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Astrología

Determinismo astrológico

Libro: SIMBOLISMO DE LAS CASAS ASTROLOGÍA
PARA UN TIEMPO DESCORAZONADO

Autor: JOSEP M. MORENO

ARBOR Editorial - BARCELONA

 

El Determinismo Astrológico:

Destino Vs. Libertad

La Posibilidad Ética

 

"Todo atestigua que la vida humana ha sentido siempre estar ante algo; bajo algo, más bien." María Zambrano

"Somos propiedad de los dioses."

Teognis de Mégara

 

 

 

Cualquier obra de Astrología ha de expresar la posición del autor respecto a la cuestión fundamental, no sólo de nuestra disciplina, sino también, de la casi totalidad de la reflexión humana: la libertad humana y su compañero inseparable, el destino. Creo oportuno empezar con una asombrosa historia, la que Don Juan cuenta a Castaneda a propósito de la libertad:

 

"Atravesábamos un día un barranco de paredes muy escarpadas cuando un enorme pedrusco se desprendió de su sostén rocoso y cayó con fuerza formidable al fondo del cañón, a 20 ó 30 metros de nosotros. El tamaño de la piedra hizo que su caída resultara impresionante. Don Juan dijo que la fuerza que rige nuestros destinos está fuera de nosotros, y nada tiene que ver con nuestros actos ni con nuestra voluntad. En ocasiones, esa fuerza nos lleva a detenernos en el camino para inclinarnos a atar los cordones sueltos de los zapatos, como yo acababa de hacer, y ganar así un momento precioso. De seguir adelante, era indudable que la roca nos hubiera aplastado. No obstante, otro día, en otro desfiladero, era probable que la misma fuerza decisiva exterior nos obligara a anudarnos los cordones en e preciso lugar sobre el cual descendiera un canto rodado de iguales dimensiones. En ese caso, nos hubiese hecho perder un momento precioso: de continuar andando, nos habríamos salvado. Don Juan concluyó que dada nuestra total falta de control sobre las fuerza, que decidían mi destino, el único acto de libertad posible consistía en atarme los cordones impecablemente."

 

Es un enfoque muy peculiar el que D. Juan plantea respecto a la libertad y el destino. Hoy, para la mayoría, el destino parece set aquello que atenta contra nuestra libertad. La noción de destino ha representado para el pensamiento humano una cuestión muy ardua de enfrentar. Y ello, debido a que detrás del concepto late una de las preguntas esenciales de la existencia humana: ¿Somos libres o estamos determinados? ¿Está nuestra vida escrita ya de antemano, como parece afirmar D. Juan, en algún libro cósmico y sagrado, en los astros, o por contra, la existencia de cada persona es producto de su libre albedrío? (*). Resulta evidente que vivimos situaciones que escapan por completo a nuestro control y elección, por ejemplo, la muerte, una enfermedad, un accidente. Por otro lado, es muy fuerte .la sensación que tenemos de que, en muchas ocasiones, tomamos decisiones y que éstas determinan considerablemente el futuro acontecer. Para la razón esto constituye una antinomia. Si estamos determinados no existe libre albedrío, pero si somos libres y nuestras elecciones cuentan, el determinismo es una ilusión.

 

Con el nacimiento de la modernidad, la idea del destino fue des­terrada, pues atentaba contra una de las convicciones que con mayor fuerza surgía: la libertad humana y el poder del hombre de cambiar el curso natural de las cosas y los fenómenos. De hecho, y como muy bien afirma Liz Greene (**) no nos hemos librado de ella, pues de un modo disfrazado ha permanecido muy cerca de nosotros. Los conceptos de herencia, ley natural, complejo, neurosis, etc., son formas encubiertas que traslucen el determinismo inmanente al

 

(*) Esta contradicción en el campo de las ciencias naturales y sociales, se ha expresado en la polémica de la herencia/ambiente. ¿Nacemos con unos patrones genéticos que determinan nuestras posibilidades de experiencia, o venimos al mundo como una tabula rasa, en la que se inscriben las influencias que modelan nuestra conducta? Greene. L. The Astrology of fate. George Allen & Unwin. 1984. Boston. USA.

 

concepto de destino. Resulta un hecho sumamente curioso que junto con el humanismo naciente y sus ansias de libertad total para el hombre, la religión y la ciencia siguen teniendo la misma base: la intuición determinista. La noción de ley es fundamental en la ciencia. La ley siempre implica una necesidad tan inmanente como la que la religión reconoce cuando proclama que la vida, la acción todo cuanto somos y representamos, no tiene origen y explicación en nosotros mismos, sino que está en manos de un poder o poderes desconocidos. El pensamiento científico de nuestra época ha contri­buido a formar una creencia en la fatalidad, más tenaz y más angus­tiadora que todo lo que se había conocido antes. No es la fuerza de la ciega fatalidad, ni el curso circular de los astros lo que rige despia­dadamente la suerte del hombre. Antes eran los dioses, pero hoy es la ley científica la que ata al hombre a una fatalidad aún peor, pues la de ahora no contempla la posibilidad de redención.

 

 

Para nuestra mentalidad, el hecho de pensar que existe algo así como el destino atenta contra la moral imperante. Una moral de triunfo sobre la naturaleza, de dominio del hombre sobre el caos de vida. Una moral fruto de una cultura de orientación casi exclusiva­mente patriarcal, que se ha destacado tanto en sus hechos como en sus mitos, por su rechazo hacia lo femenino. Simbólicamente la muerte y el destino pertenecen al ámbito de lo femenino. De la madre heredamos un cuerpo y con él un destino. Del padre, unas ansias de inmortalidad que si no son equilibradas conducen, como lo han hecho en nuestra civilización, a declarar una "guerra a la muerte" y, con ella, un rechazo de todo lo que la recuerda, como la no­ción de destino. En parte, el olvido al que se ha sometido a la Astro­logía responde a esta situación, pues una de las controversias mayo­res que ha levantado la Astrología ha sido y sigue siendo su determi­nismo. Si el hecho de nacer en un lugar y momento determinados es un factor decisivo en nuestra vida, el determinismo es casi absoluto creemos. Nadie escoge el momento del nacimiento (***) y si éste, como pretende la Astrología, es el hecho básico de nuestra vida, la falta de libertad es evidente (****).

 

Al término escoger le doy un sentido de elección consciente. Parece ser que, desde otra perspectiva, las investigaciones recientes demuestran la intervención del feto en la decisión del momento del nacimiento.

 

En la Astrología contamos con un hecho elemental que sienta las bases de un determinismo, a cierto nivel, absoluto. Los tránsitos y las progresiones, como cada día comprueba el astrólogo en su con­sulta, son expresión de un mecanismo mediante el que, para cual­quier individuo, el momento exacto de su nacimiento determina unas fechas que, a lo largo de toda su vida, independientemente de su grado de consciencia, de su voluntad y de su decisión, implicarán el momento oportuno para que se den ciertas circunstancias, para que se produzcan determinados encuentros. Que el contenido exac­to de estas circunstancias o de los encuentros, no se pueda predecir, es decir, el qué va a ocurrir, no significa que no exista el determinis­mo del momento. Ocurra lo que ocurra y reaccione el individuo como reaccione, incluso sea consciente o no de ello, la persona, en el momento de vencimiento de un tránsito, contacta con unas expe­riencias cuyo sentido se relaciona con los símbolos astrológicos acti­vos durante el tránsito o la progresión.

 

La contradicción entre libertad y destino parece irresoluble, siempre que se considera a la libertad como la posibilidad o el dere­cho que uno tiene de hacer lo que le plazca, cuando se siente que es uno el que elige los derroteros de su vida y que su decisión siempre responde al dictado de su voluntad. Pero no para todo el mundo la libertad está en un hacer lo que quiero. Por ejemplo, para Schopen­hauer, el problema de la libertad no consiste en si puedo hacerlo que quiero, sino en si soy libre de querer lo que quiero. Su originali­dad, nos dice Savater (29,a) fue sospechar que pudiéramos estar condicionados, desde dentro, por la voluntad misma: ésta fue la vía que luego prosiguió Freud y el psicoanálisis.

 

El descubrimiento del inconsciente puso en evidencia la existen­cia de unas fuerzas que, operando desde la oscuridad, determinan fatalmente el destino de una persona. Llámensele complejos, instintos, arquetipos o dioses, el resultado, desde cierto punto de vista; es el mismo. Jung habla de que los complejos adquieren autonomía, llegando a comportarse como personalidades escindidas. Entonces vemos al sujeto actuando bajo el lema: mi mano derecha no sabe lo que hace mi mano izquierda; con los amigos soy liberal y progresis­ta, y con la pareja un déspota, etc. En los casos más graves esta diso­ciación da lugar a las crisis psicóticas. Es una cuestión de Jekyll y Hyde en sus grados más extremos, y es un problema común a todos los "normales" cuya normalidad se basa en una moral del disimulo como es la nuestra.

 

(****) Otro hecho a mi juicio, de gran peso surge del mundo de los sueños. Hay personas que en su infancia han tenido uno o varios sueños, cuyas imágenes simbólicamente encerraban todo un proyecto vital. «El primer sueño recordado —afirma Von Franz (Jung) (32)— por una persona representa, con frecuencia, en forma simbólica, la esencia de una vida entera o de un primer sector de la misma; refleja, por así decir, un trozo del destino interior en cuyo seno nació dicha persona.

 

Entendemos y nos han hecho creer, que la moral y la virtud con­sisten en la sujeción a unas normas colectivas que marcan el ámbito de lo correcto e incorrecto, del bien y del mal. Normas que siempre se nos han presentado bajo un imperativo de validez universal y que, luego, siempre reluce su relativismo, tanto en lo referente a su ámbito, que es el de un grupo, clase social o cultura, como a su vali­dez temporal, debido a los cambios históricos a los que está someti­da. Así entendido, el deber, lo que uno debe hacer, está regulado, dirigido exteriormente por unos preceptos que, digámoslo así, nos vienen impuestos. Su incumplimiento acarrea problemas de tipo so­cial y legal. Su fuerza reside tanto en sus elementos coercitivos como en el propio miedo de todos a perder el aprecio de los demás. La tre­menda necesidad de sentirse aceptado y querido puede ser nuestra mayor prisión cuando los demás se rigen, e imponen, por una moral que no surge del fondo del corazón. Cuando de ahí surge, siempre lo hace individualmente. Es una moral que nace y muere en el instan­te, y vive para un ser humano concreto. Es una moral que puede contradecir todos los principios morales establecidos. Tiene la fragi­lidad de la falta de apoyo del rebaño, pero la invulnerabilidad de todo lo que surge de lo individual.

La otra es una moral de imposición, y frente a ella sólo cabe el acatamiento y la sumisión o la rebelión. Tanto lo uno como lo otro generan individuos en conflicto con la norma. El deber casi nunca coincide con el querer, están en permanente lucha. Si el deber se im­pone tenemos al individuo normal, que cumple, pero que está enfer­mo. Al someterse ha olvidado su querer. En el otro caso, está el su­jeto que antepone su querer exasperado, frente a todo tipo de obli‑gación. Es el delincuente que, marginado de la sociedad o partici­pando de ella, se rebela y se le condena. Frente a esta moral colecti­va, fundada en el establecimiento dogmático de categorías rígidas y universales sobre lo que es el bien y el mal, antepone Nietzsche su ocaso de los ídolos, el fin de una moral erigida a base de prejuicios e intereses de grupo. Por ello, su moral no es una moral, sino más bien la destrucción de toda idea moral. No se trata de extirpar erro­res del pasado, nos dice, sino de trastocar el sistema por el cual una verdad pasaba a ser considerada como tal; de afectar la base misma de nuestro pensamiento, de nuestra moral, que ha sido construida sobre el resentimiento hacia la vida, sobre su rechazo (*****).

 

Hoy es necesaria una nueva moral que no esté obsesionada en separar los cabritos de las ovejas, lo inmoral de lo moral, como ha venido haciendo la que a todos nos han enseñado. Una moral que funcione como un antídoto contra un peligro que nos acecha y res­pecto al cual ya Ortega y Gasset prevenía: la desmoralización. Octa­vio Paz nos lo recuerda cuando habla de la "indiferencia pasiva" de la sociedad moderna, "un hedonismo que no es una sabiduría, sino una dimisión". Indiferencia que se ha de combatir con la actitud opuesta, que es la de valorar la realidad. Valorar es reconocer dife­rencias, es decir, no aceptar cualquier cosa como buena, pero siem­pre conscientes de dos cosas:

 

-         Cualquier diferencia se apoya en un suelo de supuestos preca­rios e inestables.

-         Poder, deber y querer son tres verbos que se han de unir en cualquier planteo ético. Casi todas las morales enfatizan uno de ellos en detrimento de los otros, sin ver la necesidad de que se impliquen mutuamente. El resultado siempre es una moral esquizofrénica e hipócrita.

 

 

***** Porqué –se pregunta Nietzsche– la verdad, el placer, la realidad valen más que la mentira, el dolor o la apariencia? ¿De dónde viene la idea de un «mundo-verdad» o de un «mundo-razón» como contrapunto de este mundo? ¿Por qué pedir que todo sea de otra manera? La división entre lo bueno y lo malo, ¡o que es y lo que debería ser es necia y arrogante: presupone que se conoce cuál es el fin, el plan o el destino del mundo. Pensamos maníqueamente la realidad –el bien y el mal, lo racio­nal y lo irracional, lo que es y lo que debería ser–, porque representándonos así las cosas encontramos una cómoda seguridad. Seguridad que impide hacernos  cargo de una realidad que no es ni buena ni mala, sino ambivalente y confusa, en la que nada realmente importa, o al menos no podemos saberlo, pero que a la hora de vivir, deci­dir y elegir resulta ineludible.

 

 

Una moral no hipócrita tiene que ver con el sentido de la respon­sabilidad, que busca más establecer una actitud frente a la propia conducta y sus consecuencias, que comportarse bien o correctamen­te de acuerdo a determinados preceptos. Responsabilizarse de la propia vida y del propio comportamiento no ha de significar una compulsión a actuar bien, sino a asumir la responsabilidad por lo ac­tuado. Por contra, ser irresponsable significa dejar en manos de algún agente exterior el control de la propia vida. Justificar nuestra existencia o nuestros actos por la influencia de la sociedad, el desti­no, los astros, mi pareja, los pobres, los ricos, etc. Esto, además de no justificar nada, sólo consigue sumirnos en la inconsciencia. Los psicoanalistas sostienen que precisamente la inconsciencia es la que posibilita la autonomía y el poder de los complejos. Todos posee­mos, dice Jung, una doble personalidad, que será tanto más neuróti­ca cuanto más pronunciada. Las personas se vuelven neuróticas por­que actúan de dos o más formas distintas, se contradicen siempre a sí mismas y más lo ignoran cuanto más inconscientes son. Piensan que son sólo un individuo, cuando en realidad son varios. Ello nos lleva a considerar que el problema del destino está de algún modo ligado a la cuestión de la consciencia y ésta siempre implica una di­mensión moral. A mayor inconsciencia mayor fatalidad ciega. En tal caso, toda la libertad de que uno dispone no es más que un conjunto de elecciones, decisiones y motivos que sólo actúan como justifica­ciones y explicaciones que nos damos a nosotros mismos y que damos a los demás, que encubren otras motivaciones cuya naturale­za y designios ignoramos. Entonces el comportamiento moral siem­pre encubre a su opuesto: una actitud inmoral o amoral. Es el caso de la madre que sólo quiere el bien de su hijo, y en su actuación se trasluce, aunque ella no lo vea, una oscura voluntad de poder y do­minio. Es el caso de una cultura, la nuestra, que bajo el pretexto de evangelizar y civilizar el mundo, lo ha expoliado económicamente y conquistado militar y culturalmente.

 

Para Jung la neurosis no es una cuestión de represión de los ins­tintos, sino que, en su raíz, el problema neurótico siempre implica un aspecto ético. El neurótico lo es, porque elude un conflicto., Con ello no consigue evitar el sufrimiento sino que aun lo agrava. Uno sufre, está deprimido o desorientado y además no sabe por qué. El conflicto es, en el fondo, ético, porque el individuo frente a una si­tuación dolorosa, que exige cierta decisión, no la quiere afrontar. Se reprime, se desconecta de uno de los aspectos de la situación conflic­tiva, con lo que evita la necesidad de tomar una decisión y el sufri­miento o desgarro que implica un sacrificio. Pero claro está, tal solu­ción no sólo no elimina el conflicto sino que, en cierta medida, lo agrava, puesto que lo reprimido vuelve posteriormente en forma de historia que se repite o en forma de síntoma neurótico. Es la com­pulsión a la repetición freudiana. Por eso dice Jung que la neurosis es un sucedáneo del auténtico sufrimiento. "Cuanto más se sabe –dice– tanto más aumenta la carga moral, ya que los contenidos in­conscientes se transforman en tareas y deberes individuales en cuan­to comienzan a hacerse conscientes."

Al final, la libertad quizá consista en hacer alegremente lo que se tiene que hacer, suele repetir Jung. Así queda resuelta la aparente contradicción. Libertad, destino y descubrimiento de sí mismo, constituyen un único y mismo proceso en el que el individuo, a la par, desarrolla su dimensión ética y desde ella se vincula con el Todo al que pertenece.

 

Ya lo dijo Heráclito: "el bien y el mal son una misma cosa". Desde Sócrates a Epicuro, la moral giraba en torno a dos preceptos délficos: "conócete a ti mismo" y "de nada, demasiado". Los griegos fueron los primeros que vieron que el Destino exige, para cumplir­se, la acción de la libertad. Sus mitos nos han legado una concepción de pecado muy distinta a la cristiana. Los dioses del Olimpo no pa­recen ocuparse por los actos moralmente buenos o malos que tanto preocupan a la conciencia judeo-cristiana. Incluso ellos mismos se comportan, a menudo, de tal modo, que fácilmente se les podría ca­lificar de inmorales o amorales. A ellos parece no interesarles la moral humana, nuestros conceptos del bien y del mal, siempre cam­biantes y ambiguos, no sirven para dar respuesta a sus designios.

 

Al decir de Jung (17,g): "Zeus no moralizaba, sino que goberna­ba de un modo instintivo. Del hombre, Zeus no quería otra cosa que los sacrificios que se le debían; y, con el hombre, no quería tener nada que ver..., permitía, desde cierta distancia, que la economía del mundo caminase por las vías consagradas, y sólo castigaba lo que se salía del orden." Sólo existe un pecado, el pecado par excellence, que el ser humano pueda cometer. Este pecado es la hybris, la des­mesura, el pecado de querer usurpar el poder de los dioses. No es un pecado moral, es la transgresión de los límites humanos, el sentirse dioses o el enfrentarse a ellos, es lo que provoca para los griegos el castigo divino., el destino trágico. La cólera de Aquiles, el orgullo de Agamenón, la envidia de Ayax, son manifestaciones de la hybris y de su poder destructor. La mesura es cumplir con el propio destino, que a su vez, significa estar dentro de un engranaje cósmico.

 

La inconsciencia favorece la irresponsabilidad, un actuar bajo el impulso del capricho o de la necesidad inconsciente que siempre jus­tificamos en nombre de la propia libertad. Dicha actuación nos aleja de la "tarea a cumplir". El error implica una deserción del propio camino, actuar en contra de uno mismo y del cosmos entero. Pero, ¿quién no ha errado alguna vez? El error revela así su carácter dual: es motivo de hybris e inicio de la posibilidad de consciencia y reden­ción. El error guarda en sí un inmenso poder educativo, por tanto, es necesario, pero debido a él, el hombre ha de habérselas con los dioses, debe expiar la culpa. Como afirma Octavio Paz (22,a): "La salud individual está en relación directa con la cósmica, y la enfer­medad o la locura del héroe contagian al Universo entero y ponen en peligro a cielo y tierra... La mesura es el espacio real que cada quién ocupa conforme a su naturaleza. Ir más allá de sí es transgre­dir tanto los límites de nuestro ser como los de los otros hombres y entes. Cada vez que rompemos la mesura herimos al cosmos ente­ro." Lo que distingue a los héroes griegos de los otros es que no se conforman con ser simples herramientas en las manos de los dioses. Su destino está entrelazado siempre con el de los dioses y con la salud misma del cosmos. Lo que caracteriza el espíritu griego, y es desconocido de los pueblos anteriores, es la clara consciencia de una legalidad inmanente de las cosas. Existe una legalidad universal, una ética que, para Homero, no surge de la convención del puro deber, sino de las leyes del ser.

 

El cosmos entero está regido por la justicia, y el hombre, como parte activa de ese cosmos, participa, es contradictoriamente res­ponsable. Contradicción que se halla en la raíz de lo heroico y, más tarde, en la conciencia de lo trágico: el hombre es un instrumento en las manos de un dios pero también se enfrenta a él, por lo que peca. Pero esta afirmación es trágica, porque el hombre es inocente, su culpa no es suya realmente. Pero siendo así, paga y expía, porque siendo inocente es culpable: al librar a Tebas de la Esfinge, Edipo se pierde; al matar a su madre, Orestes restablece el orden cósmico.

 

En palabras de Octavio Paz: (22,a): "Si el hombre no fuese cul­pable, el Destino no le destrozaría; pero esa culpa no disminuye sino engrandece a Prometen, Antígona y Edipo. Por ellos y en ellos el Ser se cumple y no regresa el caos. La consciencia del Destino es lo único que pude librarnos de su peso atroz y darnos un vislumbre de la armonía universal. Libertad y Destino son términos opuestos y complementarios. Su misterio pertenece a la naturaleza misma de las cosas... el hombre es destino, fatalidad, naturaleza, historia, azar, apetito o como quiera llamársele a esa condición que lo lleva más allá de sí. En esta contradicción reside el misterio de su ser, su carácter polémico." Si para O. Paz, la libertad es la dimensión hu­mana del Destino; para la Astrología el Destino es la expresión del acto de creación divino. El dominio de la Astrología coincide con el dominio de lo sagrado, lo divino no revelado aún. El destino consti­tuye una revelación. La eternidad nos habla a través de lo incons­ciente. Por ello, devenir consciente es darse cuenta de la manifesta­ción de lo divino en nuestra vida, que siempre aparece como fuerza de destino.

 

La neurosis oculta la vocación del individuo, afirma Jung, con ello quiere dar a entender, que tras la resolución del conflicto neuró­tico no espera la libertad tal y como la entendemos vulgarmente, como una libertad del capricho, de hacer, en cada momento, lo que nos venga en gana. A mayor libertad mayor determinismo, a menor libertad menor consciencia de él. Paradójicamente el individuo más consciente es, en cierto sentido, el menos libre, porque sabe que cada momento 'Presenta una cierta exigencia, una especie de obliga­ción, y que la vida implica un cumplimiento. Libre del conflicto neu­rótico una persona deviene consciente de su vocación, de la, "llama­da" que constituye su destino. A medida que uno crece, dice un pro­verbio, adquiere poder y sabiduría, se le estrecha el camino, hasta que al fin, no elige, y hace pura y simplemente lo que "tiene que hacer".

 

El hombre no es libre de cambiar las condiciones en que se des­pliega su destino. No es libre para decidir y cambiar lo que le ha de pasar, pero es libre de asumir una actitud frente a su destino. Freud (*) dijo en cierta ocasión: "Expongamos a cierta cantidad de personas diversas al hambre. Con el aumento de la imperiosa nece­sidad de comer se borrarán todas las diferencias individuales y, en su lugar, surgirá la expresión informe de la necesidad insatisfecha". "No es cierto –le replicó Victor Frankl, autor que conoció la expe­riencia de los campos de concentración– las personas se hacían más diversas entre sí. La bestia aparecía sin máscara y lo mismo sucedía con el santo. El hambre era idéntica para todos, mas las personas di­ferentes". Quizá nadie pueda elegir o cambiar la fatalidad de pasar hambre en un momento determinado, lo que sí es propio de cada uno es el modo en que reacciona frente a lo que le pasa. Lo que nos convierte en individuos únicos no es lo que nos pasa, como afirma Eskenazi (12,b), "en realidad el registro de las experiencias que vi­vimos es finito, todos conocemos lo que es un gran amor, la gran so­ledad, la enfermedad, etc. Eso no es lo que importa, lo que verdade­ramente importa es qué es lo que cada uno hace con lo que le pasa". Reza una anécdota: "Durante la 1 Guerra Mundial, un médico mili­tar judío estaba sentado junto a un aristócrata coronel, cuando em­pezó un bombardeo. Dijo el coronel: «Está Vd. asustado, ¿no es verdad? He aquí la prueba de que la raza aria es superior a la semi­ta». «Desde luego que estoy asustado –respondió el médico– ¿pero quién es superior? Si Vd., querido coronel, estuviera tan asustado como yo lo estoy, habría salido corriendo hace rato»."

 

Por último, transcribo una frase de M. Buber (4) que mucho me impresionó: "Destino y libertad se hallan solemnemente prometidos el uno al otro. Sólo el hombre que hace de la Libertad algo real para él encuentra al Destino... A ese hombre el Destino se le aparece como una réplica de su libertad. El Destino no es su límite sino el cumplimiento; Libertad y Destino enlazados dan un sentido a la vida. A la luz de este sentido, el Destino, ante la mirada antes tan severa, se suaviza hasta el punto de parecerse a la. Gracia misma."

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