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Conciencia Azul
Astrología

Casa 3

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

 

Casa 3

 

"Busca a tu contrario, que anda siempre contigo." Machado

"Yo soy yo y mi circunstancia."

Ortega y Gasset

 

 

 

La casa 3 es, en términos evolutivos, el descubrimiento de la otredad. El darse cuenta de que no existimos solos en el mundo. En una época en que mamá y papá son una parte indiferenciada de mi ser, aparece el hermano y con él la exigencia dolorosa de dar cabida en nuestra vida al otro. Un otro al que tengo que conocer y que voy a necesitar para, a través de él, conocerme a mí mismo. Sea por medio de la aceptación y la camaradería o del rechazo y enemistad, el otro, su talla y altura, me va permanentemente a definir. Se des­cubre que los demás son una pieza esencial del Universo.

 

La casa III nos enseña la primera dualidad vivencial y esencial. El descubrimiento del otro es la caída de la omnipotencia. Ello puede ser una experiencia sumamente edificante o destructiva. La sensación de sentirnos solos en un mundo que está a nuestra disposi­ción, da paso al choque de la realidad social. De ahí puede resultar una herida narcisista en la que a partir de ella, cualquier otro es un obstáculo a la expresión de mi voluntad, o bien, la oposicionalidad básica que implica la relación puede convertirse en un estímulo para el desarrollo de los poderes de adaptación.

 

El hermano constituye, generalmente, la primera relación que sostenemos con un otro diferente a nosotros. Con él conocemos la diferencia. Y la diferencia consiste en lo que admiramos y lo que rechazamos. A la diferencia la revestimos siempre con un tejido teñido de tonalidades afectivas. El tema mítico geminiano de los herma-nos hostiles encuentra en esta casa expresión en la relación que cada uno ha tenido y tiene con sus hermanos. Y no es necesario que haya tenido hermanos físicos. Es decir, una persona sin hermanos puede vivir y encarnar en su vida el símbolo de la casa 111. El hermano al que odiamos o queremos, admiramos o vilipendiamos es el hermano en nosotros. Todos tenemos la imagen de un hermano interior. Los psicoanalistas le llaman la Sombra. Todos aquellos factores de nuestra personalidad que por diversas razones no asumimos como nuestros, los reprimimos, olvidarnos y enterramos hasta que reaparecen en nuestra vida proyectados en los demás.

 

La huida del hermano, su búsqueda permanente, la necesidad de rechazarlo o idealizarlo constituye la sustancia de una historia que tuvimos con el hermano, de sangre o no, y que, posteriormente, de-viene en una clave básica del mito de nuestro destino, una realidad interior que, a lo largo de la vida y en repetidas situaciones, diferentes personas encarnarán. Estas personas podrán socialmente relacionarse con nosotros como amigos, parejas, parientes, etc., pero simbólicamente representarán al hermano, al gemelo en nosotros. Con ellos reproduciremos aquella historia que tuvimos o que imaginamos tener con el hermano. Historia que, a caballo entre la realidad y la imaginación, presenta una trama cuyos símbolos son los planetas y el signo que rige esta casa. El grado de interés hacia la realidad social humana, su aceptación y las actitudes hacia el medio en que uno se desenvuelve depende de la cabida que en nuestra vida tengan los mensajes que de su órbita nos llegan.

 

El hermano oscuro acecha en muchos recovecos impensados del camino. Una de las figuras míticas que expresan su dinamismo es el arquetipo del Tramposo. Esta imagen que Jung compara .a la figura alquímica de Mercurio, por su naturaleza dual, su afición para las jugarretas y las travesuras maliciosas, sus poderes para cambiar de formas y su conducta impredecible, ha sido objeto de veneración y temor en muchas épocas y culturas. Tiene mucho que ver con los pequeños accidentes tradicionalmente asociados a la casa 3. Nos encontramos con dicho arquetipo siempre que nos sentimos a merced de situaciones y molestos "accidentes" que tienen por lo general la rara habilidad de perturbar nuestros propósitos y voluntad. Dice Jung (17,b): "El hombre civilizado ha olvidado al Tramposo. Sola-mente lo recuerda figurada y metafóricamente, cuando, irritado por su propia ineptitud, empieza a hablar del destino que le hace trampas o de que las cosas han sido embrujadas. Él nunca sospecha que su propia, oscura y aparentemente inocua sombra excede sus más locos sueños."

 

Los accidentes que interrumpen nuestra cotidianeidad, que obstaculizan o perjudican la voluntad con intencionalidad misteriosa, constituyen el lenguaje del hermano. Generalmente no hacemos demasiado caso, aparte de la típica reacción de molestia, sobre la significación que tienen. Los consideramos mero azar, mala suerte, pero aunque no lo sepamos, revelan generalmente más de nosotros que el resto de asuntos "importantes" que acaparan nuestra atención. Ya Freud en su excelente obra "Psicopatología de la vida cotidiana" (16,b), daba cuenta de los mecanismos inconscientes que subyacen a ellos. Él olvido de nombres, propósitos e intenciones, los actos fallidos, las equivocaciones, las pérdidas de objetos, etc., constituyen la sustancia que genera el hermano oscuro cada vez que quiere hacerse oír.

 

El hermano oscuro es como una especie de segunda personalidad, cuyos rasgos varían según los individuos entre los más abominables vicios y defectos hasta las más excelsas virtudes. Su característica más esencial es que suele ser portadora tanto de lo rechazado como de lo aún no reconocido o descubierto en uno. La casa 3 constituye el símbolo de un encuentro inevitable en toda vida humana. El otro en mí, que aquí, aparece como el hermano gemelo, la contraparte de mi ego, cuya morada es casi siempre la oscuridad del inconsciente, y cuyos reflejos veo proyectados en mis hermanos de sangre, raza o especie, es el objeto de tal encuentro. Con el descubrimiento del otro a través del hermano, también se produce otro descubrimiento, la existencia de un mundo poblado por los demás y por un universo de objetos y fenómenos con los que se ha de establecer una relación. La primera necesidad que instituye el descubrimiento de un entorno; de un medio ambiente que rodea al hombre, es el de conocerlo. Con saberse acompañado en un mundo en el que existen otros, aparece el imperativo de establecer unas relaciones que han de supeditarse a unas reglas que trasciendan la mera subjetividad o el capricho particular. Dicho imperativo se concreta en una necesidad hasta entonces inexistente: la comunicación. Es necesario proveerse de medios que permitan percibir el en-torno que rodea al hombre y resulta necesario disponer de medios que permitan una interacción con él. El vehículo que puede actuar como mediador entre ese entorno y una persona es el lenguaje. Apenas el hombre adquirió conciencia de sí, se separó del mundo estrictamente natural. El lenguaje surge como un puente mediante el cual el hombre trata de salvar la distancia que le separa de su realidad exterior. En su realidad última, el lenguaje se nos escapa, pues esa realidad consiste en ser algo indivisible e inseparable de lo humano. En la casa 3 se descubre la esencia discursiva, literaria, del mundo. El lenguaje crea un universo que actúa como un doble del mundo real, hasta el punto de que a veces acaba por sustituir a éste, de tal modo que ya no podemos saber si existe un mundo fuera del lenguaje. Muchos son los pensadores que creen que el lenguaje es la forma como el hombre se abre a las cosas. Bertrand Rusell, Carnap, Wittgenstein, etc. Son filósofos que consideran que el lenguaje hace posible la comprensión de las cosas y, en definitiva, la existencia abierta del hombre. Sin el lenguaje, sin las palabras, yo no tendría idea de nada.

 

El lenguaje generador de realidad es además el factor que instituye la condición humana y le confiere su dimensión esencialmente., social. "Y la palabra se despierta entre esta confianza radical que anida en el corazón del hombre y sin la cual no hablaría nunca", nos dice María Zambrano, evocando con ello a su vez la vivencia básica que posibilita toda relación social, toda organización de las relaciones en un todo organizado y viviente. El lenguaje e es, ante todo, medio de comunicación social. Implica la existencia de un interlocutor y por tanto de un socio. El número tres, propio de esta casa, es símbolo de un movimiento hacia la integración de los opuestos. Número de síntesis que permite la reunificación de las dualidades en una unidad mayor. La escisión que se ha producido en la casa 2 entre yo y el mundo requiere una síntesis. En cada casa cadente se produce un encuentro entre dos realidades y como resultado una mutación de ambas.

 

En la casa 3, el pecho-mundo deviene en un entorno constituido por personas y objetos con los que se ha de mantener una relación. Con ello dos polos entran en contacto: el sujeto y el mundo social y físico que le rodea. La calidad y el dinamismo de tal contacto inciden plenamente en ambos instituyéndose así una relación dialéctica que transforma mutua y sucesivamente a ambos componentes. En el ámbito de los seres humanos el locus del encuentro es la relación comunicativa, el lenguaje articulado por una serie de signos y significados comunes y convencionales. En el ámbito de las cosas el locus es la relación de adaptación inteligente, una adaptación qué genera un proceso de invención y utilización de medios que general-mente actúan como una prolongación de los sentidos y las facultades humanas y que permiten una captación más afinada de las características de dicho entorno.

 

Generalmente tenemos la idea de que el medio ambiente es eso que está ahí fuera, como algo dado, estático, con lo que establecemos unas relaciones de adaptación utilitaria. Ahora bien, en realidad dicho entorno siempre es algo creado, es una creación de los propios medios y sistemas con que tratamos de captarlo. Ello nos sitúa frente a una realidad hasta hace poco inimaginable. También es frecuente el error de considerar el lenguaje como algo neutro, que aprendemos de pequeños y que nos sirve para conocer lo que nos rodea y comunicar los resultados de nuestras investigaciones a los demás. "El hombre, afirma Wilheim ven Humdboldt (*), vive con sus objetos siempre bajo la mediación de un lenguaje. Sus sensaciones y su actuación dependen de sus percepciones, y éstas a su vez del lenguaje utilizado. El hombre resulta una presa de su propio lenguaje, pues cada lenguaje traza un círculo del que no es posible escapar sino penetrando en otro." O, también, asumiendo el reto de intentar conocer el desajuste de los instrumentos que empleamos con objeto de corregirlos, tarea por demás harto difícil, porque supone poder utilizar los instrumentos para autocuestionar su propio funcionamiento.

 

En realidad, todos los medios que hemos empleado para conocer el entorno han modificado no sólo a éste, sino también a nosotros mismos. Por ejemplo, la invención de la escritura, luego del alfabeto fonético, después la imprenta, y hoy la revolución informática y electrónica, han sido, no sólo meros inventos, sino verdaderos pro­cesos de creación de mundos distintos y de seres humanos diferen­tes. La aparición de un nuevo "medio" de relación, adaptación y co­nocimiento ha conllevado inseparablemente una nueva forma de ver el mundo. Ya no sentimos del mismo modo, ni continúan siendo los mismos nuestros ojos y nuestros oídos antes y después de la inven­ción del alfabeto fonético o del ordenador.

 

El hombre, al utilizar instrumentos específicos, como por ejem­plo el lenguaje, la escritura o la radio, lo que hace es ampliar uno u otro de sus órganos sensoriales, en detrimento del resto. Ello lleva aparejado grandes cambios a la hora de relacionarnos con el entor­no y con los demás, a la hora de hablar y de actuar. Antes de la in­vención de la escritura, la civilización, sostiene McLuhan (20), era predominantemente auditiva, oral, involucraba todos los sentidos en una especie de inmersión en el mundo. El advenimiento de la es­critura, y luego de la imprenta, fomentó la preponderancia de un único sentido, el visual. Se produjo así la ruptura entre el ojo y el oído y, con ello, la mente humana se transforma: el tiempo y el es­pacio pasan a concebirse como lineales, el pensamiento abandona su lado mágico para hacerse lógico, discursivo, el argumento predomi­na sobre la metáfora. Curiosamente los psicólogos sostienen que el predominio de un sentido sobre los demás es la condición necesaria para que se produzca el fenómeno de la hipnosis. Por ello, una cultura como. la nuestra, que por intereses ajenos a los estrictamente culturales cultiva un solo tipo de sentido, cae en un despotismo ilus­trado, pues somete a sus integrantes poco críticos a una situación de manipulación por el estado hipnotice que genera. Un alfabeto foné­tico constituido por signos huecos que se asocian a sonidos sin senti­do crea una fragmentación de la mente humana, además de un en­torno igualmente fragmentado.

 

"Las relaciones humanas se modificaron sustancialmente –afirma O. Paz.(22,b)– cuando el libro sustituyó a la voz viva, impu­so al oyente una sola lección y le retiró el derecho de replicar e inte­rrogar." Antes del uso del alfabeto cada palabra era en sí misma un mundo con resonancias multidimensionales, constituía un mundo poético o una "deidad momentánea", sentida por el hombre analfa­beto como una revelación. "El africano rural vive, –según cuenta Carothers (*)–, primordialmente en un mundo de sonidos, en un mundo cargado de significado directo y personal para el oyente, en tanto que el europeo vive, en mayor grado, en un mundo visual que, en conjunto, le es indiferente."

 

Las casas cadentes implican una transformación de las formas de experiencia. En la 3 se refleja un dinamismo que comporta; cada vez que se establece un determinado tipo de relaciones, una modifi­cación de ambos participantes de la relación. Una relación que aquí es comunicativa y que, por tanto, pone en relieve el papel creador y transformador del lenguaje. En los esfuerzos del niño por aprender a desenvolverse en su medio, Piaget elucidó la existencia de dos pro­cesos básicos y complementarios: asimilación del medio en los es­quemas de pensamiento, y acción del sujeto y acomodación de estos esquemas al mundo cuando éste no se deja asimilar. Lo que quizá no tuvo demasiado en cuenta es que el entorno en que una persona o una comunidad vive no es tanto una realidad dada como un mundo inventado. Cada lenguaje implica una visión del mundo dis­tinta, y en última instancia, cabe la sospecha de que cada individuo habita un mundo particular. Como si en un caleidoscopio, infinidad de formas lingüísticas y perceptivas distintas giraran en torno a una realidad que nunca aparece estática, como casi todos los lenguajes pretenden, y que por tanto no es ni definible ni apresable en la rigi­dez de las normas gramaticales. El hecho de poseer un mismo lenguaje y de observar cosas parecidas, fácilmente induce a dar por su­puesto algo que, en el fondo, es una ilusión fundamental: creer que la realidad es algo inmutable, físico y sólido, que está fuera de uno y que seguiría estando de todos modos y de igual manera para todo el mundo.

 

Los pueblos analfabetos no pueden ver en tres dimensiones o en perspectiva. Nosotros damos por supuesto que éste es el modo nor­mal de visión. Debido a ello se han producido tantos equívocos entre los antropólogos y demás interesados en las culturas foráneas. Por ejemplo, se encontraban con que muchos pueblos africanos no comprendían las imágenes que observaban en una película que les era proyectada. Dichos estudiosos daban por supuesto algo que no era cierto: que no se necesita entrenamiento alguno para observar fotos o películas. El conocimiento del alfabeto da la capacidad de enfocar la mirada un poco por delante de cualquier imagen, de modo que se capta en su totalidad, en un golpe de vista. La gente que no posee este medio de comunicación, habita un mundo distinto, no posee el hábito de utilizar la perspectiva, el ojo no lo usan en perspectiva sino táctilmente, exploran las imágenes y objetos identificándose con el objeto, entran en él. Para los africanos el ojo está considerado menos como un órgano receptor que como un instrumento de la voluntad, siendo el oído el principal órgano receptor. La escritura fonética separó el pensamiento de la acción, con lo que aparece una escisión difícilmente superable entre el mundo mágico del oído y el mundo neutro  del ojo. Escisión que hoy vivimos en toda su desgarradora plenitud. El músico vienés Carl Orff prohibía que los niños estudiasen música en su escuela si ya habían aprendido a leer y a escribir. La tendencia visual adquirida, decía, hace perder toda esperanza de desarrollo de las facultades audiotactiles en música.

 

No sólo hablamos español, sino que los hábitos creados por nuestro alfabeto persisten en nuestro modo de captar el mundo, en nuestra sensibilidad y en la disposición que damos a nuestro espacio y nuestro tiempo en la vida diaria. Los hábitos perceptivos y comunicativos nos hacen habitar el mundo de determinada manera. Manera que tendemos a absolutizar como la única verdadera y posible, con lo que nos condenamos a una realidad que quizá no sea la mejor de las posibles. Cada forma cultural no es más que una forma de combinar el uso de los sentidos. A mayor desproporción en el uso de uno de ellos cabe la sospecha de que mayor es el peligro de la unilateralidad y la pobreza existencial.

 

El lenguaje, como expresión de la necesidad de adaptarnos a un entorno y relacionarnos con él, resulta indudablemente un instrumento poderosísimo. Tan poderoso que casi indefectiblemente esclaviza a quien lo utiliza. Hemos visto que todo lenguaje tiene una doble faz, permite contactar con la realidad, pero, a la vez, nos en-gaña y despista de ella. Por ello, cualquier uso del lenguaje puede desembocar en un inmenso abuso, como es excelente botón de muestra la publicidad moderna, los medios de comunicación de masas, los discursos políticos, etc. El lenguaje, la mayoría de las veces, carece de referencias sólidas, la mayoría de los discursos son formales, sin contenido. Por eso Sócrates era tan consciente del en-gaño que puede encubrir el lenguaje, por eso propugnaba como único imperativo "conócete a ti mismo", lo que aquí significa; cono-ce tus insuficiencias y limitaciones.

 

Detrás de todo ello, se deja ver una convicción mística: el lenguaje es una facultad humana y sobrehumana a la vez. Eso los antiguos lo sabían muy bien: nombrar un objeto era poseerlo. Lo que se nombra adquiere existencia. Lo que no se nombra no existe. Para decir que no había cielo ni tierra, el poema babilónico de la Creación, Enema Elich está redactado de la siguiente forma: "Cuando arriba, el Cielo, no era nombrado, y abajo, la Tierra, no tenía nombre..." Nosotros ignoramos casi todo sobre los orígenes de la palabra. Las palabras, en otras épocas y/o culturas eran mucho más que meros sonidos que designan o se refieren a realidades, eran la realidad misma. Las lenguas profanas como la nuestra, no dan ninguna idea de ello. "Las palabras no caen en el vacío", dice el Zohar. En las lenguas sagradas cada palabra encierra una fuerza oculta. Hay una magia verbal en que la sonoridad de los nombres propios de personas y ciudades despiertan ecos y analogías ocultas. El timbre alto o bajo de las vocales, las consonantes que lo componen constituyen además su realidad esencial. El hombre no sólo es designado por su nombre propio: él es ese nombre. Así Abram sabe que no tendrá un hijo, hasta que Dios le dice: "Tu nombre no se enunciará más Abram, tu nombre será Abraham ya que te hago padre de una multitud de naciones."

 

Nombrar es el primer acto del mago y del poeta. El nombre confiere existencia e individualidad. Cuando se arrebata el derecho a un nombre propio se arrebata simbólicamente el derecho a la individualidad. Como ocurre en nuestra sociedad patriarcal en la que el marido arrebata el nombre a su mujer. Hay una magia en la palabra y la comunicación que se establece entre los seres humanos. Una magia que reluce, por ejemplo, a través de un libro, que circulando por el mundo, pasa de mano en mano y llega a la persona que lo ne mismos. Por ejemplo, la invención de la escritura, luego del alfabeto fonético, después la imprenta, y hoy la revolución informática y electrónica, han sido, no sólo meros inventos, sino verdaderos pro­cesos de creación de mundos distintos y de seres humanos diferen­tes. La aparición de un nuevo "medio" de relación, adaptación y co­nocimiento ha conllevado inseparablemente una nueva forma de ver el mundo. Ya no sentimos del mismo modo, ni continúan siendo los mismos nuestros ojos y nuestros oídos antes y después de la inven­ción del alfabeto fonético o del ordenador.

 

El hombre, al utilizar instrumentos específicos, como por ejem­plo el lenguaje, la escritura o la radio, lo que hace es ampliar uno u otro de sus órganos sensoriales, en detrimento del resto. Ello lleva aparejado grandes cambios a la hora de relacionarnos con el entor­no y con los demás, a la hora de hablar y de actuar. Antes de la in­vención de la escritura, la civilización, sostiene McLuhan (20), era predominantemente auditiva, oral, involucraba todos los sentidos en una especie de inmersión en el mundo. El advenimiento de la es­critura, y luego de la imprenta, fomentó la preponderancia de un único sentido, el visual. Se produjo así la ruptura entre el ojo y el .oído y, con ello, la mente humana se transforma: el tiempo y el es­pacio pasan a concebirse como lineales, el pensamiento abandona su lado mágico para hacerse lógico, discursivo, el argumento predomi­na sobre la metáfora. Curiosamente los psicólogos sostienen que el predominio de un sentido sobre los demás es la condición necesaria para que se produzca el fenómeno de la hipnosis. Por ello, una cultura como la nuestra, que por intereses ajenos a los estrictamente culturales cultiva un solo tipo de sentido, cae en un despotismo ilus­trado, pues somete a sus integrantes poco críticos a una situación de manipulación por el estado hipnotice que genera. Un alfabeto foné­tico constituido por signos huecos que se asocian a sonidos sin senti­do crea una fragmentación de la mente humana, además de un en­torno igualmente fragmentado.

 

"Las relaciones humanas se modificaron sustancialmente –afirma O. Paz. (22,b)– cuando el libro sustituyó a la voz viva, impu­so al oyente una sola lección y le retiró el derecho de replicar e inte­rrogar." Antes del uso del alfabeto cada palabra era en sí misma un mundo con resonancias multidimensionales, constituía un mundo poético o una "deidad momentánea", sentida por el hombre analfa­beto como una revelación. "El africano rural vive, –según cuenta Carothers (*)–, primordialmente en un mundo de sonidos, en un mundo cargado de significado directo y personal para el oyente, en tanto que el europeo vive, en mayor grado, en un mundo visual que, en conjunto, le es indiferente."

 

Las casas cadentes implican una transformación de las formas de experiencia. En la 3 se refleja un dinamismo que comporta, cada vez que se establece un determinado tipo de relaciones, una modifi­cación de ambos participantes de la relación. Una relación que aquí es comunicativa y que, por tanto, pone en relieve el papel creador y transformador del lenguaje. En los esfuerzos del niño por aprender a desenvolverse en su medio, Piaget elucidó la existencia de dos pro­cesos básicos y complementarios: asimilación del medio en los es­quemas de pensamiento, y acción del sujeto y acomodación de estos esquemas al mundo cuando éste no se deja asimilar. Lo que quizá no tuvo demasiado en cuenta es que el entorno en que una persona o una comunidad vive no es tanto una realidad dada como un mundo inventado. Cada lenguaje implica una visión del mundo dis­tinta, y en última instancia, cabe la sospecha de que cada individuo habita un mundo particular. Como si en un caleidoscopio, infinidad de formas lingüísticas y perceptivas distintas giraran en torno a una realidad que nunca aparece estática, como casi todos los lenguajes pretenden, y que por tanto no es ni definible ni apresable en la rigi­dez de las normas gramaticales. El hecho de poseer un mismo lenguaje y de observar cosas parecidas, fácilmente induce a dar por su­puesto algo que, en el fondo, es una ilusión fundamental: creer que la realidad es algo inmutable, físico y sólido, que está fuera de uno y que seguiría estando de todos modos y de igual manera para todo el mundo.

 

Los pueblos analfabetos no pueden ver en tres dimensiones o en perspectiva. Nosotros damos por supuesto que éste es el modo nor­mal de visión. Debido a ello se han producido tantos equívocos entre los antropólogos y demás interesados en las culturas foráneas. Por ejemplo, se encontraban con que muchos pueblos africanos no necesita. Es la misma magia por la que el hombre se crea a sí mismo creando el mundo que percibe y en el que habita. Es una magia que tanto puede ser usada para liberar al hombre de cualquier servidumbre que una cultura o una realidad establecida pretenda imponerle, como puede convertirse en la más sólida y sutil de las prisiones. Aquella que no se cuestiona, pues anida en la propia percepción del mundo que nos rodea y nos constituye como humanos.

 

Los planetas en esta casa no sólo tienen que ver en la historia que tuvimos o tenemos con el hermano. También constituyen las voces que pueden ayudarnos a comprender el sentido y el papel que cumple el entorno cultural en nuestra vida. Las relaciones que establece una persona con su entorno pueden ser las de un monólogo o un diálogo. La primera lleva a una actitud pasiva, uno vive sometido a las "influencias" que éste ejerce sobre él, la segunda favorece un papel activo en que la inserción en el medio social y cultural adquiere un relieve crítico y creativo, que permite tanto que el individuo actúe como agente transformador, como que él mismo desarrolle la capacidad adaptativa y de ajuste requerido por un entorno en perpetuo estado de cambio y reajuste.

 

Una adaptación crítica al entorno equivale a un uso crítico del lenguaje y la inteligencia. Una inteligencia corrosiva que haga admitir que toda verdad es fragmentaria, o mejor, como decía Nietzche, que las verdades del hombre son sus errores irrefutables, y que todo se puede contar de muchas maneras.

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