otras personas, agredirles y ensuciarles. Impulso que, en sus formas extremas, puede alcanzar límites inhumanos, con bombas y fusiles simbolizando las heces con que llevamos a cabo la matanza de pue­blos y seres humanos. La voracidad de retención implica esta negativa radical, de la gente que está poseída por ella, a regalar y compar­tir el alimento, a permitir que los demás participen y disfruten. Como cuando el niño retiene las heces que serían el regalo para su madre. Como la de ciertas culturas (la nuestra) y ciertas clases socia­les que retienen para sí la inmensa mayoría de las riquezas y los re­cursos sociales y materiales que todos podrían disfrutar.

 

En este eje, se concretiza la vivencia de la relación que se da en la 1-7 La relación devienen una posesión del otro cosificado (11), y un campo de batalla en el que se intenta eliminar proyectando en el otro todo lo rechazado de uno mismo (VIII), o se inserta en un flujo de situaciones y vivencias que siempre multiplican los recursos de sus componentes (II), a la vez que se produce una liberación de los lastres –imágenes, complejos y fantasmas– que les impedían un contacto con lo real.

 

La tensión del eje 2-8, es la que existe entre el deseo y el re­chazo, la asimilación y la expulsión, entre la necesidad de poseer aquello con lo que nos identificamos y la necesidad de rechazar o ex­pulsar aquello de lo que renegamos. Esta tensión se puede resolver en el punto de una comprensión de los apegos. Comprender que ambas son fuerzas que esclavizan. Me esclaviza aquel objeto, perso­na o intangible, que deseo; en tanto que olvido que la fuerza no resi­de en él sino en aquello que se le concede mediante el hecho de de­sear. Me esclaviza asimismo el rechazo compulsivo de todo lo que me horroriza, me violenta o me desagrada, porque siempre que-se presenta en mi vida es una llamada del propio inconsciente, es decir, de los lastres que uno arrastra consigo y que buscan expresión y transformación.3-10. Eje de las casas cadentes en su expresión masculina. Como cadentes tienen que ver con procesos de cambio de los esque­mas mentales y de la cosmovisión filosófico-religiosa de un indivi­duo. Se ve aquí una interacción constante entre el entorno (3) en el que se educa y vive, y la visión que encarna en su vida (IX). El en­torno cotidiano en el que una persona está inmersa y sus ideas y acti­tudes básicas ante la vida, resultan siempre inseparables. Las rela­ciones que se establecen con el mundo forman la base comunicativa imprescindible para efectuar los aprendizajes necesarios con el fin de adquirir una comprensión del universo. A través de la enseñanza del lenguaje y de los restantes "utensilios" que una comunidad ma­neja, la persona adquiere carta de membrecía, se inserta en un medio ambiente (3) y construye una visión intuitiva y/o racional de sí mismo, de la vida y del Universo (IX).

 

Planetas en este eje siempre comprometen al individuo a una búsqueda consciente e inconsciente de los procesos transformativos a través de los cuales el sistema de relaciones con los demás y la ima­gen del mundo adquieren significados nuevos, más profundos y abarcadores. Que el mundo y la realidad son una interpretación, es la vivencia básica que subyace a las transformaciones de la conscien­cia que dicho eje simboliza.

La tensión en este eje es la que se produce entre un saber utilita­rio, práctico e imparcial, y la de un saber amplio, filosófico, produc­to de la revelación del vivir. Entre la visión de amplios y vastos hori­zontes y de elevadas miras y aquella que ha de prestar atención a lo cotidiano, a las exigencias que un entorno concreto pone sobre el ser humano. Entorno en el que se ha de insertar y lograr una adaptación "inteligente". Por inteligencia aquí hemos de entender aquella pecu­liar relación con el medio ambiente que preserva la propia libertad y crecimiento. El entorno puede devenir un instrumento para la utili­zación cotidiana de un mundo que responde directamente al modo inteligente o no de adaptación conseguida. Tal adaptación depende totalmente de nuestro talante filosófico. La visión filosófica a su vez depende de la capacidad crítica desarrollada a partir del medio am­biente que nos rodea.

 

El punto central de la oposición pide un reconocimiento de que no existe filosofía, creencias o teorías que puedan desprenderse de unas prácticas sociales y de su expresión práctica en una realidad co­tidiana. A la vez, ver lo cotidiano como surgimiento de una visión de la realidad preñada, como todas, de lucidez y desatino, de revela­ción divina y de subjetivos, parciales y efímeros puntos de vista.

 

Toda Verdad universal, celeste y eterna (IX) necesita de un len­guaje para su difusión. Dicho lenguaje ha de estar inserto en, y par­tir de, un ambiente concreto, temporal y geográficamente determi­nado (3). Un lenguaje que llegue a la gente, la mueva y la conven­za. Sin este requisito las verdades más sublimes y exquisitas pierden poder y significado, no penetran en el sentir de un pueblo o una época determinadas. Un lenguaje desconectado de su conexión con lo Universal puede permanecer en una cultura y época dadas. Son los discursos que corren de boca en boca, constituyendo modos y modas. Son los tópicos de esos siglos. Generalmente marcan unos límites, un cerco que poca gente trasciende. Resulta, en tales condi­ciones necesario un viaje más allá de las fronteras (IX). Un gran viaje en busca de la inspiración que trascienda el cerco y descubra nuevos continentes, nuevas verdades y nuevas posibilidades de transmitirlas.

 

IV-X. Constituye el eje femenino de las casas cardinales. Implica receptividad y acoplamiento a los requerimientos del mundo (X) y del grupo familiar (IV). El individuo padece aquí las influencias mo­deladoras de las primeras relaciones cuya base son los sentimientos. Influencias que posteriormente tienen expresión simbólica en la vo­cación y las metas que guiarán su vida. La relación que se establece entre las necesidades emocionales del individuo y las del grupo fami­liar al que pertenece, constituyen una estructura de sentimientos que serán el fundamento de la seguridad o falta de ella con la que enfrentará el resto de situaciones en su vida. Existe una estrecha co­rrelación entre los condicionamientos emocionales del pasado y la necesidad de logro y realización futura, tema que ocupa extensa­mente la literatura psicoanalítica. Afirma Karl Kraus: 'La meta es el origen", el héroe en los mitos triunfa precisamente porque es fiel tanto a su vocación de triunfo como a su origen.

 

Planetas en este eje aluden a los dioses que impelen consciente o inconscientemente a una integración del pasado y del futuro, de las necesidades emocionales y de las ambiciones. Si no hay integración consciente, el espíritu de entrega y servicio —la vocación— (X) siem­pre resulta una racionalización y encubrimiento de las necesidades emocionales insatisfechas y de las inseguridades afectivas negadas (IV).

 

La tensión del eje aquí expresada es la que se da entre vida pú­blica y vida privada, o entre la entrega a una causas impersonal y la satisfacción de mis necesidades personales, íntimas o emocionales: La vida pública o profesional como huida de la intimidad, o el refu- gio en una realidad familiar que ofrece seguridad, para olvidar el cumplimiento con el mundo de afuera y sus exigencias de esfuerzo y entrega a la tarea. Hay quien vive y cree que las preocupaciones sobre la vida personal y sentimental (IV) no tienen sentido frente a la entrega a un mundo con el que nos obliga un mandato celeste (X). Hay quien ve en todo compromiso social el juego oculto de intereses y maniobras de poder, de gente cuya vida afectiva está frustrada.

 

V-XI. Eje masculino de las casas fijas. Implica la exteriorización del poder creativo acumulado en el anterior eje fijo (II-VIII). Dicho poder tanto puede surgir como autoexpresión creativa de la propia subjetividad (V), como la elaboración de, o la adhesión a, una vi­sión utópica, comunitaria y universal (XI). Existe una íntima unidad entre la creatividad del individuo y la del grupo al que de algún modo pertenece. Dicha pertenencia puede ser consciente o incons­ciente, concretizada o inconcreta, pero siempre afecta y es afectada por ella. El grupo puede ser tan tangible como el formado por todos los componentes de una escuela filosófica, partido político, o co­rriente artística, o puede ser tan intangible como las ideas que flotan en una sociedad o época determinada. Es el "espíritu de la época", que determina tanto las necesidades creativas de los individuos y grupos, como los límites y alcance de cualquier proceso creativo. La expresión creativa de este eje está relacionada, a la vez, con el eje cardinal anterior. El grado de seguridad emocional logrado y el tipo de metas y nivel de ambición (en el sentido de entrega a una voca­ción y un servicio) condiciona por completo la expresión de la fuerza creativa.

 

Planetas en este eje piden el descubrimiento de los poderes a tra­vés de los cuales el individuo puede acceder a una especie de tras­cendencia del ego. Dicha trascendencia es vital para lograr tanto la espontaneidad necesaria para la creatividad subjetiva (amor a la obra que nace de uno), como al olvido de uno mismo en favor de la  entrega a la utopía social. El dilema aquí es el que se da entre la Re­volución y la Fiesta. Entre la inmediatez de la alegría festiva y la promesa de felicidad y redención futura de la utopía. Es la militan­cia revolucionaria, científica o social seria y trascendente frente al goce y el disfrute del ocio festivo alegre, subjetivo y despreocupado. Ya ha habido quien ha comprendido la necesidad de aunar, de inte­grar ambas perspectivas. Quizá no sea posible la Revolución sin la Fiesta y quizá toda auténtica fiesta es revolucionaria. Alude también este eje a la oposición que surge en base a los dos vínculos que ex­presa: el enamoramiento y la amistad. Las diferencias son muchas: en el enamoramiento, al contrario que en la amistad, no existen gra­dos. Si uno se enamora es una vivencia total, respecto a los amigos es posible establecer grados y formas. Al amante le revestimos siem­pre de nuestras proyecciones subjetivistas, le divinizamos. El amigo no admite demasiadas transfiguraciones divinas. Exige de nosotros una imparcialidad total. Parece ser que resulta difícil aunar ambas vivencias. Se dice mucho que es imposible ser amigo de las personas que has amado y, viceversa, las personas que consideras tus amigos no pueden ser objeto de la pasión. Dejan de ser tus amigos. Como si la amistad requiriera, en este sentido, una cierta distancia. En cam­bio, no falta quien concibe a ambos como dos distintas formas del amor. No elegimos como amigos a las personas que de algún modo no queremos, aunque el amor del enamoramiento aparezca de un modo repentino, y el de la amistad nazca gradualmente.

 

VI-XII. Constituye la polaridad femenina de las casas cadentes. El principio simbólico subyacente es el padecimiento de procesos transformativos. En el anterior eje cadente (111-1X), la polaridad masculina implicaba la posibilidad de buscar activamente las expe­riencias de cambio, por ejemplo, un viaje, un nuevo aprendizaje, etc. Ahora, en su expresión femenina, el cambio acontece, se impo­ne con el aire de fatalidad propio de lo femenino. Sea una enferme­dad, la necesidad de realizar un trabajo obligatorio, cumplir un ho rario, el internamiento en una institución, etc., la vivencia es de algo casi siempre no querido que se me impone. Por ello, este eje está asociado tradicionalmente al sufrimiento. Siempre que existe un ego que impone su ley, cualquier experiencia no planeada de cambio, o cualquier situación que se le impone, implican una resistencia o no aceptación. Con ello no se evita el sufrimiento pero sí que se incre­menta la angustia y la desesperación y la huida de uno mismo. Son las transformaciones de la consciencia en su dimensión femenina, las que aquí tienen lugar. La consciencia del cuerpo (VI) y la conscien­cia anímica adquieren nuevas dimensiones y posibilidades. Surge una posible comprensión de la relación entre el alma y el cuerpo como las dos manifestaciones de un mismo principio.

 

La tensión de este eje se da en la dicotomía de vivir un trabajo rutinario, obligatorio, que pide un esfuerzo cotidiano del yo y la di­solución de este yo en una actividad de entrega al Todo. Entre los esfuerzos de crear un orden concreto social y personal, y el anhelo de experiencias que diluyen todo orden en un inmenso océano en el que sólo es posible la no-acción, la pura contemplación o la entrega desinteresada. Fruto de la tensión puede ser la reconciliación que se ha de dar entre el esfuerzo siempre parcial e imperfecto que un indi­viduo o sociedad efectúa para construir un orden y la comprensión de la inutilidad de todo esfuerzo que escape a un orden mayor. Aquí se descubre que un mundo ordenado no es el orden del mundo. Orden por demás que siempre es incontrolable e inexplicable. Al re­conciliarme con el mundo también me reconcilio conmigo mismo. Con ello renuncio al yo, es decir, renuncio a toda acción que no esté directamente inspirada en la afirmación de la vida.

 

5.6 La Relación transitiva

 

Resulta interesante también contemplar las relaciones entre las casas vistas en su complementariedad. Es decir, existe una relación entre la I y la 11, la II y la 111, y así sucesivamente hasta completar una especie de ciclo cuya culminación estaría en la casa XII. Así la Astrología permite estructurar un conjunto de experiencias cuyo despliegue simbólico implica la existencia de doce fases de desarro­llo o evolución.

En la 1 tenemos al individuo que nace y que busca la concretiza­ción de su identidad en lo que posee (11). Cada uno en lo que posee puede encontrar una confirmación de su propia identidad. Descu­bre, posteriormente, la existencia y el papel de los demás, esto es, el mundo social y de la relación en la 111 (siendo para la mayoría el her­mano el que encarna este rol), y busca satisfacer su necesidad de se­guridad. Necesidad que para la mayoría se satisface en la pertenen­cia a un grupo familiar o social, experiencia básica de la IV.

 

Una vez adquirida la seguridad afectiva que constituye la base de todo actuar, el individuo experimenta la necesidad de expresar, de exteriorizar su propia identidad afuera (V). Para ello, busca el medio que lo propicie. Medio que puede ser una persona o un obje­to. Por eso, en la V, cumplen igual función una relación afectiva que un hijo o una obra de arte. La cuestión es expresarse y tener un re­ceptor de dicha expresión. El receptor, sea el que sea, es en realidad una prolongación de la propia identidad. Que esta expresión llegue a ser considerada útil en el mundo es la vivencia de la VI. Utilidad que siempre implica un baño de humildad y un ejercicio de autocríti­ca que se impone en las crisis y que prepara al individuo para el esta­blecimiento de relaciones igualitarias en la VII.

 

El encuentro con el otro (VII) conduce a una confrontación con el otro fantasmal que habita en mí (VIII) cuya asimilación es la con­dición requerida para acceder a una perspectiva filosófica y ética au­tónoma y madura (IX). Visión que encarnándose en la propia indi­vidualidad y vida permite una comprensión más amplia del Universo y del papel de uno en él. Esta es precisamente la demanda que uno halla en la X. La vocación es la concretización de la propia compren­sión que llega al individuo a través de la necesidad de contribuir con su obra al Todo en el que está inserto. En la X se pone a prueba la comprensión que uno ha desarrollado de sí mismo y de la vida en aquellas tareas y compromisos que uno asume cara a la construcción de algo valioso para el mundo.

 

La contribución que uno realiza le permite acceder a un tipo de relaciones, en la casa XI, donde prima más el compartir unos ideales culturales que cuestiones personales. Se experimenta la posibilidad de que la propia visión coincida con, o ayude a la creación de un proyecto colectivo y universal: la sociedad justa.

 

Para llegar al fin del recorrido donde uno experimenta la posibi­lidad, no de trabajar en pos de una utopía cultural sino la de vivir unas experiencias de entrega total, de renuncia a la propia vida e in­dividualidad en favor de una Individualidad mayor, llámesele el Todo, Dios, la Mente Cósmica, etc., en la XII. En ella se disuelve y muere el ego para posibilitar el nacimiento del Hijo de Dios en no­sotros. La inmersión plena en, y la incorporación del misterio que nos constituye.

 

La relación transitiva de las casas permite contemplarlas como estadios de desarrollo o fases consecutivas de experiencias. Ello ofrece claves importantes para la interpretación. Por ejemplo, es inútil insistir en una persona que tiene sobrecargada la casa V, en sus significados creativos, sino se esclarece el sentido simbólico de la necesidad de seguridad afectiva de la casa IV. Y ello aunque no tenga ningún planeta en dicha casa. Es imposible comprender el di­namismo de la casa V sino como una fase o un momento inseparable de un proceso o de un todo sólo divisible a la hora de pensar y anafi.zar, mas no a la hora de vivir y comprender.

 

Hemos de tener en cuenta ciertas regularidades que pueden ofrecer útiles claves:

A las casas de fuego suceden las de tierra: a la formación de la propia individualidad siempre le siguen experiencias que la concretan y la asientan, o se oponen y ofrecen tenaz resistencia a las ideas de una persona tiene de ella misma.

 

A las de tierra suceden las de aire: nuestra individualidad con­cretizada, hecha acto, en las casas de tierra, devienen realidad social e interpersonal, en la medida que es necesaria la inter­vención del otro para que conforme, reconozca o se oponga a mi actuación.

 

-  A las casas de aire suceden las de agua: al establecimiento de relaciones siempre le suceden conflictos en el área emocional cuyos efectos pueden ser de transformación de las actitudes emocionales que tiñen las relaciones, o el surgimiento de com­plejos, resistencias y huidas frente a la exigencia de entrega im­plícita en cada relación.

 

-  A las casas de agua suceden las de fuego: la inmersión en los conflictos emocionales es el requisito para que pueda resurgir un nuevo destello de individualidad. La disolución que se expe­rimenta en las casas de agua es un proceso, en el mejor de los casos, necesario para la renovación de la vida. En el peor, es la dispersión en el caos informe de la locura, neurosis y la auto­destrucción.

 

Otro modo de acrecentar la comprensión de las casas es conside­rar cada dos casas como una sola realidad desdoblada en un aspecto masculino o positivo y uno femenino o negativo. Ello da una agru­pación de seis áreas que engloban cada una, o bien, una casa de fuego y una de tierra, o bien, una casa de aire y una de agua. Esta agrupación reúne en una unidad a los elementos más opuestos. Re­sulta muy conveniente para poder imaginar la tensión que se produ­ce en el desarrollo de cualquier proceso.

 

Quedan así seis áreas: 1-2, 3-4, V-VI, VII-VIII, IX-X y XI-XII. Lo que simboliza tal agrupación es la existencia de una duali­dad necesaria en el establecimiento de cualquier realidad inserta en un proceso de despliegue. Así, la propia identidad (I) halla su obstá­culo y complemento en un mundo de cosas materiales (II). El descu­brimiento del mundo circundante (111) necesita del reconocimiento de aquella parte de este mundo con la que me relaciono de un modo especial (IV). La autoexpresión creativa (V) se concreta y materiali­za en mi capacidad de producir objetos y realizar actividades útiles para el mundo en que habito (VI). La capacidad de relación queda simbolizada tanto por el grado de compromiso que establezco (VII) como por el grado de implicación emocional del que soy capaz (VIII). El acceso a una comprensión real de la vida y de uno mismo se refleja en la capacidad de hallar una tarea o unas metas que signi­fican la culminación de la propia individualidad puesta al servicio de las fuerzas que guían el destino (X). Por último el proceso de des­pliegue halla su realización en la conexión con un tipo de experien­cias cuyo común denominador es el desprendimiento total del yo. Ello se da en la visión de la entrega a una causa transpersonal (XI) que encuentra su concreción en la capacidad de aceptar y asumir, plenamente el misterio que constituye el ser (XII). Aceptación que pone punto final al descubrimiento de la propia individualidad ahora inserta y participando en un Todo universal.

 

5.7 La Agrupación Cuadrangular

 

La agrupación por tríadas establece unas categorías que han dado nombre y naturaleza a las casas y que constituyen la expresión en el simbolismo astrológico del movimiento dialéctico implícito en todo proceso de manifestación: tesis, antítesis y síntesis.

 

Angulares (I-IV-VII-X)

 

Tradicionalmente consideradas las más importantes del Tema Natal. Reflejan simbólicamente el momento de la constitución de un plano de la realidad; la concreción de los elementos (fuego, tie­rra, aire y agua). Son los momentos angulares de la existencia en tanto que en ellas se afirma o se puede afirmar esa combinación única de destino que es el individuo humano. Cada casa angular re­fleja la misma existencia desde ángulos diferentes. Un yo (I) que se complementa y se conoce por medio de un tú (VII), que se enraíza (IV) en la búsqueda de un apoyo terrestre, una vivencia de intimi­dad con la tierra (IV) y que se proyecta en una dimensión celeste en pos de una realización impersonal (X).

 

En la 1 se constituye el plano del ser, a través de la afirmación de una individualidad. Para lograr dicha afirmación es necesario abrir brecha en el camino. Frente a todo aquello que impide la consecu­ción de la propia voluntad de vivir solo la actitud de desafío, genera la suficiente conciencia de sí mismo como para no permitir que el sentimiento de la propia existencia se apague.

 

En la IV aparece la dimensión anímica a través de la creación de una estructura emocional. Es el plano de la profundidad. La hondu­ra de las experiencias de la casa IV permite conectar con la hondura de la propia alma. Esta es la auténtica raíz que sostiene el árbol. Una raíz que actúa en el silencio y la oscuridad de la vida emocional y de la que depende que las propias capacidades fructifiquen en el mundo.

 

La VII implica el establecimiento del plano social, plano que re­quiere la afirmación de ser en un "ser con los demás". Ello implica la capacidad de equilibrar el polo de la relación por medio de un justo reparto de los deberes y las responsabilidades frente a esos otros que me acompañan y con los que un reto de cooperación y de trato igualitario me une o me enfrenta.

 

En la X es la afirmación de la dimensión del obrar en el plano terrestre a través de eso que llamamos vocación y que no es más que el mandato que recibimos de lo celeste o universal nos compele a es­cuchar y a obedecer. En la X el ser se afirma en la conciencia del deber cumplido. Una conciencia que implica tanto un sacrificio de lo personal de la vida como un encuentro con lo más puramente perso­nal de nosotros con el fin de lograr una contribución al Todo que merezca la pena.

 

Sucedentes (II-V-VIII-XI)

 

Simbolizan el momento de la antítesis. Expresan los procesos que, a través de una oposición, tanto devienen estímulos que acre­cientan la fuerza de las angulares, como obstáculos que la inhiben y bloquean. Las experiencias de las casas sucedentes siempre sitúan a una persona frente a un algo material o inmaterial que se opone al momento afirmativo o de asentamiento vivido en las angulares. Este algo que generalmente se vive como externo a uno es en realidad la manifestación de la propia fuerza de resistencia. Fuerza que canali­zada y confrontada favorece el cumplimiento del propio destino in­crementando la sensación de poder. Poder actuar en función de las propias necesidades, que es, en última instancia, lo que garantiza el cumplimiento de las tareas a realizar.

 

La II representa todos los recursos que pueden favorecer o inhi­bir la expresión de las ambiciones o de la llamada vocacional (X) y de la individualidad en general (I), la fuerza que se opone suele apa­recer cuando uno siente que necesita algo que no está a su disposi­ción permanente. Ese algo es el alimento necesario para la vida. Ese algo es un alimento que paradójicamente nunca puede ser poseído o asegurado.

 

La V implica la fuerza que potencia tanto la propia individuali­dad (1), como la seguridad emocional adquirida en la (IV). En el acto de creación uno se da cuenta de sí mismo. El hijo, el romance y la obra son las ocasiones para que la persona desarrolle su propia ca­pacidad creativa. Una creatividad que no depende tanto del talento heredado como de la actitud que se tiene ante el mundo. Actitud que intensifica o anula la necesidad de ser uno mismo y de expresar­se según la propia ley.

 

La VIII es la expresión de la fuerza emocional que resulta de ex­perimentar e integrar las propias dimensiones inconscientes de la in­dividualidad. El algo que aquí se opone es la expresión en el presen­te de los procesos que tuvieron lugar en un pasado (IV) revivido en las relaciones íntimas que aparecen en la casa VII. Son los síntomas neuróticos, los complejos, los conflictos de relación, etc. que remi­ten a ese algo que, aquí, deviene un otro que habita en mí.

La XI aparece como resultado de la integración en un Todo mayor que resulta al seguir la propia vocación. Dicho todo afianza y potencia el sentirse parte de un proyecto universal. La fuerza que se opone ahora es la que proviene de un grupo, de un ente social al que puedo ver como un reto frente a mi propia individualidad, o un refu­gio en donde hallar aquellos que confirman mi existencia.

 

Cadentes (3-6-9-12)

 

Son las casas en las que se dan los procesos de cambio que permi­ten tanto la conciencia de las tensiones como la búsqueda de su reso­lución: la superación de las contradicciones. Casas de síntesis y de procesos dialécticos en las que el hombre se ve sometido a vivencias de crisis que estimulan la necesidad de transformarse y de permitir que se den los cambios necesarios tanto en su vida personal como en la del universo que ocupa.

 

En la 3 la primera transformación se produce tras la tensión que nace de la relación con el hermano, el primer otro que más que un igual es vivido como un mero obstáculo a eliminar o incorporar. Con el hermano y por el hermano empieza a percibirse un mundo, un entorno frente al que uno se ha de situar en mejor o peor rela­ción. El entorno acompaña y a veces empaña un proceso dialéctico de mutua transformación. En la 3 se viven formas de experiencia que siempre tienden a una mutación del individuo y con él del mundo que habita. Mutación que constituye el componente más ge­nuino de ese dinamismo colectivo que llamamos lo social.

 

En la VI el mismo proceso se vive en una dimensión terrenal. Aquí los protagonistas son el cuerpo, ese cuerpo carnal que me constituye y ese otro cuerpo social que constituye lo que los marxis­tas denominan el motor de la sociedad: las relaciones de produc­ción. La actividad productiva que nace fruto del esfuerzo conjunto de un cuerpo social y que implica una distribución de tareas y obliga­ciones que posibilitan su funcionamiento ordenado y efectivo. Las experiencias transformadoras aquí aparecen como enfermedades, del cuerpo individual o del cuerpo social, que son procesos que tien­den a resolver las tensiones existentes en forma de mutaciones en pos del hallazgo de nuevas posibilidades de acción y de producción riqueza.

 

La casa IX implica siempre todas aquellas experiencias que nece­sitan una resolución de las tensiones por medio de una actividad que implique la posibilidad de construir o recuperar una vivencia de uni­dad. Sea en forma de fórmula filosófica, religiosa o metafísica, dicha unidad alcanzada permite una labor integradora y transformadora de la experiencia. Con ella se puede ampliar la comprensión que uno posee tanto del Universo que le rodea-como de su papel en él. Una visión del mundo o una filosofía de la existencia nunca puede ser un producto acabado. Es necesario un continuo viajar por la vida para que ésta se vaya ahormando como esencia destilada del modo de encarar y de asumir el propio destino.

 

En la casa XII la transformación es quizá la más radical y doloro­sa de todas. Aquí el individuo se ha de preparar para un cambio que afecta al conjunto de su vida y de su destino. Aparecen un tipo de experiencias que sitúan a la persona en tal estado que ya no se trata de decidir o escoger cualquier opción sino que se vive la total impo­tencia para elegir. La tensión a superar es la que se produce entre un yo y su propio destino, entre un yo y el Universo entero, que requie­re la colaboración de este yo para la realización de unos procesos que siempre escapan a la capacidad de control y comprensión huma­nas. Es la confrontación con lo incomprensible y con la propia impo­tencia que siempre tienen un efecto fulgurante y doloroso: o la ani­quilación de ese yo o su sumisión a un Todo que le trasciende.

 

5.8 La Agrupación Triangular

 

En esta agrupación las casas forman un triángulo equilátero ins­crito en el círculo y constituido por la unión de una casa angular, una sucedente y una cadente. Los triángulos así formados reciben el nombre de:

 

Triángulo de Fuego (I-V-IX)

 

Aquí se conforma una presencia, una individualidad que partien­do de la afirmación del propio existir y vivir a su, manera (I), una persona se va descubriendo a sí misma en el acto de exteriorizarse y expresarse (V). Dicha autoexpresión facilita la adquisición de un saber acerca de uno mismo y de la vida del cual se construye una cosmovisión y concepción del mundo (IX). Concepción que se erige como guía para el descubrimiento del propio papel de la persona en la vida y la comunidad. La vivencia del fuego en estas casas alude a unas experiencias que ponen a prueba el propio valor. Siempre piden un atrevimiento. Atreverse a ser uno mismo (I), atreverse a expresar la propia y original sustancia (V) y atreverse a seguir la propia verdad (IX).

 

Las casas de fuego remiten a unas experiencias que paulatina­mente van dejando un sedimento. Dicho sedimento es la revelación de la auténtica individualidad. Esa flor que constituye el mayor re­galo de la vida. También pueden implicar un proceso de crecimiento y enquistamiento del ego, ese tirano que acaba con toda posibilidad de redención.

 

 

Triángulo de Aire (3-7-11)

 

Esta agrupación complementa y se opone a la anterior. Repre­senta por ello, todas aquellas experiencias en que la aparición de los otros es la ocasión para efectuar en la vida los necesarios descubrimientos acerca de uno mismo en el ámbito de la relación. Ámbito crucial sin el que no existiría posibilidad real de conocerse. Un cono­cerse que resulta del encuentro con aquellos que se me oponen y que me complementan y por ello dan la medida de mi talla y valor. En la VII se descubre la existencia del otro como un igual. Igualdad que exige un respeto a su libertad y que nos sitúa frente a un reto: la cooperación. Cooperación que una vez lograda puede rendir sus fru­tos en la consecución de un proyecto global (XI). Surge entonces un proceso de creatividad grupal que se constituye en el principal agen­te dinamizador del cambio social y cultural (111). "Las estructuras de la vida social humana extraen su calidad viviente –dice M. Buber (4)– de la abundancia de la capacidad de entrar en relación que llena todas sus partes."

 

Las casas de aire implican al ser en el descubrimiento y desarro­llo de la propia capacidad de compromiso. Un comprometerse en la relación, un hacer frente a las exigencias de dar cabida en la propia vida a los demás, sin la cual no resulta posible alcanzar la mínima posibilidad de sintetizar y formular la auténtica verdad revelada en el triángulo de fuego.

 

Triángulo de Agua (IV-VIII-XII)

 

En este triángulo se confrontan las experiencias usualmente con­cebidas como las más dolorosas y críticas de la existencia. Se trata del mundo emocional el que aquí se construye. Un ámbito que par­tiendo de los sentimientos, deseos y ansiedades conforma en núcleo vital de la existencia. Vital porque es de estas experiencias que el ser descubre su alma. El alma es lo que nos alimenta como la raíz al árbol. En estas casas se trata, con todo, de las dimensiones más am­biguas y enigmáticas de la existencia. Es ahí donde se dan los máxi­mos equívocos y donde se halla, a su vez, la fuente de la energía vital.

 

En la casa IV se dan aquellas experiencias que tuvieron lugar en la zona del olvido de los orígenes y que forjaron para siempre la for­taleza o debilidad emocional expresada más tarde en el grado de de­pendencias y apegos emocionales o en la capacidad de asumir la pro­pia soledad. En la VIII estas historias resurgen en la confrontación de experiencias que nacen de la relación implicada con otras perso­nas. Aparecen entonces como síntomas, como expresiones desfigu­radas de aquellos conflictos emocionales en forma de inhibiciones neuróticas, ansiedades o necesidades compulsivas de control y mani­pulación de los demás. Un impedir que los otros sean ellos mismos para evitar tener que enfrentarme a mí mismo. Un controlar a los otros porque no puedo evitar el controlarme a mí mismo. Los con­flictos y síntomas neuróticas aparecen aquí como las fallas de una estructura emocional. Íntimas fisuras por donde puede penetrar la muerte"  como proceso regenerador.

 

En la XII se han de confrontar las experiencias que obligan a in­tegrar todas aquellas realidades de las que uno ha querido evadirse. En ella se viven las consecuencias finales de nuestro modo de vivir y relacionarnos con el Universo. En las casas de agua el reto siempre es el de conseguir una aceptación y un no resistirse. A través de las crisis típicas de estas casas, es posible el acceso a un estado del ser en que se renuncia a los apegos emocionales (IV), a la necesidad de defenderse y/o controlar a los demás (VIII) y una aceptación de las exigencias del propio destino en su dimensión más ignota e inexpli­cable (XII), derivada ésta de la inserción del individuo en un Todo infinito que le rodea y le guía.

 

Triángulo de Tierra (10-2-6)

 

Representan la máxima exigencia de un obrar efectivo. De un obrar que trasluce y concretiza la individualidad. Se trata aquí de cumplir con las tareas y las obligaciones fácilmente vividas como aquello que nos limita y que apunta al despliegue de nuestras capaci­dades. Suponen un asumir un "principio de realidad" que significa un captar las limitaciones y necesidades de vivir en una época y lugar determinados. Necesidades que mi obrar puede colmar o transfor­mar, y con ello cumplir con un reto básico presente en toda vida: asumir la responsabilidad de una tarea a realizar.

 

La casa X es el símbolo de una "vocación", del cumplimiento con una tarea a través de la cual conozco mis potencialidades y, a la vez, puedo contribuir con algo efectivo a la vida en general. El cum­plimiento de la tarea también posibilita que la individualidad se con­cretice. Algo que en principio es pura potencialidad o imaginación se encarna en una tarea que implica un servicio. Servir es renunciar a la perspectiva personal para abrazar una dimensión impersonal donde lo que menos cuenta es la expansión del yo. En la casa X. se revela la paradoja de que el máximo despliegue de la individualidad implica o exige su propio sacrificio.

 

En la II se rastrean los recursos con los que se cuenta para el obrar de la X. Un obrar que contribuye a que la vida ponga a mi dis­posición lo necesario para ello. Lo necesario que no siempre corres­ponde con las propias expectativas, con los propios deseos. Los re­cursos de la casa II contribuyen y se multiplican en función de la en­trega lograda en la X. Ello implica que la posesión de riquezas no necesariamente significa la posesión de recursos. Cuantas veces la opulencia más que un recurso es un obstáculo, una cárcel en la que el individuo sólo vive su impotencia.

 

La posesión de los recursos necesarios favorece que en la casa VI uno realice los .esfuerzos necesarios, un trabajo efectivo que trans­forma la realidad y con ello al mismo ser. Una obra en que el esfuer­zo realizado tanto redime a la materia como al que lo realiza. En la casa VI se viven las experiencias que permiten una transformación de la capacidad de trabajar. Un trabajo que tanto se aplica al mundo exterior como al interior. Un trabajo cuya exigencia de utilidad con exigencia

 

 

CONCIENCIA AZUL ARTE VIDA - ASTROLOGIA